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| 11/24/2017 2:47:00 PM

La revolución silenciosa de Profamilia

Con perseverancia y con audacia, sin ningún apoyo del gobierno, sin ningún soporte político y contra las más radicales fuerzas retardatarias, una entidad privada fue capaz de marcar la historia del país.

Los años 60 fueron tiempos de turbulencia y de movimientos sociales que reclamaban cambios estructurales a lo largo del mundo. Colombia no fue una excepción a esas circunstancias. Fueron años de tensión social, de ambiciones revolucionarias y de búsqueda de cambio en los patrones sociales. Fueron los años en que surgieron movimientos revolucionarios como las FARC y el ELN, en que se reconfiguró el perfil demográfico nacional con el tránsito de un país rural a uno urbano, en los que se apaciguaron las luchas partidistas con el Frente Nacional, en los que surgieron el nadaísmo y el movimiento hippie y en los que se alteraron muchas de las estructuras sociales prevalentes hasta ese momento.

Pero de todas esas iniciativas hubo una que se proyectó con inmensa fuerza en el contexto de la sociedad y que superó todas las expectativas: la de la planificación familiar concebida, estructurada y liderada por Fernando Tamayo Ogliastri, fallecido la semana pasada en Bogotá. Este empeño lo canalizó a través de Profamilia. Y lo irónico es que, en ese momento, esa hubiera parecido ser una empresa quijotesca, condenada al fracaso, pues estaba flanqueada por enemigos de toda índole y en todos los frentes. La férrea oposición de la Iglesia Católica, con todo su poder, por ser una idea contraria a su doctrina. La desconfianza de la izquierda, que la consideraba un instrumento del imperialismo yanquí. La absoluta indiferencia de parte del Estado, que nunca adoptó una política pública sobre control de la natalidad para no meterse en problemas políticos con la Iglesia, con la derecha y con la izquierda.

A pesar de ello, de manera discreta, pero con toda la perseverancia, el tesón y la audacia que se requería, el doctor Tamayo lideró un equipo de profesionales que se fue convirtiendo, con el tiempo, en un ejército de liberación de la mujer colombiana.

Tamayo había nacido en el seno de una distinguida familia bogotana, pero eso no le impidió vivir y entender los contrastes de la sociedad colombiana. Pasó buena parte de su infancia en Paris, a donde se habían trasladado sus padres en los años 20 del siglo pasado. De ahí regreso a vivir una vida campesina en un cafetal de Cundinamarca, mientras su padre capoteaba la crisis del año 30. De regreso a Bogotá, un par de años después, lo matriculan en el Gimnasio Moderno y de ahí pasa a la Universidad Nacional a cursar sus estudios de medicina, que culmina con una residencia y un postgrado en el Mass General Hospital y en Saint Elizabeth Hospital, ambos de la Universidad de Harvard.

De regreso a Colombia estuvo vinculado al Hospital San José e inició su práctica privada. En esos ámbitos contrastados -el del hospital público donde veía los problemas de los menos favorecidos y el de su consultorio privado donde atendía a las señoras de la élite bogotana- empezó a entender y calibrar la necesidad apremiante de facilitarle a la población colombiana el acceso a los medios de control de natalidad.

La causa de Profamilia contó con la simpatía y el apoyo discreto de figuras políticas como Alberto Lleras y de Virgilio Barco. Tamayo había conocido a Lleras en sus días de juventud cuando como estudiante en sus años finales de carrera le tocó recibirlo en un centro de practicantes, que era una de las pocas alternativas abiertas para atender algún quebranto pasajero de salud, en una lúgubre Semana Santa de Bogotá de los años 40 del siglo pasado. Con Barco se conocieron en la Universidad Nacional y, posteriormente, forjaron una amistad de toda la vida cuando coincidieron en Boston a principios de los años 50.

En la junta directiva de Profamilia contó con el apoyo de personajes del mundo empresarial como Julio Mario Santo Domingo, Hernán Echavarría Olózaga, Beatriz Kopp, Luis Escobar y Rodrigo Vásquez Mejía. También formaron parte de ese equipo decidido Miguel Trías Fargas, Angela Gómez Kopp y muchas otras personas que, con su apoyo cotidiano silencioso, lograron que el control de natalidad, los anticonceptivos, los derechos de la mujer, su capacidad de decidir sobre su cuerpo y el doble ingreso de los hogares se convirtieran en parte integral de la vida colombiana.

Cuando se fundó Profamilia en 1965, la tasa de crecimiento poblacional colombiana era del orden del 3%, lo que se veía reflejado en que cada mujer tenía siete hijos en promedio. De haber continuado esa tendencia, Colombia tendría hoy cerca de 100 millones de habitantes, lo que le hubiera significado un contexto de tensiones sociales mucho más complejo del que, de por sí, ha tenido que vivir a lo largo de los últimos 50 años. La hazaña de Profamilia fue lograr reducir esas tasas insostenibles a menos de la mitad, en un término de 20 años y a menos de la tercera parte en la actualidad. De esa manera, alivió tensiones sociales que hubieran resultado inmanejables y evitó que Colombia hubiera tenido que vivir días mucho más difíciles de los que han marcado su historia.

Estas nuevas ideas y estos conceptos permearon en lo más profundo de la sociedad colombiana. No se escaparon prácticamente de ningún hogar responsable. Y no solo de los de los amigos de la causa, sino de los de sus grandes contradictores. Muchos de los hijos de éstos últimos se apartaron de las tesis de sus padres, que se apartaban de las nuevas realidades nacionales y parecería que antes de seguir las enseñanzas de sus padres hubieran encontrado más más razón en las tesis de Tamayo.

Pero el ámbito de acción de Fernando Tamayo trascendió las fronteras y fue un activista y promotor de la planificación familiar a nivel mundial. Malcolm Potts, profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley, señaló lo siguiente: “mirando con retrospectiva, pienso que los años 70 fueron los días de gloria de la planificación familiar, pues contaban con líderes fuertes y con una visión clara como la de Fernando Tamayo, Jamo Yang de Corea del Sur, el General Draper y Rei Ravenholt en Washington, que entendieron las necesidades de las mujeres y cómo poner la planificación familiar a su alcance. Fernando Tamayo fue el modelo que me permitió emular cómo abordar el cambio, cómo sobreponerme a la oposición del Vaticano y cómo enfocarme en ayudarle a la gente a tener con amor los hijos deseados”.

Profamilia es hoy una institución que trasciende la persona de Fernando Tamayo Ogliastri. Sin embargo, su legado, su ejemplo y su visión marcaron un cambio trascendente y radical en la sociedad colombiana, por el cual nadie hubiera apostado un peso a mediados de los años 60. Quizá lo más significativo de esto es que constituye la prueba patente de que con decisión, con perseverancia y con audacia, sin ningún apoyo del gobierno, sin ningún soporte político y contra las más radicales fuerzas retardatarias, una entidad privada fue capaz de lograr una revolución silenciosa que le marcó un curso significativamente distinto para el país.

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