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| 7/2/2001 12:00:00 AM

Que mis libros esten en los morrales de los estudiantes

Luis Fernando Afanador, comentarista de libros para SEMANA, habló con la escritora francesa de nacionalidad mexicana, Helena Poniatowska, durante su paso por Bogotá.

Elena Poniatowska nació en París en 1932, aunque tiene nacionalidad mexicana, donde vive desde 1942. Es una de las periodistas más destacadas de México y ha trabajado en los diarios Excelsior, Novedades, La Jornada, El Día, El financiero. La noche de Tlatelolco (1970), sobre la matanza de estudiantes en la plaza de las tres culturas en octubre de 1968, es una de sus crónicas más famosas. De sus novelas se destacan Hasta no verte Jesús mío (1969) y Tinísima (1992). Con La piel del cielo obtuvo el Premio Alfaguara de novela 2001. Semana.com conversó con ella durante su visita a Bogotá la semana pasada.

SEMANA: En su novela hay una gran cantidad de conocimientos científicos —el protagonista principal es un astrónomo—, ¿tiene algo que ver con el hecho de haber estado casada con un astrónomo?

Elena Poniatowska: Yo estuve casada con un astrónomo pero él nunca me enseñó absolutamente nada. Todo eso es investigación que yo hice porque entrevisté a muchísimos hombres de ciencia pero él nunca me enseñó nada de eso.

SEMANA: El personaje de Fausta, que cuestiona la dedicación absoluta a la ciencia de Lorenzo de Tea, ¿es entonces una especie de ‘desquite literario’ contra la actitud de su esposo?

E.P.: Fausta es una ficción total, un personaje que yo quise hacer muy moderno...

SEMANA: ¿El nunca la dejó entrar a ese mundo?

E.P.: No, nunca entré, nunca me dejó entrar.

SEMANA: ¿Pero le interesó siempre?

E.P.: Claro que me interesó, pero yo sabía muy poco de ciencia y a él no le gustaba enseñar, decía que no era un maestro. Me interesó afectivamente pero también me interesó por curiosidad de periodista, que la tengo hace años.

SEMANA: Resulta novedosa en su obra la importancia que tienen los temas científicos. La novela latinoamericana, que sepamos, nunca los había abordado.

E.P.: No, hasta ahora no, pero sí hay un libro en México de un escritor que se llama Jorge Volpi (se refiere a En busca de Klingsor) que habla de la ciencia dentro de una historia ligada a la Segunda Guerra Mundial.

SEMANA: Hay diálogos científicos y filosóficos y se cita varias veces La montaña mágica, ¿es un homenaje a esos famosos diálogos entre Settembrini y Naphta?

E.P.: Bueno, hay homenajes a mucha gente, hay homenajes —además del que menciona de Thomas Mann— a San Agustín, a Santo Tomás, a Joyce en el Ulises, en el que hay páginas excelentes sobre las ciencias. En general en la literatura se ha hablado mucho de astronomía. Hay muchos libros de astronomía ligados a la literatura.

SEMANA: Su novela es también un repaso de la historia de México desde comienzos del siglo pasado hasta hoy.

E.P.: Sí, quise que abarcara todos esos años y que llegara casi hasta la época de Internet justamente para hacer un personaje, Fausta, que le resultara al protagonista difícil de entender, contestatario.

SEMANA: A pesar de la entrega absoluta de Lorenzo de Tena a los grandes interrogantes sobre las estrellas y el universo, al final parece entender que la respuesta es muy simple, que está en amar a los seres que tenemos cercanos, una verdad bastante vieja.

E.P.: Sí, a través de Fausta, que es un personaje sin edad, se pone en tela de juicio esa venta de la vida y de la juventud al conocimiento, lo que hace preguntarse a Lorenzo de Tena si estuvo equivocado.

SEMANA: De todas maneras, gracias a la ciencia, Lorenzo evita un destino conformista que impone un sistema inmóvil, atrasado e injusto.

E.P.: Lorenzo no es mediocre, desde que es niño se hace una serie de preguntas, pero le hubiera podido suceder lo que le pasó a su hermano Juan —por eso yo puse a ese hermano allí, como una contrapartida—. Finalmente Lorenzo triunfa porque es un científico reconocido, es un hombre que sabe lo que hace, que se comunica con todos los científicos del mundo mientras que su hermano Juan es la otra cara de la moneda, termina en la cárcel, es un científico cuyos conocimientos no se pueden aplicar.

