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| 4/9/1984 12:00:00 AM

¿QUIEN GANO Y QUIEN PERDIO?

Además del Nuevo Liberalismo fueron varias las sorpresas en las elecciones.

¿QUIEN GANO Y QUIEN PERDIO? ¿QUIEN GANO Y QUIEN PERDIO?
Las elecciones de mitaca no las ganó nadie. Si se tuviera que decir a quién le fue menos mal, hasta el mismo Galán tendría que reconocer que fue a los "malos". El oficialismo liberal, que se suponía estaba para recoger ante el avance incontenible de una nueva generación de votantes independientes, mostró que si bien su dinámica parece estantacada, su capacidad de aguante sigue siendo sólida. Una vez más quedó demostrado que el país no ha dejado de ser reacio a las grandes revoluciones electorales que se le anuncian y que las estructuras tradicionales y las costumbres regionales siguen determinando los resultados, independientemente de los aires de renovación y de los llamados al cambio.
Tanto el ambiente de definiciones como el repentino apasionamiento que parecía haber arrastrado a los colombianos, resultaron ser un espejismo. Cuando todo el mundo esperaba una gran votación, los índices de abstención aumentaron. La aparición de dos figuras nuevas y carismáticas, Belisario Betancur y Luis Carlos Galán que se movían un poco al margen de la tradicional rutina partidista y que parecía que podrían alterar la política del país, acabaron no cambiando mayor cosa y si lo hicieron, esto no se tradujo en votos. La correlación de fuerzas entre los partidos tradicionales se mantuvo, superando el liberalismo a los conservadores en una relación de 2 a 1.5. El Nuevo Liberalismo, aun cuando obtuvo un resultado decoroso en términos absolutos, sufrió un fuerte revés en cuanto al impacto político, por exceso de expectativas.
El Partido Conservador, respaldado por el aparato burocrático y el prestigio del Presidente, no presenta mejoras relativas ni frente a su rival, el liberalismo, ni frente a la posibilidad de zanjar su división. Ni siquiera a la izquierda le fue bien. Diego Betancur, no obstante el ruido que hizo su nombre por la extraña combinación de delfinato y oposición, resultó ser, como dice la jerga maoísta, un verdadero "tigre de papel". El Frente Democrático mantuvo los mismos 60 mil votos de toda la vida, pero decayó considerablemente en las zonas de violencia, donde se esperaba una presencia respetable. Y algunos residuos del atraso macondiano que se consideraba superado, volvieron a salir a luz con la sorprendente votación de la vidente Regina 11 en Bogotá.

MUCHA HARINA Y POCOS VOTOS
Lo que es indudable es que las caras más tristes del domingo por la noche se vieron en las sedes galanistas. Después de una euforia inicial por los primeros resultados que se conocieron, a la madrugada el desencanto se fue apoderando de los "fans" a medida que los anunciados 700 mil votos se desvanecían. El propio Galán había repetido enfáticamente que el punto de partida de su movimiento era volver a obtener esa cifra, alcanzada en 1982, y al cierre de esta edición la realidad apenas le permitía pasar del medio millón.
"Mucha harina y pocos votos" fue el comentario de un oficialista bogotano al referirse a las huestes galanistas que le dieron el toque de alegría a la jornada electoral. "Son los mismos 600 mil votos lleristas de toda la vida", afirmó un veterano turbayista, haciendo referencia a las múltiples veces que se han anunciado transformaciones estructurales con base en un supuesto aumento sustancial de ese caudal.
Galán, quien el domingo por la mañana se perfilaba como el Gary Hart colombiano, el lunes aparecía como el Walter Mondale de la política nacional. Desde luego, no estaba derrotado. De no ser por el impacto sicológico alterno, se podía decir que había quedado en tablas con su situación anterior, al obtener el 30 por ciento de la votación total del liberalismo. Su figura joven y sus ideas renovadoras parecieron no ser armas más contundentes que las de sus rivales, contra la abstención. Si bien en las grandes capitales se mantuvo o, como en Cali, aumentó, quedó claro que en el resto del país su campaña no caló, a pesar de sus giras maratónicas por 480 municipios y del desproporcionado apoyo que le dieron los medios masivos de comunicación, dado el interés que su nombre suscitaba.

