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| 9/2/2011 12:00:00 AM

¿Qué tan carismáticos son los candidatos a la Alcaldía de Bogotá?

El experto en comunicación estratégica hizo su propio análisis de la imagen que proyectan los candidatos en televisión. Esto fue lo que dijo de cada uno.


Gina Parody: Hace un esfuerzo muy grande para ser empática. Tiene un lenguaje corporal muy plano, por eso cuando subraya alguna fortaleza en un tema determinado se excede y lo que ocurre es que distrae a la gente. Una recomendación es que no se sobreactúe. Ella tiene dos características a su favor: es mujer y es joven, debe aprovecharlas para conectarse con esos públicos. En los debates debería procurar aterrizar el lenguaje; para hablar del metro de Bogotá lo compara con otros países y llega cargada de estadísticas. Poca gente le copia a eso.

Dionisio Araújo: El algunos videos que hemos visto, sólo con su forma de sentarse se muestra superior al periodista o a las personas que están al otro lado de la cámara. Es fácil darse cuenta cuándo está nervioso porque parpadea más veces de lo normal. Cuando le preguntaron sobre la restricción de venta de licor a los menores se notó. Y eso tiene dos explicaciones: que se siente incómodo con la pregunta o que no quiere comprometerse.

Jaime Castro: Por enfatizar su oposición y crítica al gobierno actual, pasa la raya. Sus intervenciones son como diciendo: “Se lo dije”. Cuando enfatiza en algo frunce el ceño de manera exagerada. Eso, en lugar de sumar apoyos a su crítica, la aleja con su expresión facial genera una barrera.

Aurelio Suárez: Tiene una expresión corporal que lo acerca a la gente. Su expresión corporal es fresca y sus facciones en la cara son livianas. Alza las cejas cuando tiene que alzarlas para enfatizar, mueve su cabeza cuando tiene que dirigirse a diferentes lados del auditorio. Pero tiene una dificultad en el lenguaje: sus palabras se asocian mucho a la vieja izquierda. Es un discurso que contradice lo que expresa con su cuerpo.

Gustavo Petro: Aterriza lo que está hablando, es concreto y claro, lo que ya había demostrado en el Senado. Eso le gusta a la gente. Tiene un tono de voz con el que capta la atención y tiene la capacidad de modularlo, porque cuando el ritmo del discurso está aburriendo a su público, se da cuenta y lo sube. Sin embargo, no logra manejar bien las expresiones faciales y corporales y él mismo lo reconoce. Para frenar esa falencia tiene expresiones fuertes y repetitivas. Por ejemplo, mueve las manos para acentuar algo, pero al hacerlo repetidamente su gesto se convierte en parte del paisaje.

Enrique Peñalosa. Tiene una debilidad enorme en conectar con la gente y la trata de subsanar siendo simpático. Pero la simpatía se vuelve exagerada y parece fingida. Trata de introducir sonrisas muy prolongadas que llegan a carcajadas. Está comprobado que para que una risa genere empatía, debe durar entre 1 y 4 segundos, más de eso es carcajada.

Antanas Mockus. Sufre de una timidez aguda y se le nota el sufrimiento. Difícilmente mira a la cámara o al entrevistador. Cuando uno es tímido ocurre que termina por enredarse porque no sabe si está respondiendo bien. Esa es la razón por la que Mockus no termina de conectar.

Carlos Eduardo Guevara. No lo he visto en debates.

Gustavo Alonso Páez. Tiene muchísimas ventajas. Es un pastor cristiano y se nota su experticia en el manejo del público. Tiene una conexión con la gente y un manejo impecable del auditorio. Da la impresión de hablar con cada uno de los que están presentes. Eso reafirma que no necesariamente estas habilidades son innatas, sino que los candidatos se hacen con la práctica.

Carlos Fernando Galán. Conoce bien la ciudad y se le nota. Tiene argumentos, cifras de la ciudad, cita estudios. Logra conectar con su lenguaje, sabe subir y bajar su tono de voz para mantener la atención de la gente. Pero tiene una pésima expresión corporal y una nula expresión facial. Cuando está en los debates no mueve un músculo de la cara. Eso es arriesgado porque le deja todo el trabajo a lo que dice.

David Luna. Tiene un problema que ha sido objeto de estudio de personas que analizan patrones de comportamiento. A personas con sus características los llaman los baby faces, que son personajes que tienen una frente amplia, la cara rellena y en algunos casos, los ojos grandes. Esos rostros funcionan para los vendedores de productos, pero en los políticos no porque no generan credibilidad. A esto se suma que su tono de voz es alto. Por eso recurre a mostrar que sí conoce la ciudad, que sí está preparado, y se aprende de memoria muchos datos pero da la impresión de que infla el discurso, lo cual sólo funciona con un sector de la población.

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