SEMANA: ¿Qué salva a Lorenzo?

E.P.: El no se salva, finalmente él no se salva. El es una gente que es la mitad de lo que somos todos: tenemos un lado que sí sale adelante y otro lado que fracasa. No sabemos cuándo se va a inclinar la balanza hacia el fracaso, hacia el derrumbe. Lorenzo, como decimos en México, "no la hace en la vida", lo único que le queda es morirse. Pero hay otros personajes, como Leticia, que es una mujer de enorme libertad, que tiene hijos con quien le da la gana y que también lo pone a él a pensar.

SEMANA: ¿La visión de México como un sistema político cerrado y excluyente que está presente en sus libros anteriores —y desde luego en éste— puede cambiar o ha cambiado algo con el gobierno de Fox?

E.P.: En México hay unas clases sociales sumamente separadas en las que hay un abismo de una clase a otra, unos no están enterados de cómo viven otros y tampoco les importa, no hay ningún entrecruzamiento entre las vidas. No sé si el gobierno de Fox vaya a romper esa brecha. Lo bueno que ha hecho este gobierno —y es justo decirlo— es que permitió la marcha zapatista indígena a México. La permitió, la propició, y eso jamás había sucedido en el pasado con el PRI.

SEMANA: Su libro muestra la gran dificultad de hacer ciencia en nuestros países.

E.P.: Creo que lo que pasa en mi país es que el gobierno no juzga necesario que haya que invertir en ciencia; seguramente sucede lo mismo en Colombia. En México, por la cercanía con Estados Unidos, con esa frontera tan enorme, se piensa que es mucho más fácil que ellos hagan la ciencia y nos la traigan con la globalización y nosotros no necesitamos hacer nada ni pensar en nada, pero eso es un gravísimo error porque el país cada vez se va atrasando más, sobre todo con los mexicanos donde en determinados campos han demostrado ser de veras muy capaces.

SEMANA: ¿Deberíamos asumir más seriamente el camino de la ciencia?

E.P.: Creo que sí, sobre todo en la educación. La salvación de América Latina está en la educación. Desde luego, hay que paliar el problema del hambre que es gravísimo, la miseria, pero yo creo que es la educación la que hace participar a la gente para que pueda votar e influir en la vida política del país.

SEMANA: En La piel del cielo hay un personaje secundario muy bello, muy bien logrado, Lucía Arámburu y González Palafox, una aristócrata decadente y algo farsante, ¿por qué la mató tan pronto?

E.P.: Esos personajes para mí son fáciles de escribir porque los escribo desde adentro, porque finalmente es mi mundo. Sus cosas, sus intereses, me salen muy auténticos: tuve que matarla para seguir adelante. Pero otros, por ejemplo Fausta, me resulta mucho más compleja porque no la conozco, yo no conozco muy bien a las jóvenes de ahora, lo que piensan, que son menos convencionales y tienen una libertad mucho mayor a la que tuvieron otras.

SEMANA: En un cuento reciente del colombiano Julio Londoño, El affaire Mutis-Poniatowska, usted lleva en el bolso una novela de Alvaro Mutis, La última escala del Tramp Steamer, y el narrador piensa: qué envidiable destino para un libro estar entre el rimel y los objetos de una mujer. ¿Qué destino le gustaría para sus libros?

E.P.: El mejor destino para mis libros es que estuvieran en el morral de los estudiantes, también en el bolso de las mujeres que van a la playa de vacaciones, pero primero en el morral de los estudiantes.

SEMANA: A propósito de este cuento, en el que hay una supuesta entrevista suya con Londoño en Lima y una apasionada relación con Alvaro Mutis, ¿qué tanto es verdad?

E.P.: Nuca estuve en Lima y nunca tuve una relación amorosa con Mutis, jamás. Es pura ficción, pero bueno, si le gusta mucho a don Londoño me parece muy bien.

SEMANA: Allí Elena Poniatowska se define a sí misma como un Work in Progress...

E.P.: (Risas)...Qué bonito. Voy a leer el cuento, voy a llevárselo a Mutis.

SEMANA: De todos los libros que ha escrito, ¿cuál prefiere?

E.P.: Ninguno. El que voy a hacer. Yo soy muy crítica de mí misma, siempre lo he sido, nunca estoy encantada con lo que he hecho, nunca puedo decir ¡ay! esto que acabo de hacer está muy bueno. No puedo.
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