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| 10/7/1996 12:00:00 AM

A QUE JUEGA LA GUERRILLA

Con la ofensiva de la última semana, las Farc no sólo dieron una demostración de fuerza , sino que sentaron las bases de una nueva estrategia para la guerra.

El ataque de las Farc a la base militar de Las Delicias la semana pasada, que dejó un saldo de 29 muertos, 20 heridos y 60 soldados secuestrados, fue sin duda alguna una de las acciones militares más exitosas de la guerrilla en la historia reciente del país. Las imágenes desoladoras de las decenas de cuerpos dispersos en medio de las ruinas de la que fuera una de las guarniciones militares más importantes del Putumayo, sumadas a los 26 ataques guerrilleros que se perpetraron casi simultáneamente en todo el país y a los que le siguieron durante toda la semana que culminó el viernes pasado con 19 muertos en El Capricho, en el Guaviare, le dejaron a los colombianos un fuerte sabor amargo y a los analistas muchas interpretaciones. La primera de ellas es que la intensificación de las acciones de la guerrilla en los últimos días, fue la revancha de las Farc por los operativos de la Policía y el Ejército contra los cultivos de coca. Otra, es que hace esa intensificación más bien parte de la estrategia que usualmente emplea la guerrilla cuando se abre alguna posibilidad de diálogo y es la respuesta militar que acompaña la carta enviada por 'Tirofijo' al presidente de la Comisión de Conciliación Nacional, Augusto Ramírez Ocampo en julio pasado. Para otros, el hecho de que se hayan tomado rehenes y se esté exigiendo para liberarlos la intermediación de una comisión internacional muestra el deseo de la guerrilla de internacionalizar el conflicto para ser reconocidos como fuerza beligerante de acuerdo con el Derecho Internacional Humanitario.
Y para algunos más, se trata simplemente de la escalada estacional que por esta época del año suele hacer la subversión. Todas estas interpretaciones no sólo son parcialmente válidas, sino que además no son excluyentes. Sin embargo, detrás de las victorias obtenidas recientemente por las Farc, hay un hecho que pocos conocen. La antorcha que durante más de 30 años llevaran Jacobo Arenas y Manuel Marulanda 'Tirofijo', después de la muerte del primero y del retiro paulatino del segundo, ha pasado a manos de un grupo de comandantes que constituyen el relevo generacional de las Farc y quienes se han empeñado en la tarea, no sólo de modernizar a ese grupo guerrillero sino de llevarlo a la victoria, bien sea por la vía de la negociación política o por la del triunfo militar.
La nueva cúpula
La lucha por el poder que generó la desaparición de Jacobo Arenas, obligó a las Farc a cambiar su esquema de liderazgo. Después de la VIII Conferencia, celebrada en 1993, el Secretariado aumentó su número de integrantes de cinco a siete, con el fin de tener una dirección más plural. A Tirofijo, Alfonso Cano, Timoleón Jiménez, Iván Márquez y Raúl Reyes, se sumaron Efraín Guzmán 'El Cucho' y Jorge Briceño Suárez el 'Mono Jojoy'. Su entrada al Secretariado implicó una reacomodación de fuerzas que terminó colocando como hombres fuertes a Alfonso Cano en lo político y al 'Mono Jojoy' en lo militar. Ellos lideran lo que, en teoría, debería representar sólo un relevo generacional, pero que en la práctica significa mucho más que un cambio de edad: una nueva manera de hacer la guerra.
Esta nueva visión del conflicto que las Farc vienen implementando desde hace algunos años, pero que sólo hasta ahora las autoridades parecen estar empezando a ver y comprender es la que tiene en jaque al Ejército. El primer cambio fundamental dentro de la estructura de la nueva dirigencia es la gran cohesión que maneja entre lo político y lo militar. Hoy por hoy las Farc tienen perfectamente claro que todo lo que hagan debe tener un único fin: la guerra y por tanto, lo político debe estar totalmente subordinado a lo militar. Esto significa la desaparición del Partido Comunista como tal y su absorción por las Farc, las cuales son ahora una organización política y militar, cuyo partido _el Movimiento Bolivariano liderado por Cano_ se maneja desde adentro. Es por eso que, aunque formalmente todos los miembros del Secretariado se encuentran al mismo nivel, el 'Mono Jojoy' se ha convertido en la realidad en el nuevo No. 1 de la organización. (Ver artículo siguiente).
