Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/07/15 00:00

¡Quieto ‘parce’!

Las pandillas de Bucaramanga han causado más de 60 muertos en este año. La situación recuerda las épocas de violencia en las comunas de Medellín y Bogotá.

En algunos de estos barrios es frecuente encontrarse con jóvenes como este, que permanecen vigilantes de que nada raro suceda

Un ritual considerado sagrado entre los pandilleros de los sectores más deprimidos de Bucaramanga convocó hace unos días a 30 jóvenes de la comuna nororiental. Esa noche, luego de años sin hacerlo, renovaron un juramento de amistad que incluye vengar el asesinato de cualquiera de ellos. Entre los más veteranos llaman ese rito como ‘el voto del niñerín’ . Y para esa hora ya tenían la primera víctima que cobrar.

A las 2 de la tarde de ese día, un joven de unos 15 años al que se le había visto merodear por las calles del barrio Esperanza III, disparó dos veces a la cabeza de Bianor Calderón, un líder cívico que había logrado alejar del vicio y la delincuencia a medio centenar de jóvenes. Este hombre que, por su carácter frentero, era considerado por la Policía como “un tipo con muchas agallas”, les ofrecía trabajo desde hacía un par de años a quienes superaran su adicción y se separaran de la delincuencia.

De ahí el significado de su asesinato para los muchachos. Fue la muerte de la esperanza en un proceso que comenzó cuando los paramilitares les ganaron estos barrios a los milicianos de la guerrilla en una sangrienta lucha. El trabajo de Calderón era tan apreciado, que incluso fue copiado por la administración municipal.

“Nos declararon la guerra –dijo a SEMANA uno de sus pupilos mientras le salían lágrimas mezcla de dolor y rabia–, mataron al jefe, al que nos sacó de eso, al bueno. Nosotros no nos vamos a dejar matar así no más, por eso nos enfierramos otra vez”.
El crimen de Calderón es el más reciente capítulo de una violencia que tiene acorralados a 170.000 habitantes que viven en ese sector, la tercera parte de las 508.000 personas que residen en Bucaramanga, según los datos del censo 2005. Con su asesinato también se acabó la aparente calma que había logrado durante siete días un grupo elite conjunto del Ejército y la Policía. Esas tropas hacen operativos para evitar que se desmadren los choques entre pandillas que tiene en alerta a las autoridades y que, según cifras de la Defensoría del Pueblo, suman 64 muertos en lo corrido del año. Esa cifra duplica la del año anterior y para la comunidad es aun mayor. Algunos vecinos le explicaron a SEMANA que en algunos casos se llevan los muertos y nunca aparecen.

La zona de mayor violencia está formada por una veintena de barrios del nororiente, la cara desconocida de Bucaramanga. Son asentamientos que nacieron en las laderas de la montaña, al lado de la antigua carretera a la Costa. La Esperanza I, II y III, La Juventud, Transición y Sector Cinco son algunos de los que viven la situación más delicada. Allí los jóvenes difícilmente pueden estudiar y mucho menos conseguir empleo. Por ello es común que terminen reunidos en las esquinas, en ‘parches’ que son caldo de cultivo para nuevas pandillas.

Según la Policía, en este sector operan 10 pandillas y una veintena de ‘parches’. Y entre todos hay conflictos. “A algunos barrios no se puede entrar, las visitas no son bien recibidas y hasta las autoridades dudan ir allí”, dice un líder comunal. El grupo más temido es el conocido como ‘Los de la Olla’, del barrio Juventud, a quienes las autoridades les atribuyen muertes en todo el sector. Las peleas más duras se han dado cuando sus integrantes pretenden llegar al Sector Cinco y son repelidos a bala por los que se hacen llamar ‘Los del paredón’.

En otros lugares la historia se repite y sólo cambian los actores en conflicto. Están también ‘Los Ángeles’, ‘Las Torres’ y ‘Los Metelones’. Además ‘Las Merlinas’, un grupo de mujeres que por su sangre fría sorprende al grupo elite que trata de recuperar el control de la zona. Todos los grupos tienen en común que la mayoría de sus integrantes son menores. SEMANA habló con uno de ellos que tiene apenas 12 años.
Los detonantes de la nueva violencia son diferentes de los de hace una década. El principal ha sido el control de la distribución de la droga, pues este lugar es la ‘despensa’ de toda la ciudad.