GALAN, ¿Y AHORA QUE?
La gran incógnita es qué va a hacer ahora Luis Carlos Galán. Independientemente de cualquier argumentación que haga sobre victorias morales basadas en porcentajes o en el hecha de que a nadie le fue bien, la realidad es que su candidatura presidencial se desinfló. Uno de sus graves errores parece haber sido el montar una campaña presidencial en mitaca, pasanda por encima las consideraciones municipales y las consignas locales. Los elementos moralistas de su campaña que dividían al país entre buenos y malos, dependiendo de su adhesión a él, sólo parecieron surtir efecto en las clases medias urbanas.
A partir del 11 de marzo, a Galán se le abrieron dos caminos: sostene su candidatura, alegando que nada se definió, interpretando los resultados como una victoria suya, o comenzar a buscar una transacción con el oficialismo para llegar a una fórmula de unión, basada en una candidatura diferente a la de él pero aceptable para los dos bandos del liberalismo. Observadores políticos consideran que lo más probable es que se vaya por una salida intermedia, que consistiría en exigir una consulta popular en las elecciones parlamentarias, aceptando someterse al veredicto que ésta tenga en materia de definiciones de candidaturas. Esto le permitiría llevar al Congreso una fuerza parlamentaria proporcional a la que hoy tiene dentro del partido, lo cual lo dejaría como dueño de una tercera parte del bloque parlamentario liberal y como la fuerza individual más grande dentro del liberalismo que, aun cuando hoy ya lo es, no esta reflejada en el parlamento. Esto tendría un gran inconveniente para el partido liberal. El sector oficialista tendría que escoger entre una convención antes de las parlamentarias, para poder enfrentar un candidato propio a Galán, lo cual significaría la protocolización de una división, o aceptar lo que seguramente será la propuesta de Galán, o sea que la convención se celebre después de las parlamentarias, basado en los resultados de éstas. Si se inclina ante esta exigencia de Galán, el oficialismo se verá enfrentado a la desventaja de medírsele a un candidato nacional, con un sindicato de jefes regionales y sin un nombre de reconocimiento en todo el país. También tendría el inconveniente de que sólo hay dos meses entre las elecciones parlamentarias y las presidenciales de 1986, de tal modo que habría poco tiempo para sanear las fisuras que un enfrentamiento de esta naturaleza seguramente implicaría y para alcanzar a recoger un apoyo entusiasta al nombre de quien fuera designado. Asumiendo que la convención fuera una semana después de las parlamentarias, el liberalismo no tendría más de siete semanas para presentarle al país su candidato, mientras que a todas éstas, el conservatismo podría tomarle una ventaja de meses de impulso a una candidatura unitaria, escogida en una convención, con un anticipo prudencial.

LOS OTROS
Y en el oficialismo liberal, ¿quién ganó y quién perdió? Al cierre de esta edición, datos fragmentarios no permitían llegar a conclusiones departamento por departamento. Sin embargo, algunas tendencias ya se confirmaban. Antes de cualquier análisis hay que decir que el gran ganador dentro del partido liberal fue Bernardo Guerra Serna. El viejo zorro de la política antioqueña, tildado por muchos como el símbolo del clientelismo que es necesario erradicar, mostró una vez más el control de sus tropas, y la fidelidad de sus electores y su resistencia contra cualquier enemigo nuevo que se le presente, incluyendo a la mafia.
En Bogotá, en dimensiones diferentes y más relativas, otro de los ganadores fue Ernesto Samper Pizano, aun cuando sólo obtuvo un renglón para el Concejo su corta distancia en votos con Hernando Durán Dussán constituye un excelente resultado para un hombre nuevo en política, enfrentado a un veterano de talla presidencial.
En Caldas, resultados parciales de los municipios del departamento, hacían prever que Víctor Renán Barco, uno de los grandes acusados por el llamado "robo de Caldas", mantendría su votación caudalosa, pese a algún retroceso en Manizales.
Otro ganador sorpresa fue Rodrigo Lara, quien al igual que Víctor Renán Barco y que Gustavo Rodríguez atravesaba una semana de tormenta como consecuencia de su polémica con un juez (ver artículo siguiente). Aún cuando al cierre de esta edición aún no había datos definitivos, por la alta votación de Lara en el Huila se podía establecer que los escándalos nacionales no parecían tener mucho impacto a nivel departamental.
En cuanto al conservatismo, la gran sorpresa en la capital fue Gustavo Rodríguez, quien una vez más produjo el milagro electoral de sacar gruesas votaciones sin contar con televisión o prensa, elementos que se supone definen los comicios en Bogotá. Esto no obstante tener dos escándalos en la semana anterior a las elecciones. Su éxito pudo deberse, en buena parte, al cabezazo de jugarse al residuo electoral fraccionando su lista en tres, y colocando así tres concejales, cifra con la cual igualó los resultados de la promocionada lista de Andrés Pastrana.
Entre los perdedores del partido liberal está Hernando Durán Dussán, quien obtuvo una votación lánguida que apenas le aseguró un segundo concejal por residuo. Resultado que sería satisfactorio si no se tratara de una figura nacional con cuatro años de alcaldía detrás y una aspiración presidencial. No obstante la popularidad de su gestión como alcalde, fue víctima de la falta de solidaridad del oficialismo, y de una identificación errónea como candidato turbayista, ya que en realidad el grueso de esa corriente a quien está apoyando es a Barco.
Otro que se puede considerar derrotado es Alberto Santofimio, si se tiene en cuenta que habiendo sido figura nacional, tras su fracaso como candidato al concejo de Bogotá, quedó reducido a ser el zar del Tolima, donde volvió a favorecerlo la votación de sus copartidarios. No obstante el carisma que el ex ministro demostró en sus escasas apariciones en televisión, y el magnetismo personal que aún irradia, el público bogotano neutralizó por ahora sus posibilidades presidenciales.
Dentro del partido conservador, la gran derrota es la de la lista de unión encabezada por Andrés Pastrana y Elvira Cuervo de Jaramillo, que no obstante aparecer como la oficial, y contar con delfín y noticiero propio y de enarbolar la bandera de la unión, puso los mismos concejales que la disidencia rodriguista. Un factor determinante en la crisis fue el semisabotaje que practicó el alvarismo, que no quedó satisfecho con la composición de la lista.
Pero sin duda alguna, otro de los perdedores de la jornada electoral fue el propio gobierno. Dos llamados a votar del presidente en televisión produjeron el nivel de abstención más alto registrado en la historia del país. La fórmula de "Vamos bien, vote bien", no fue avalada por los electores.

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