La estrategia
Pero no se trata solamente de un cambio organizativo. Después del fracaso de los diálogos de Caracas y México en 1990 y de la toma de Casa Verde por parte del Ejército, las Farc entendieron que si querían no sólo ganar la guerra sino además mostrar que la estaban ganando, tenían que cambiar su estrategia. Es por eso que pusieron en práctica un ambicioso plan de expansión con un único objetivo: ir trasladando la guerra de las zonas aisladas de colonización, a los municipios con importancia económica y política. Es así como, según un estudio realizado por la Asesoría para la Paz y la Universidad Externado de Colombia, de estar en 1985 en sólo tres centros urbanos, la guerrilla pasó en 1994 a tener presencia en 45. En palabras del realizador del estudio, Camilo Echandía,"la guerrilla tiene claro que es el país urbano el que toma las decisiones sobre la paz y sobre la guerra y por eso se está trasladando a las ciudades que es donde está la clase dirigente y la opinión que cuenta".
Pero eso no es todo. Después de la nefasta experiencia de la UP, cuyos militantes fueron cayendo asesinados uno a uno, las Farc se dieron cuenta de que la mejor vía para alcanzar el poder político no eran los votos. Es por esto que en este terreno también idearon una nueva estrategia de presión por la fuerza, que les ha permitido, sin políticos propios, manejar un buen número de gobiernos locales mediante la intimidación de alcaldes y dirigentes que por miedo terminan aceptando el cogobierno de la guerrilla (ver mapa). En pocas palabras, lo que las Farc han estado haciendo todos estos años es acumular hombres y poderío militar, preparándose para una guerra que saben que tendrán que librar no en el campo como lo hicieron Jacobo y Tirofijo, sino en los centros urbanos.

Civiles vs. militares
Lo grave de todo esto es que mientras las Farc han ido perfilando y cohesionando cada vez más su objetivo político y militar, en el país ha ido sucediendo exactamente lo contrario. Los episodios de los últimos días no han hecho otra cosa que mostrar un poder civil cada vez más disociado del militar. La demostración más clara de ello es la manera absurda como las autoridades decidieron afrontar las movilizaciones de los cultivadores de coca en el sur del país. Mientras los militares iniciaban por cuenta propia y sin consultar a los demás miembros del gobierno la llamada 'Operación Conquista', que dio origen a las movilizaciones, a la hora de negociar fueron las autoridades civiles, sin consultar siquiera a los militares, tal como lo dijo el general Harold Bedoya, las que se sentaron a la mesa con los cultivadores a buscar las soluciones. Como le comentó a SEMANA un analista, "después del manejo que le dieron las autoridades a las movilizaciones de los cocaleros, lo único que puede esperar el país es un diálogo de sordos entre el Ejército y el gobierno y más cuando quien debería ser el eslabón entre los dos, que es el Ministro de Defensa, parece tener tan poco ascendiente sobre ambos". Este divorcio, la creciente debilidad política del gobierno para manejar la crisis, incluido el orden público, y la incapacidad del Ejército para entender la nueva estrategia de la guerrilla, es lo que han aprovechado las Farc en los últimos meses para ganar terreno tanto en lo político, con las marchas, como en lo militar, con la escalada. En palabras de un experto en asuntos militares, "lo que ha hecho la guerrilla es ser sistemática y persistente en la utilización de unos medios para alcanzar unos fines y por eso ha logrado avanzar significativamente a costa de los errores militares del Ejército y políticos del gobierno ."
¿Negociación?
