Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/09/11 00:00

¿Quién los recuerda?

SEMANA revela por primera vez los rostros de cada uno de los 528 policías y soldados secuestrados por la guerrilla cuyo futuro es incierto.

¿Quién los recuerda?

Cuántos colombianos antes de leer este artículo recordaban que hay 528 soldados y policías secuestrados por la guerrilla? Muchos de estos —cerca de 100— llevan más de tres años en cautiverio “en algún lugar de las montañas de Colombia”. Fueron noticia el día en que los secuestraron. En ese momento el país se conmovió al ver las imágenes de unos adolescentes en uniforme que estaban poniendo el pecho por unos ideales que no habían alcanzado a conocer. Pero las noticias se extinguen al anochecer y al día siguiente comienzan las tragedias que perduran por años. Como la que han tenido que padecer los familiares de estos soldados y policías. Desde entonces, sus tragedias ya no son noticia. Sólo la lucha quijotesca de las madres, que recorren desesperadas el país en busca de que alguien les dé una esperanza de su liberación, hace que el pueblo colombiano no haya olvidado del todo a sus soldados privados injustamente de la libertad.

Armadas sólo con su amor, que no las hará claudicar, estas madres luchan contra el olvido y la indiferencia de una sociedad amnésica y anestesiada. Actitudes que sienten, por ejemplo, cuando marchan por las calles con la foto de sus hijos en el pecho sin que los ciudadanos se solidaricen siquiera con un pañuelo blanco; cuando les cierran las puertas en las oficinas del gobierno; o cuando la guerrilla se niega a darles pruebas de supervivencia de sus familiares. Esa es precisamente su tarea ejemplarizante: la de que en una guerra, sea cual fuere, no se puede olvidar. Como lo hicieron las Madres de la Plaza de Mayo contra la guerra sucia en Argentina, como lo hace el Museo del Holocausto contra la barbarie antijudía, como lo siguen haciendo quienes en el mundo entero luchan contra el fantasma de las conflagraciones mundiales. Porque si algo han aprendido en esos países es que el mejor aliado de la guerra no es el odio sino el olvido.

En Colombia, los soldados y policías en manos de la guerrilla han sido olvidados. Sólo se mencionan tácitamente en el frío conteo estadístico de secuestrados o cuando se habla en los medios de un eventual ‘canje’ por guerrilleros presos. Salen a flote por sus implicaciones político-jurídicas en el ajedrez de la guerra mas no por el drama humano que esconde el conflicto armado. No le faltaba razón al dictador soviético Joseph Stalin cuando dijo alguna vez que “un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística”. Los policías y soldados, como los 1.500 civiles secuestrados que hay en el país, son hoy una gélida estadística de cuatro dígitos. Sus tragedias quedan herméticamente selladas en la intimidad de unos hogares destruidos por la indefensión y la desesperanza.

Y en eso consiste precisamente la lógica de la guerra: en deshumanizarla, en construir un discurso ideológico que justifique la muerte. En esa dinámica perversa han participado, consciente o inconscientemente, varios sectores de la sociedad. Los actores armados —llámense paras, guerrilla o Ejército— se han encargado de satanizar a sus contrarios, de señalarse con un dedo acusador de todos los males del país, en un conflicto cuyas causas son cada vez más difíciles de explicar. La prensa se ha dedicado a cubrirlo desde la óptica de los victimarios y no de las víctimas, lo cual ha insensibilizado aún más a la opinión. Para la muestra, los Castaño, ‘Tirofijos’ y ‘Reyes’ tienen micrófonos abiertos en los medios para pontificar sobre lo divino y lo humano y sin ningún tipo de contexto, lo cual les da una legitimidad como redentores de causas perdidas mientras las víctimas siguen sumándose exponencialmente en las páginas judiciales.

En esa progresiva deshumanización del conflicto colombiano ha caído el recuerdo de los 528 soldados y policías secuestrados por la guerrilla hace ya más de dos años. Y su desenlace es hoy bastante incierto: un eventual canje por guerrilleros presos —como lo piden con vehemencia las Farc— podría darle al movimiento insurgente un estatus de beligerancia que tiene una serie de implicaciones jurídicas y políticas a nivel internacional (créditos, relaciones diplomáticas…) que el gobierno no está dispuesto a aceptar. Por otro lado, un proyecto de ley que intentó elaborar una audaz figura de ‘intercambio’ que incluía a los civiles secuestrados —pero no le confería la beligerancia a las Farc—naufragó en el camino debido a que no encontró eco por sus diversas interpretaciones jurídicas. Y el tema del secuestro, como el resto de las violaciones al Derecho Internacional Humanitario, parece estar todavía lejos de ser discutido en la mesa de negociación.

Mientras tanto, la agonía sigue para estos jóvenes combatientes y sus familias. Cuando recobren su libertad habrán quedado marcados para siempre con la huella indeleble de una guerra fratricida. Como también quedarán sus propios plagiarios. Unos jóvenes imberbes —guerrilleros, en este caso— de su misma edad, condición social y espíritu vital.

Por eso SEMANA presenta las fotos de todos los policías y soldados secuestrados, y algunas de las conmovedoras cartas que les han enviado a sus familias, para rendirles un homenaje y recordar a los colombianos que detrás de cada guerra hay un drama humano, y detrás de cada cifra hay una historia de carne y hueso.

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