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| 3/3/2007 12:00:00 AM

A qué viene el Presidente

Álvaro Uribe tratará de evitar que la para-política dañe su amistad con George W. Bush y de comprometerlo para unir fuerzas frente al Congreso demócrata.

El próximo domingo George W. Bush se convertirá en el primer presidente de Estados Unidos que visita dos veces a Colombia en ejercicio de su cargo. Ya había hecho una corta parada en Cartagena en noviembre de 2004. Esta vez lo hará en Bogotá, también por unas horas, sin pernoctar y con rigurosas medidas de seguridad que involucrarán a 7.000 soldados dedicados a cuidarlo. Bush hará un tour por cinco países latinoamericanos que incluye los tres más grandes en población -Brasil, México y Colombia- y dos aliados pequeños: Uruguay y Guatemala. (Ver artículo en 'Mundo')

El viaje coincide con uno de los momentos más difíciles para las relaciones bilaterales desde cuando se inició el Plan Colombia, siete años atrás. El cambio de la mayoría en el Congreso, en manos de la oposición desde enero, obliga a una política exterior compartida entre la Casa Blanca y el Capitolio: Bush ya no tiene las manos totalmente libres para trabajar con su amigo Álvaro Uribe. Algunas ideas de los demócratas, como la protección de la producción estadounidense y la defensa de los derechos humanos, afectan temas clave de las relaciones con Colombia: el TLC y la ayuda para las Fuerzas Armadas. Para terminar de complicar el cuadro, el estallido del escándalo de la para-política desde finales del año pasado empieza a generar preocupación en los tres sectores que influyen en la política exterior: el gobierno, el Congreso y los medios de comunicación.

El ambiente en Washington frente a Colombia ha cambiado. Hace dos semanas la poderosa presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, convocó a una poco usual reunión de dos horas en su despacho con varias ONG de derechos humanos para analizar el proceso de negociación del gobierno de Álvaro Uribe con las AUC y los alcances de la para-política. Este grupo se seguirá encontrando en forma periódica para seguir su análisis. Casi en forma simultánea, en una visita del vicepresidente Francisco Santos a la capital estadounidense, recibió insistentes preguntas sobre la situación de la canciller de entonces, María Consuelo Araújo. Y en una reunión con varios senadores y representantes, Sander M. Levin (de Michigan) expresó con dureza su preocupación por la infiltración paramilitar. Otros legisladores -Patrick Leahy, William Delahunt, James McGovern, quien estuvo en Bogotá en el fin de semana- han subido el tono crítico.

En la opinión pública también hay inquietudes. Algunos de los principales periódicos de Estados Unidos han publicado informaciones sobre los más recientes capítulos de la crisis política. The Washington Post acuñó el término 'para-gate', que para la audiencia estadounidense es sinónimo de un pequeño escándalo que asciende poco a poco hasta las más altas esferas, y cada vez hay más medios que utilizan esa palabra. Desde la semana pasada, un grupo de ONG circula desde la página web de la oficina de Amnistía Internacional de Estados Unidos una tira cómica titulada 'limpiador Colombia' que sugiere que la desmovilización de los paras es una farsa: una especie de jabón para quitar las manchas dejadas por las masacres y otras violaciones a los derechos humanos.

¿Está en peligro la estrecha alianza que han tenido los dos países en los últimos ocho años? ¿Servirá en estos momentos la presencia en Bogotá del presidente George W. Bush? "Los escándalos de la para-política han despertado bastante preocupación en Washington y constituyen un test para el presidente Uribe y para su relación con Estados Unidos, dice Michael Shifter, analista experto en temas latinoamericanos. Por ahora Estados Unidos no ha recibido ninguna prueba que vincule al Presidente con los paramilitares", agrega.

