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| 9/24/2001 12:00:00 AM

Punto muerto

Es probable que Elizabeth Montoya de Sarria, mejor conocida como ‘la Monita Retrechera’, no descanse por ahora en paz. Hace dos semanas el juzgado segundo penal del circuito especializado de Bogotá, resolvió dictar sentencia absolutoria a José Mangones y José Orlando Sánchez Cristancho, quienes habían sido señalados en el proceso como presuntos coautores del asesinato de ‘la Monita’. Esto sólo quiere decir que casi seis años después del crimen de Montoya, quien saltó a la picota pública cuando se reveló la grabación clandestina de una conversación suya con el entonces candidato presidencial Ernesto Samper Pizano, no existe un sólo indicio fiable de quién ordenó su muerte y por qué. La investigación está en ceros y el juez del caso considera, como lo manifestó en el fallo, que la forma como se llevó a cabo puede ser considerada una completa vergüenza: "Altamente criticable y no tiene ninguna presentación que este proceso haya sido el producto de la desorientación, negligencia y desidia. Este despacho representante del Estado para el asunto, no admitirá que hechos como el que nos ocupa queden en la más absoluta, criticable y lamentable impunidad". Sin embargo, según el fallo respaldado en forma unánime por los representantes de la Fiscalía y la Procuraduría y los abogados defensores, hacia allá parece dirigirse este complicado asunto.

Elizabeth Montoya era la esposa de Jesús Amado Sarria, un polémico personaje a quien en su momento las autoridades investigaron por enriquecimiento ilícito. Durante el escándalo del denominado proceso 8.000 los nombres de esta pareja se hicieron públicos luego que los medios de comunicación denunciaron que la campaña de Ernesto Samper había recibido fondos de dudoso origen por intermediación de ‘la Monita’. Después de esta revelación Montoya desapareció y sólo se volvieron a tener noticias de ella hasta el primero de febrero de 1996, cuando fue asesinada en el barrio La Floresta en Bogotá. En el lugar de los hechos también cayó un comerciante amigo de Montoya. Los sicarios que le dispararon encontraron a ‘la Monita’ en la casa de unos santeros cubanos gracias a las informaciones que les habían suministrado, por medio de la tortura, su conductor y su jefe de seguridad. Ambos hombres habían sido secuestrados con anterioridad a la muerte de su patrona y posteriormente aparecieron sin vida.

Esta cadena de asesinatos fue investigada por la Fiscalía, pero su representante en la etapa acusatoria dijo que después de revisar el caso encontró que "desde un comienzo se presentaron fallas en la instrucción del proceso". Esto, que de por sí es delicado, no es nada comparado con la extrañeza que le produjo comprobar que fue Jesús Amado Sarria, el esposo de ‘la Monita’, "la persona que dirigió la investigación en la medida en que se iba vinculando al proceso a quienes en sus declaraciones mencionaba como supuestos responsables". El fue quien acusó a José Orlando Sánchez Cristancho, mejor conocido con el alias de ‘el hombre del overol’, como el cerebro detrás de la muerte de su esposa. Sin embargo, ninguna de las pruebas aportadas por el ente investigador en su contra fue lo suficientemente sólidas a los ojos del juzgado y por eso éste considera al final que el acusado no es culpable porque "la sentencia condenatoria no puede fincarse en rumores, en suspicacias y comentarios mal intencionados". El caso del otro sindicado, José Luis Mangones, es más increíble. Fue vinculado al proceso por el testimonio de los dos santeros cubanos. Sin embargo, la Fiscalía comprobó que no se encontraba en el país en la época del asesinato y posteriormente los propios extranjeros que lo incriminaron cometieron errores de identificación que hicieron dudar a las autoridades de la validez de lo que habían dicho. Todo lo anterior quiere decir que uno de los episodios con más mala presentación dentro del proceso 8.000 quedó de nuevo en un punto muerto.
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