Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2015/08/14 22:00

El pueblo que lleva inundado 15 días

En San Miguel, Putumayo, el río se llevó todo y hasta el día de hoy solo el Ejército ha llegado a ayudarlos.

El pueblo que lleva inundado 15 días Foto: Vía @joarca2004 @PilarMontagut @joarca2004

Nadie sabe dónde queda el municipio de San Miguel. Es tan desconocido, que hace casi un mes, el 23 de julio, las persistentes lluvias ocasionaron el desbordamiento del río del mismo nombre, un afluente fuerte y caudaloso que separa a Colombia de Ecuador y que esa noche se llevó todo a su paso: cultivos, animales, tanques de agua, botes, enseres de las viviendas e incluso varias casas.

Más de 4.000 personas que viven allí quedaron sin medios para subsistir. Hasta el sol de hoy a ese lugar apenas ha llegado el Ejército.  “Los de la Alcaldía vinieron, miraron y se fueron. Dos personas de el  Instituto Colombiano de Bienestar Familiar se dirigieron al lugar al otro día con plastilinas para jugar con los niños”, dice Sandra Vargas, quien se encontraba en el lugar haciendo trabajo de campo como parte de la organización Casa Amazonía.


Pero la tragedia ameritaba un apoyo más contundente. Es una zona apartada a 150 kilómetros de Mocoa y los habitantes viven del pancoger. La población más cercana, La Dorada, está a 20 minutos y Puerto Sol a 40. En la zona hay resguardos y cabildos indígenas que se encuentran en la zona rural de la población. Hay cerca de 4.000 habitantes y de esos 1.500 son menores.  

Es usual que llueva por esta época y por eso el aguacero del día del 23 de julio no alarmó a nadie. Esa noche Rúber Emilio Payoguaje estaba ya en su casa, localizada en un resguardo indígena en la zona de El afilador, aprestándose apara dormir, cuando oyó las gallinas chapalear y brincar. Cuando salió a ver qué pasaba, con su linterna vio el agua por toda la casa. Ya era demasiado tarde.

La canoa se había perdido, también el motor fuera de borda y todos sus  animales. Pensó en aguantar allí hasta que el río bajara, pero a medida que pasaba el tiempo el nivel del agua subía y decidió salir nadando a buscar un lugar más alto. Las viviendas allí son de un piso pero se construyen altas para evitar inundaciones cuando se da la creciente. Payoguaje amaneció ese jueves en el segundo piso del colegio, el sitio más alto y más cercano que encontró en medio de la espesa selva.

Cuando Mereida Mochoa, una indígena Quichua que vive en el resguardo San Marcelino, cerca de San Miguel, se percató de la tragedia, vio que el río llevaba palos, animales que luchaban por no ahogarse, colchones. Apenas faltaba un metro y medio para que el agua llegara al techo cuando decidió salir con su hijo de tres años sobre la tapa de un tanque de agua hacia la casa de su papá. Allá la cosa no fue mejor: todo estaba anegado, no había rastros de los cerdos, ni de los yucales y maizales.

El agua subió hasta ocho metros. En la que se quedaron solo faltó un metro y medio para que los tapara. A los niños del colegio rural El afilador, que duermen allí, la inundación los tomó por sorpresa mientras se preparaban para dormir. La profesora Fernanda Córdoba cuenta que todos trataban de rescatar sus cosas hasta que a las 10 de la noche subieron impotentes al techo del colegio a ver cómo el agua llevaba a su paso la destrucción. “Veíamos bajar casas, televisores, camas, zapatos”.

Cuando el nivel del agua bajó, se vio el verdadero impacto. Por fortuna no hubo muertos. Algunas casas colapsaron por la fuerza del agua, a otras el agua las cubrió, otras quedaron inundadas. Mereida perdió la suya. El colegio estaba cubierto de lodo y las aulas de clase llenas de sapos y culebras. Los cultivos, arrasados. Cerca de 1.178 familias quedaron sin qué comer ni dónde dormir. Tampoco había agua potable. El río se llevó lo poco que tenían. Una de las sedes del colegio sufrió más que las otras. Se dañaron los camarotes del internado, los toldillos, la ropa de los niños, la loza, los computadores, los libros y una planta de energía. El panorama era desolador.

Los que salvaron sus teléfonos celulares dieron aviso de su situación. Pero solo los soldados llegaron en su ayuda. Apenas ocurrió la tragedia más de 70 miembros del batallón especial de la sexta división les ayudaron a evacuar y a rescatar los pocos enseres que les quedaban. 

 Lo más duro fue ver que al otro lado del río, en Ecuador, los helicópteros hacían sobrevuelos para dimensionar el desastre y luego llegaban socorristas con ayuda humanitaria, comida, remesas, colchones ropa. También revisaron casa por casa e hicieron brigadas de salud. “Del lado colombiano solo se veía desastre y desolación”, dice Sandra.

Ante el abandono y la necesidad, la única opción fue que las familias que menos habían sufrido acogieran a los otros. Así han resistido todo este tiempo. Los colegios cerraron por dos días mientras los profesores limpiaron los salones para que los niños no los vieran en ese estado cuando regresaran. El día que se reanudaron las clases, ellos no paraban de hablar. “Unos contaban que casi se ahogan, otros hablaban de cómo sus padres los habían salvado, otros no saben como van a seguir las clases sin cuadernos ni libros”.

Con la ayuda de Casa Amazonía los líderes siguieron tocando puertas en muchas instituciones y en medios de comunicación, pero tampoco hubo respuesta. La semana pasada una comisión de habitantes vino a Bogotá con la ayuda de War Child para un simposio y ahí se conoció la historia.   

Sandra no se explica por qué cuando suceden estas tragedias en el Magdalena medio, en Bogotá o en otros lugares la ayuda sí llega. “Putumayo no existe, los niños de aquí no existen”, es la única conclusión que se le ocurre. El problema para ella no es que la zona quede lejos. “Es de fácil acceso porque  aquí constantemente llegan aviones con soldados. ¡cómo no va a llegar comida!”

La situación ya se está complicando. La falta de atención hoy amenaza con generar un problema de salud entre los niños, quienes ya empiezan a tener síntomas de infecciones respiratorias y digestivas. La niña de Moreida tiene erupciones en la piel, diarrea y vómito y dice que así están otros niños del sector. En el listado de necesidades está todo tipo de cosas materiales, desde ropa para los niños hasta comida. Pero lo mejor, dice Moreida, es que “la gente del gobierno vaya y vea y mire lo que se necesita”. Además de todo lo que les ha pasado se sienten tristes porque reconocen que son invisibles en su país. “Esto nos duele -dice Moreida -no nos sentimos protegidos. Aunque Putumayo es la región más lejana, somos de Colombia”. Lo más difícil ha sido explicarle esto a los niños quienes todavía siguen preguntando: “¿Por qué no nos ayudan? ¿Por qué no salimos en el noticiero? ¿Porque no nos tienen en cuenta?”


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