Los desafíos para las relaciones bilaterales han crecido, pero no tienen nada que ver con la crisis que sufrieron durante el mandato de Ernesto Samper. Hasta el momento, los problemas no se sienten en el gobierno Bush, que mantiene su apoyo a Uribe, sino en el Congreso. Y empiezan a inquietar a los medios de comunicación, para los cuales, sin embargo, el escándalo sólo acaba de empezar y se ha mantenido en las secciones informativas de los periódicos: no han llegado ni a la televisión ni a las páginas editoriales.

En la Casa Blanca y en el Departamento de Estado hay motivos para tratar de salvar la relación con Colombia. Uribe es un aliado en una región donde crece el antibushismo, y en medio de las críticas que se le hacen en todo el mundo a la guerra de Irak y a la debacle del Oriente Medio, la reducción de los indicadores de violencia en Colombia es de los pocos éxitos que hay para mostrar. El gobierno Bush ha aceptado la explicación que ha escuchado de diversas voces oficiales colombianas que, todas a una, han repetido el mismo libreto: las revelaciones sobre la infiltración paramilitar en la política han sido posibles gracias al desmantelamiento del paramilitarismo propiciado por el presidente Uribe. Así lo dijo la semana pasada en el Congreso Thomas Shanon, el subsecretario de Estado para el hemisferio Occidental: "El escándalo de la para-política es el producto de las acciones que los colombianos han tomado desde el momento en que eligieron al presidente Uribe", dijo. La presencia de Bush en Bogotá es una señal de la voluntad de mantener el buen nivel en las relaciones.

En el Congreso hay más posibilidades de que las noticias que llegan desde Colombia hagan daño. Allí hay un grupo que se ha opuesto a la ayuda para las Fuerzas Armadas. Ese grupo ahora tiene más poder, porque casi todos sus miembros pertenecen al Partido Demócrata, y tiene mejores municiones para cuestionar la política de la Casa Blanca: la detención de congresistas colombianos y las revelaciones del poder paramilitar. Adicionalmente, hay miembros del poder legislativo que han apoyado la ayuda a Colombia a regañadientes y la nueva realidad los podría voltear. Son el núcleo hacia el cual se dirigen los esfuerzos de explicación de la embajadora Carolina Barco y del nuevo canciller, Fernando Araújo, quien debutará en Washington el próximo 20 de marzo.

En la actualidad hay dos grandes temas pendientes de decisión por parte de la compleja llave gobierno-congreso, relacionados con Colombia: el nuevo Plan Colombia y el TLC. El primero tiene mayores posibilidades de salir adelante. El Congreso hará nuevas exigencias, sobre todo en derechos humanos. "El gobierno Uribe tendrá que responder algunas preguntas que no fueron planteadas antes", según Tim Riesser, quien trabaja para el senador Patrick Leahy. La diplomacia colombiana necesitará llenarse de buenos argumentos para contestar críticas de los demócratas en cuatro asuntos principales: que no hay impunidad en la masacre de Apartadó de hace dos años, que sí hay reducción en la producción de drogas ilícitas, que sí hay garantías para el ejercicio del sindicalismo y que sí va en serio el desmonte del paramilitarismo. Aunque son temas muy difíciles, los demócratas no quieren ser señalados en las elecciones de 2010 como "blandos frente al terrorismo" y es muy probable que terminen votando la ayuda militar.

Los problemas del TLC son peores. Un editorial de la última edición de The Economist afirma que los congresistas estadounidenses están inclinados a aprobar los tratados recientemente firmados con Perú y Panamá, y tentados a "bloquear el de Colombia porque están bravos por las revelaciones que vinculan el gobierno de Álvaro Uribe a los grupos paramilitares de derecha". Los demócratas además reciben a diario informes sobre amenazas y asesinatos a sindicalistas colombianos. Si las cosas siguen como van, la ratificación del TLC se podría embolatar.

Para Uribe, su encuentro número 11 con su colega George W. Bush es muy importante. Buscará controlar cualquier grieta que se pueda haber insinuado en su amistad. Y, sobre todo, consolidar la alianza para enfrentar en forma conjunta, y con el mismo discurso, al Congreso estadounidense. Ya lo han hecho, y con éxito. Pero ahora será mucho más difícil.
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