Sábado, 21 de enero de 2017

| 2010/05/23 00:00

¡Qué elecciones!

A pesar de las sensibilidades y los roces, la verdad es que los colombianos están viviendo una de las campañas más ejemplares y emocionantes de la historia.

¡Qué elecciones!

Es increíble todo lo que puede cambiar en Colombia en un abrir y cerrar de ojos. Hace exactamente tres meses todo parecía estar consumado. Uribe barría en las encuestas y la gente miraba de reojo y con desdén las noticias electorales. Los colombianos estaban dedicados a sus cosas y, si acaso, una minoría estaba asqueada con los escándalos de corrupción y de la politiquería. Pero la decisión de la Corte Constitucional de cerrarle el paso a la segunda reelección de Uribe le dio una patada al tablero. Y todo cambió: el fervor electoral subió como espuma, y los colombianos querían saber la última noticia o conocer la última encuesta. En cuestión de días, Colombia pasó de ser un país apolítico a un país politizado. Más aún, pocas veces en la historia una campaña ha sacudido tanto la conciencia política de los ciudadanos, sin distingo de edad, estrato o región.

Y ha sido una campaña apasionante principalmente por una razón: la incertidumbre. Mientras en política las cosas suelen ser bastante predecibles, en estas elecciones nadie sabe qué va a pasar. A pocos días de la primera vuelta y menos de un mes para la segunda, nadie se atreve a hacer apuestas serias sobre quién va a ser el próximo Presidente de Colombia.

Pero además, porque esta campaña política ha sido lo más parecido a una montaña rusa. A finales del año pasado, la revelación era Sergio Fajardo, cuyo discurso refrescante y pinta de universitario lo convirtieron en el símbolo de la renovación y la independencia. Pero arrancó el año, y la novedad de Fajardo le dio paso a la solidez de Juan Manuel Santos, el candidato que parecía enarbolar mejor las banderas del continuismo uribista.

Semanas después, la victoria de Noemí sobre Uribito en la consulta conservadora le dio tal halo de triunfo que parecía catapultarla a la segunda vuelta. Pero nadie se esperaba que, días después, la adhesión de Fajardo a Mockus despertara una ola verde que germinó en las redes sociales de Internet y fue extendiéndose en todos los rincones de país, a tal punto, que muchos llegaron a pensar que ganaría en primera vuelta. Pero la revolución verde se frenó y la campaña de Santos, que hacía agua, dio un timonazo que la dejó viento en popa.

Hoy, después de días intensos y discusiones acaloradas, todas las encuestas muestran un empate técnico entre los dos punteros. A una semana, sigue el suspenso.

Esta campaña, además de apasionante, tiene elementos que la han hecho ejemplar. En primer lugar, el abanico de candidatos podría ser la envidia de cualquier país. Y no es una exageración decir que los colombianos quedarían tranquilos votando por cualquiera. Ninguno de los seis es un aparecido en la vida nacional y todos han dejado huella en los cargos que han desempeñado en su vida pública.

En segundo lugar, hay candidatos para todos los gustos. Nunca antes el país había contado con un grupo tan representativo de aspirantes a la Presidencia. El próximo domingo, cualquier colombiano podrá encontrar en el tarjetón un candidato o un partido que representa todas las opciones desde la izquierda hasta la derecha. Y eso que suena obvio en cualquier democracia seria es un salto fundamental en un país que vivió buena parte del siglo pasado bajo el régimen del Frente Nacional, en el que solo había dos opciones para quien quería elegir presidente: la roja o la azul.

Hay candidatos del establecimiento, y de ellos se puede escoger entre cuatro modelos diferentes, y hay también los que cuestionan a ese establecimiento. Hay una mujer, hay políticos víctimas de la violencia y hay un ex guerrillero. Hay expertos en ganar batallas históricas, doctos en manejo del parlamento y en debates de control político y maestros en el arte de hacer milagros en ciudades tomadas por el caos. Hay quienes proponen la continuidad del presidente Uribe y otros que plantean grandes virajes en temas como la propiedad de la tierra, la extradición o la justicia social. Hay quienes se permiten altas dosis de liberalidad en una sociedad conservatizada como la colombiana y admiten que han fumado marihuana, otros que se plantean dudas sobre la existencia de Dios y también quienes apoyan el matrimonio gay. Nadie se podrá quejar del menú.

En tercer lugar, con este portafolio de aspirantes existe la tranquilidad de que no habrá salto al vacío o cambio extremo que ponga en riesgo los avances que ha hecho el país.

Pero como no todo en la vida es perfecto, hay que decir que las críticas no han faltado. En particular ha hecho carrera la tesis de que en la campaña han primado las encuestas sobre las ideas. Pero es una crítica injusta. Se han hecho cinco debates en los canales de televisión de más alto rating en el país y en espacios privilegiados. Los candidatos han tenido la oportunidad de discutir a fondo temas vertebrales como el de la crisis de la salud, el empleo, la lucha contra el terrorismo o las difíciles relaciones con los países vecinos, y los televidentes han podido sopesar posiciones de corte moral sobre temas como el aborto o la homosexualidad. Nunca había habido tantos debates, tantos formatos, tanto pluralismo, tanta interactividad y tanto cubrimiento periodístico.

En cuanto a la polémica sobre las encuestas, de si reflejan la opinión o la moldean, hay que entender que no son un capricho electoral de Colombia sino una realidad universal de la política electoral. Los que van adelante en intención de voto se verán beneficiados por la financiación, el cubrimiento y las adhesiones, pero también es una realidad universal que la encuesta no hace al candidato sino el candidato hace la encuesta. Lo cierto es que siempre terminan por crearse suspicacias sin fundamento ya que ninguna firma encuestadora o medio de comunicación serio va a poner en juego su prestigio o su credibilidad para favorecer o perjudicar a un determinado candidato. Lo único que se podría pedir es que sean encuestas realmente representativas.

Pero más allá de las polémicas y, quizá lo más importante, es que ha sido una campaña pacífica. Los candidatos han recorrido el territorio y han tenido contacto con el pueblo en manifestaciones multitudinarias. En un país donde en una sola campaña a la Presidencia mataron a tres candidatos, en donde los carros bomba, la toma de pueblos por parte de la guerrilla eran pan de cada día, y en donde los paramilitares decidían en qué pueblo se podía hacer campaña y en qué pueblo no, es realmente notable que el caso más grave de orden público haya sido el de un desadaptado que creó un grupo en Facebook en el que amenazaba con matar a Antanas Mockus.

Esta campaña de 2010, que llega a su recta final, ha sido, hasta ahora, un homenaje al libre debate de las ideas, al pluralismo y a la controversia. Ha sido una verdadera fiesta democrática. Solo falta un ingrediente para demostrar que prevalecerá: que cada colombiano vote a conciencia.

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