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| 6/6/2009 12:00:00 AM

"Quien manosea a un niño lo está violando"

El Congreso está 'ad portas' de aprobar el referendo que les daría cadena perpetua a los violadores de niños. Gilma Jiménez, su promotora, explica por qué es tan importante.

Gilma Jiménez ha prometido no descansar hasta cuando saque adelante en el Congreso la iniciativa que animará a un referendo donde los colombianos le darán, confía ella, el sí a la prisión perpetua para abusadores de niños. La concejal tiene claro cuáles serán los tres días más felices de su vida: cuando termine la discusión en el Congreso, cuando la gente vaya a las urnas a apoyar este sueño y cuando se dé la primera condena a cadena perpetua para un violador. Quiere ser la pesadilla máxima de los abusadores. Lo está logrando.

GUSTAVO GÓMEZ: ¿Cuántos niños son víctimas de abuso?

GILMA JIMÉNEZ: Anualmente, 200.000.

G.G.: ¿Tocar inadecuadamente a un niño es violarlo?

G.J.: Sí. El Código Penal tiene un menú de 11 maneras de violar un niño, pero lo que hay que entender es que quien manosea a un niño lo está violando.

G.G.: ¿En qué porcentaje los abusadores son hombres?

G.J.: En el 97 por ciento de los casos el hombre es un agresor sexual. Pero las mujeres son las que más maltratan físicamente a los niños, proporcionalmente hablando.

G.G.: ¿Qué tanta firmeza habrá para la mujer que sabe del abuso y no denuncia?

G.J.: Con la reglamentación de prisión perpetua esas mujeres van a ser judicializadas por cómplices. Responderá ante la ley esa mamá que no denuncia por miedo a quedarse sola o a perder la seguridad económica. Eso de callar a cambio de un plato de comida es repugnante.

G.G.:¿Los agresores están enfermos?

G.J.: No tengo idea, ni me interesa. El argumento de la enfermedad es una forma de exculparlos de entrada.

G.G.: Hay que proteger a los niños de los adultos, pero también a los niños de los niños. ¿Qué tan frecuente es el abuso entre niños?

G.J.: Mucho. Se matan y se violan. El escenario clave es el colegio, donde suceden cosas aterradoras. En Bogotá se hizo hace un par de años el estudio más completo de Latinoamérica sobre episodios de violencia en aulas, y la administración de Lucho Garzón, por la irresponsabilidad de Abel Rodríguez, decidió guardarlo.

G.G.: ¿Cómo así?

G.J.: Lo ocultaron para que el escándalo no le quitara votos al Polo, a Samuel Moreno. El estudio se hizo con entrevistas a 90.000 muchachos de 800 colegios, públicos y privados, de todos los estratos. Le doy sólo un dato: el baño es el gran escenario de la violencia y la explotación sexual entre ellos. Y se hace a cambio de un pago que no supera 5.000 pesos, a la hora del recreo. Niños pagan por tener sexo con otros niños.

G.G.: ¿Dónde se ocultan más los abusos, en el sistema educativo o en las organizaciones religiosas?

G.J.: Toda institucionalidad tiende a tapar, empezando por el propio hogar: el 85 por ciento de episodios de violencia sexual son cometidos por familiares o conocidos, y el 70 por ciento de los episodios se produce en el hogar.

G.G.: ¿Usted es católica?

G.J.: Totalmente, pero con mi comandante en jefe me entiendo sin intermediarios. Creo que la Iglesia debe entregar a los sacerdotes abusadores. No más protección para estos hampones, no más mandarlos a seminarios a reflexionar cuando deberían estar en la cárcel. A veces pareciera que a la Iglesia no le resultan tan censurables estas conductas.

G.G.: ¿Por qué dice eso?

G.J.: Es lo que uno piensa cuando escucha al presidente del Tribunal Eclesiástico o al de la Conferencia Episcopal, como me tocó hace unos días, decir que en el caso de unos sacerdotes pederastas todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Violar a un niño no es un error, es un delito atroz.

G.G.: El sicariato cada vez usa muchachos más pequeños para hacerle el quite a la ley, como en el caso de la abogada embarazada asesinada por un adolescente. ¿Qué hacer?

