Miércoles, 18 de enero de 2017

| 1996/12/16 00:00

QUIEN GRABO LOS CASETES

'El Presidente que se iba a caer' revela en otro capítulo que, contrario a lo que se piensa, no fueron los gringos.

QUIEN GRABO LOS CASETES

viernes 24 de junio de 1994 El jefe de redacción tuvo suerte con una de sus fuentes que, en un encuentro en la revista hacia el mediodía, le reveló el origen de las cintas. Se trataba de un capitán de la Dijin que parecía tener un gran dominio de toda la historia. El único problema, según le explicó Lesmes a Vargas más tarde, era que no había manera en las pocas horas que quedaban antes del cierre de la edición, de confirmar el conjunto del relato. De hecho, ninguna otra fuente de inteligencia parecía dispuesta a hablar del tema.
En su narración, el capitán se remontó hasta mediados de octubre de 1993, cuando el entonces director de la Policía, general Miguel Antonio Gómez Padilla, fue invitado a desayunar al Hotel Tequendama por algunos congresistas de la Costa Atlántica. Al encuentro asistió también _y sin que los parlamentarios se lo hubieran advertido previamente al general_ el periodista Alberto Giraldo, quien, en medio de numerosas vaguedades sobre la situación del país, le preguntó a Gómez si la Policía pensaba perseguir a los hermanos Rodríguez Orejuela con la misma agresividad que caracterizaba por aquellos días la cacería de Pablo Escobar. El general respondió que en ese momento todos los esfuerzos del Bloque de Búsqueda estaban concentrados en el jefe del cartel de Medellín y los pocos hombres que aún le quedaban, y que además él tenía entendido que no había órdenes de captura vigentes en contra de los Rodríguez.Según el relato del capitán, un par de semanas después, Gómez se enteró de que en Cali circulaba el rumor de que, durante el desayuno, el general se había comprometido a no perseguir a los cabecillas del cartel. Según el rumor, Giraldo estaba cobrándoles a los Rodríguez eso como un éxito propio. El director de la Policía se indignó con la historia y le pidió al general José Jairo Rodríguez, quien estaba al frente de la Dijin, que ejerciera un control sobre las actividades de Giraldo. Enterados el DAS y la Brigada XX de Inteligencia Militar _al frente de la cual estaba el coronel Freddy Padilla de León, sobrino del general Gómez Padilla_ sus respectivos hombres creyeron que había llegado la hora de averiguar qué tan importante era el periodista en la estructura del cartel.
Por aquellos días las diferentes agencias de inteligencia daban por hecho que Escobar caería tarde o temprano, y habían acordado diseñar mecanismos de seguimiento preliminar a personas cercanas al cartel de Cali, que aparecía como el nuevo y obvio objetivo a seguir. Tras lo sucedido a Gómez Padilla, estaba claro que Giraldo tenía que ser una de ellas.En desarrollo de una operación a la que luego se uniría el grupo de inteligencia de la Armada Nacional, un selecto grupo de oficiales y agentes de Policía, Ejército y DAS comenzó a grabar las conversaciones telefónicas de Giraldo y de otros contactos importantes del cartel. El periodista solía hablar desde su casa o desde diferentes oficinas y apartamentos que visitaba ocasionalmente. En un momento dado, el grupo de grabadores llegó a tener una docena de líneas interceptadas sólo por cuenta de Giraldo. Según el capitán, las cintas comenzaron a acumularse y nada de lo que se grababa parecía tener mayor importancia. Finalmente, a mediados de diciembre y pocos días después de que cayera Escobar, hombres de la Dijin lograron captar una serie de charlas entre Giraldo y Miguel Rodríguez en las que hablaban de la entrega de un obsequio significativo a Benitín. El capitán le aseguró a Lesmes, al igual que lo había hecho Antonio dos días antes, que, en su opinión, Benitín era el general Vargas Silva.De acuerdo con la fuente, a partir de entonces los grabadores siguieron adelante con su tarea, pero en medio de un inmenso secreto, pues el general Gómez Padilla, el primero que había sugerido seguir a Giraldo, ya no estaba al mando, y su reemplazo, el general Vargas Silva, aparecía mencionado en una de las grabaciones. Fue así como las labores de inteligencia continuaron sin que los mandos de las fuerzas fueran enterados.