“Si uno se entra al otro barrio, es para guerrear, nos damos y el que gana se lleva el pedazo”, dijo a SEMANA uno de los pandilleros. Según él, en buenas épocas el comercio de drogas puede dejar hasta tres millones de pesos en una noche.
De la mano de ese negocio han llegado más armas a las pandillas que, desde la desmovilización de las autodefensas, se consiguen más facil y a menores precios. Aseguran que en sólo dos días se consiguen por encargo changones, fusiles y granadas.

El uso de esas nuevas armas puso al descubierto que los problemas se han recrudecido. En la noche del 25 de febrero, la rutina de los disparos fue cambiada por dos explosiones de granadas. Los rumores de una pelea dura citada por ‘Las Torres’ se cumplieron y dos jóvenes murieron y otro quedó herido en uno de los muchos episodios de esta historia. No ha sido la única vez. En por lo menos tres barrios han explotado granadas, pero no existe parte oficial de esto. “Si no hay muertos, ni siquiera se registra y como la Policía nunca está aquí a esas horas, nadie se entera”, asegura Alberto Sandoval, presidente del Centro de Desarrollo de Bucaramanga, una ONG que estudia el problema de las pandillas en la ciudad.

Otra causa de las disputas son algunos desmovilizados que buscan imponer su ley a través de cooperativas de seguridad. Un líder de la zona cuenta que a cambio de 2.000 pesos semanales por familia, ofrecieron servicios de vigilancia. La comunidad se negó para volver a la época de las limpiezas. Aun así, a los pocos días, a finales de febrero, tres muchachos que fumaban marihuana en una esquina fueron baleados. Hay denuncias de que un grupo de alrededor de 30 hombres vestidos de negro, que supuestamente serían desmovilizados, suele patrullar las calles. “Llegaron a quedarse con todo, pero aquí mandamos nosotros. Ya nos hemos dado bala y no vamos a guardar los fierros”, dijo el jefe de una pandilla que ha visto caer heridos a dos de sus ‘parces’.
La Defensoría del Pueblo Regional alertó sobre lo que está pasando. Hace un par de semanas presentó un informe sobre las nuevas batallas que ha generado la llegada de los ex combatientes. “Los desmovilizados llegan a los barrios donde nacieron, encuentran que las pandillas los manejan y deciden cambiar las cosas”. Los reinsertados lo niegan. Su representante en Santander, Gonzalo Mejía, dijo a SEMANA que la delincuencia común y el narcotráfico están apoderándose de los barrios que antes ellos controlaban y que los están usando como chivos expiatorios. Hoy hay 450 desmovilizados en Bucaramanga.

Y como en una historia que vuelve a su comienzo, ya hay denuncias sobre supuestos reductos de milicianos de la guerrilla en la parte alta de los barrios, que intentan recuperar las zonas que perdieron hace años. SEMANA obtuvo testimonios que coinciden en que incitan a algunas pandillas a armarse, tal vez para lograr aliados en el futuro.
La radiografía es alarmante. “Este es un círculo de crimen”, dice el alcalde de Bucaramanga, Honorio Galvis. Sostiene que sólo hay una salida: integrar a esos muchachos a la sociedad mediante oportunidades. “Son muy buenos trabajadores y sólo hay que enseñarles un oficio”, afirma. El comandante de la Policía Santander, general Jaime Otero Jiménez, no suena muy optimista “aunque se detengan diariamente muchos delincuentes, al otro día aparecen más”.

El Alcalde asegura que su administración ya comenzó su tarea con la creación de cooperativas de trabajo, y cita como ejemplo unas de ellas donde los muchachos del sector han encontrado trabajo como operarios del sector de calzado, y otras como la que dirigía el líder asesinado Bianor Calderón.

Pero precisamente la reacción de algunos de los pupilos de este último, ante su asesinato, evidencia la fragilidad de estos procesos y la necesidad de que el Estado actúe con mayor decisión. Más si se tiene en cuenta que a los pandilleros muertos en este sector se suman los crímenes de cuatro líderes comunales y las amenazas contra 18 más,. El país ya conoce cómo terminan historias similares en las comunas de Medellín y en algunos sectores del sur de Bogotá.

Este es un problema que desborda a las pandillas y que deja en alto riesgo a los niños, que tienen más oportunidad de estar cerca de la droga y de estos ‘parches’, que de ir al colegio. Este es un círculo vicioso que debe ser roto muy pronto, porque con cada día que pase, ese objetivo será más difícil de conseguir.

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