G.J.: Con el dolor del alma, llevar ante la justicia a todos los menores. Hoy la ley permite hacerlo con los de 14 a 18, pero eso debe cambiar. Un niño menor de 14 que asesina por dinero no puede estar en las calles antes de siquiera 10 años.

G.G.: ¿Uribe cree más en la presidencia perpetua que en la prisión perpetua?

G.J.: Por principio dice que no le gusta la prisión perpetua. Hemos conversado un par de veces sobre el asunto y me dijo que temía que la prisión perpetua en el caso de los niños les abriera igual camino a otros delitos.

G.G.: ¿Y por qué no?

G.J.: La prisión perpetua sólo debe ser para abusadores de niños, o ellos dejan de ser importantes.

G.G.: El día de la reelección se votará la prisión perpetua. Muy conveniente para los intereses del gobierno, que necesita votos para su referendo…

G.J.: No tengo ni idea si ese ha sido el cálculo político del gobierno, pero no les va a funcionar porque son procesos distintos que van a ser contabilizados de manera separada, entre otras, según me dijo el Registrador, con tarjetones de diferente color.

G.G.: Otro contradictor de la prisión perpetua es Héctor Helí Rojas. ¿Hubo roce fuerte con él en el Congreso?

G.J.: Su intervención fue innecesariamente irrespetuosa. Nos llamó populistas e irresponsables y, como nos vio acompañados de la mamá de Luis Santiago, el pequeño de 11 meses asesinado en Chía, y de otros familiares de víctimas, remató diciendo algo así como "y encima se ponen a traer víctimas que ponen cara de víctimas". Eso nos ofendió mucho.

G.G.: ¿No es un riesgo llevar las víctimas a los debates políticos?

G.J.: Para nada, hay que ponerle la cara al drama. Parte del problema es que siempre hablamos de niños y niñas, pero no sabemos quiénes son. Dígame usted, que es periodista, el nombre de una de las víctimas de Luis Alfredo Garavito… ¿vio?

G.G.: ¿Conoce a Garavito?

G.J.: No, pero déjeme acabar con otro mito: el problema no es Garavito, él es apenas una excepción. A los niños no los viola Garavito en potreros; a los niños los violan los papás en la casa, y los amigos de los papás, y los padrastros, y los sacerdotes, y los profesores. Garavito sólo es un distractor de la atención sobre los verdaderos actores.

G.G.: ¿En qué momento muchas de nuestras ciudades se convirtieron en campo de acción para el turismo sexual con menores?

G.J.: Es infernal lo que está pasando. A Judith Pinedo le dije que si en mis manos estuviera, yo le quitaría el reconocimiento de patrimonio histórico de la humanidad a Cartagena. Una ciudad que permite que se cometan tantas porquerías con los niños no merece ese título.

G.G.: ¿Funciona la castración química?

G.J.: Es una solución costosa e inútil. Se abusa de los niños con tocamientos, con sexo oral, con masturbaciones. La penetración es la manera menos frecuente porque, por lo general, el abusador se cuida de no dejar huellas. ¿Qué sacamos capando a un desgraciado de estos, si lo que les hace a los niños son otras cosas?

G.G.: ¿Los abusadores deberían pagar con la vida?

G.J.: Sí, no tengo ninguna duda. Aunque me daría un temor inmenso el ir a castigar a un inocente.

G.G.: Le planteo un caso: una madre, movida por una mala relación con su marido, lo acusa de un abuso inexistente. En el escenario de su propuesta, ¿qué pasará con ella?

G.J.: Cuando reglamentemos la prisión perpetua, esa señora pagará el equivalente a la pena que habría pagado su pareja. Esa reglamentación incluirá además la reparación: iremos tras los bienes de los agresores y, si no tienen con qué responder, el Estado tendrá que reparar a las víctimas.

G.G.: ¿Muchos de los abusos cometidos en los hogares se camuflan de violencia intrafamiliar?

G.J.: Una cosa es que papito y mamita peleen y se den unos golpes, o que un hijo reciba un correazo. Pero el abuso es violación y el maltrato severo a un niño es tentativa de homicidio.

G.G.: Finalmente, ¿cuántos votos va a sacar su referendo?

G.J.: Diez millones.

G.G.: ¿Más votos que el de reelección?

G.J.: Este referendo les gana a todos.
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