Entre mediados de diciembre y principios de febrero no hubo mayores novedades. Pero a medida que avanzaba la campaña electoral, las menciones en las conversaciones de Giraldo a aparentes contribuciones del cartel a dirigentes políticos _casi todos liberales y unos pocos conservadores e independientes_ se multiplicaron. Para fines de mayo y principios de junio, cuando Samper y Pastrana recorrían la recta final de la segunda vuelta, apareció lo más delicado mientras un grupo de cuatro hombres de la Dijin trabajaba en la sala de grabaciones del viejo edificio que ocupa ese organismo en el centro de Bogotá: las referencias a la financiación de la campaña del candidato liberal por parte del cartel, con el aparente conocimiento de la cúpula de dicha campaña.
Según el capitán, los hombres de la Dijin compartieron la información con sus colegas del Ejército y el DAS. Celebraron una reunión en la casa de uno de ellos para determinar qué hacer. Convinieron en que si se conocían las últimas grabaciones, habría un escándalo descomunal que podría dar al traste con las elecciones presidenciales. Uno de ellos les recordó que todas esas interceptaciones habían sido hechas sin orden judicial y no sólo carecían de valor probatorio, sino que ellos mismos se podían meter en un lío penal. Según el capitán, todos acordaron un pacto de caballeros que implicaba no revelar jamás las grabaciones. Las más importantes estaban contenidas en 17 casetes que fueron debidamente escondidos por los hombres de inteligencia, en lugares distintos a la sede de su trabajo.
Pero el compromiso fue incumplido. El capitán estaba convencido de que dos oficiales del grupo de inteligencia de la Dijin cercanos al subdirector de la Policía, general Fabio Campos, habían violado el pacto creyendo que con ello ayudaban a Campos, quien se había mostrado preocupado por un triunfo de Samper ya que suponía que éste no removería al general Vargas Silva de la dirección de la Policía. Esto último, pensaban los dos oficiales, significaría la salida de Campos, quien protagonizaba ya por aquel entonces una cruda disputa personal con el director de la institución._Con estas reflexiones en la cabeza, uno de los oficiales le pidió cita a Andrés Pastrana, y le entregó los casetes pocos días antes de las elecciones_ concluyó el capitán.Lesmes le hizo toda clase de preguntas a la fuente, entre ellas si los agentes de los Estados Unidos que colaboraban con los servicios de inteligencia de las distintas fuerzas estaban al tanto. El capitán aseguró que no sólo estaban al tanto, sino que habían brindado apoyo técnico a la operación.Cuando concluyó la entrevista con el oficial, Lesmes llamó a Vargas a su apartamento. Después de transmitirle sus dudas ante la imposibilidad de verificar ese mismo día la totalidad de la historia con otras fuentes, Vargas le aconsejó que incluyera en el artículo cualquier dato que pudiera consolidar por otra vía. Lesmes lo consiguió con algunos pocos elementos sobre el papel de la Dijin y de los norteamericanos, que fueron publicados en el siguiente número. El resto, el grueso de la historia del capitán, debió quedarse entre el tintero*.(...). n* En ediciones siguientes, la revista volvió sobre el tema y pudo divulgar _después de mayores confirmaciones_ algunos apartes generales de esta crónica. Pero sólo en este libro se cuenta la historia completa consolidada con diferentes fuentes de la Policía, el DAS y el Ejército a lo largo de muchos meses de averiguación. Dos años después, parece claro que la narración que el capitán _quien sigue hoy una promisoria carrera en la Policía y se ha consolidado como una fuente veraz_ le hizo ese día a Jorge Lesmes, es realmente un muy acertado resumen de lo sucedido. El oficial que le entregó los casetes a Pastrana, también continúa en servicio.

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