¿Qué pretenden las Farc con todo eso? Paradójicamente, primero utilizar la paz como estrategia de guerra para llegar a utilizar la guerra como estrategia de paz. Aunque muy pocos piensan que el momento de sentarse a negociar pueda estar cercano, lo que sí es un hecho es que lo que las Farc pretenden en el fondo es llegar algún día a una mesa de negociaciones, si nó para quedarse con todo el Estado sí para adueñarse por lo menos de una parte. La misma frase que dijera el ex presidente Alfonso López Michelsen de que hay que derrotar a la guerrilla para sentarla a negociar, se le podría atribuir hoy al 'Mono Jojoy', pero a la inversa. Para las Farc, al Estado hay que derrotarlo para sentarlo a negociar.
Sin embargo, pocos creen que esta negociación pueda estar cerca. A pesar de las manifestaciones que en este sentido han enviado los distintos grupos guerrilleros, para la mayoría de la gente está claro que si bien la guerrilla no está dispuesta a negociar desde una posición débil, tampoco está dispuesta a hacerlo con un gobierno que no esté fuerte. En estas circunstancias, lo único que la guerrilla parece dispuesta a negociar a corto plazo, son unas nuevas condiciones para la guerra. Este sería, en opinión de algunos expertos, el sentido que tendrían las exigencias que han enunciado las Farc para liberar a los 60 soldados secuestrados después del ataque a la base militar de Las Delicias y que ellos consideran prisioneros de guerra.
La participación de una comisión internacional como intermediaria para la liberación de los soldados y su aceptación del Derecho Internacional Humanitario les serviría no sólo como un pantallazo ante la opinión mundial, sino también para su propósito de ser reconocidas como una fuerza política beligerante. Hay no obstante quienes opinan que detrás de esta estrategia lo que están buscando las Farc es liberar también a sus familiares secuestrados, bien sea mediante un canje de prisioneros, o abonando el terreno para poder acudir posteriormente a un mecanismo semejante para obtener su libertad.
Pero más allá de su reconocimiento como fuerza política, lo que a las Farc les interesa que quede claro es su poderío militar. En palabras de un oficial retirado del Ejército "lo que quieren es dejar la sensación de que ellos son los que deciden cómo, cuándo y dónde actuar y lo están logrando. Están ganando terreno política y militarmente". En estas circunstancias, lo único que podría detenerlas es una fuerte cohesión entre civiles y militares que lograra levantar alrededor de ella un gran muro de contención. Sin embargo, todo parece indicar que pocas veces se había estado tan lejos de ese objetivo. La pretensión de los últimos gobiernos de darle un manejo civil al orden público se ha visto frustrada. La consecuencia más grave de este fracaso es el inmenso terreno que han ido ganando las soluciones militares a la crisis. Hoy en día, son muchas las personas que piensan que si los militares no pueden con la guerrilla entonces hay que armar a los civiles. Es este precisamente el sentido de una de las propuestas que cursa en el Congreso relacionadas con el orden público y que plantea la formación de una nueva fuerza de milicias o civiles armados. Aunque para algunos esta podría ser parte de la solución, hay otros que piensan que, por el contrario, es el reconocimiento explícito del Ejército de que es incapaz de ganar la guerra y por eso hay que incorporar a ella a los civiles.
La perspectiva que plantea esta estrategia de guerra es muy poco alentadora. Si lo que quiere la guerrilla es hacerse sentir, no falta mucho para que en lugar de atacar poblaciones pequeñas y medianas, las Farc decidan llegar al corazón del país. Como le dijo un experimentado ex guerrillero a SEMANA, "la guerrilla hoy por hoy está en condiciones de meterse a Bogotá y no al sur, sino al norte. Es ahí donde está la gente a la que ellos quieren sensibilizar". Con milicias o sin ellas, e independientemente de la suerte que corran los distintos proyectos sobre el tema de orden público que cursan en el Congreso, lo cierto es que también la sociedad civil ha dejado solas a las Fuerzas Armadas en esta guerra que no es solamente del Ejército contra la guerrilla. Si algo ha quedado claro después de la escalada política y militar de las Farc es que no van a descansar hasta obtener su objetivo y que aún faltan muchas batallas por librar. Es por esto que, ante la inminencia de perder la guerra, se requiere un gran esfuerzo de conciliación que impida que, finalmente, la guerrilla termine saliéndose con la suya.
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