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| 3/1/2008 12:00:00 AM

Razones para marchar

La manifestación del 6 de marzo debe servir para que las víctimas sean visibles y se vuelvan protagonistas de la pacificación del país.

A pesar de lo apoteósica que resultó la manifestación del 4 de febrero en contra de las Farc, para las víctimas resultó ser una marcha incompleta. En el país hay más de un factor de violencia, y se ha vivido una especie de asimetría moral que repudia con vigor los actos de la guerrilla, pero que justifica muchas de las atrocidades de los paramilitares, o es comprensiva con los abusos que han cometido algunos miembros del Estado.

La marcha del 6 de marzo ha suscitado un intenso debate. Muchos se oponen a ella por ser reactiva a la que se hizo hace un mes, o porque sienten que al incluir los crímenes de Estado se lesiona la legitimidad de las instituciones, e incluso porque se desconfía de quienes convocan.

En primer lugar, la protesta pacífica contra las Farc les dio a muchos ciudadanos del común un instrumento para expresar su descontento con los métodos atroces que usan los guerrilleros. Obviamente, el sentimiento colectivo de repudio e impotencia se exacerbó con las imágenes de seres humanos amarrados con cadenas, pudriéndose literalmente en la selva, y los constantes engaños de las Farc.

Los colombianos repudiaron esa tortura, pero también, al marchar, expiaron algo de su culpa por la indiferencia de casi una década en la que se hizo muy poco por ellos.

Pero así como los secuestrados por la guerrilla han estado olvidados, las víctimas de los paramilitares prácticamente han sido borrados del mapa. Los desaparecidos, por ejemplo, ni siquiera aparecen en los registros oficiales. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos son, ni quiénes. Apenas hace dos años, cuando se empezaron a excavar las fosas de los paramilitares, se ha mostrado la magnitud de la tragedia.

La propia Fiscalía calcula que son por lo menos 10.000 la personas que fueron tomadas a la fuerza, torturadas, asesinadas y su cuerpos tirados al río o enterrados decapitados en fosas comunes. No tienen rostro, ni nombre en muchos casos, pues son humildes campesinos que fueron víctimas de los grupos ilegales, en regiones donde el Estado no hacía presencia, o simplemente no fue capaz de protegerlos. Por eso en la marcha del 6 de marzo, la consigna de los organizadores es llevar una foto de una víctima, con su nombre y una pequeña biografía, como un acto de memoria y de reparación contra el olvido.

Los desplazados del país son más de dos millones. Y a pesar de que las leyes y la jurisprudencia los protegen, devolverlos a su tierra, o a otras es una tarea en la que el Estado está completamente rezagado. Apenas se han entregado 54.565 hectáreas de tierra a 4.653 familias, a pesar de que el propio gobierno tiene registradas más de medio millón de familias como desplazadas.

Las masacres y los asesinatos selectivos cometidos dejaron un número indeterminado de víctimas. Por lo menos 80.000 sobrevivientes se han presentado ante la Fiscalía buscando que los jefes paramilitares sometidos a la Ley de Justicia y Paz les entreguen la verdad y la reparación a la que tienen derecho. La inmensa mayoría ha recibido migajas de verdad y ninguna reparación. En algunas audiencias públicas, han sido marginados por manifestaciones pagadas por los paramilitares para tener a centenares de personas vitoreando a los verdugos y su sangrienta 'pacificación' frente a los dolientes.

En segundo lugar, la marcha del 6 de marzo es convocada también contra lo que sus organizadores llaman "crímenes de Estado". Este punto es muy espinoso, pues muchos lo han interpretado como una afrenta a las Fuerzas Militares. Pero también se puede interpretar como un llamado a elevar, como se ha venido haciendo, el desempeño en derechos humanos de las instituciones colombianas. Que se han cometido abusos, e incluso crímenes, por miembros del Estado, lo ha reconocido el propio gobierno en los estrados de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde ha sido condenada por millones de dólares en más de 10 ocasiones.

La tercera objeción que se le ha puesto a la marcha es que los convocantes provienen de la izquierda o militan en ella, o de ONG, y que en ese sentido la marcha tiene un contenido político. Su dirigente más visible es Iván Cepeda, un joven intelectual, hijo del asesinado dirigente comunista Manuel Cepeda. Pero ¿acaso la marcha del 4 de febrero no tenía contenido político? Sin duda también. El carácter político de las cosas no lo da sólo su origen, sino todo su contenido. A estas expresiones no se les puede pedir una asepsia que no existe en la vida real. Por el contrario, partiendo de la base de que hay diferentes conceptos políticos, se debe intentar construir los consensos necesarios para ponerle fin a la guerra, y curar las heridas de todos quienes la sufrieron. Sean víctimas inocentes o no.

Justamente por eso es que más se justifica la movilización del 6 de marzo. No es sólo por las víctimas. Es muy importante que salga bien por la salud de la democracia, y para corregir lo que el jurista Rodrigo Uprimny ha llamado una asimetría moral "éticamente inaceptable" entre una violencia y otra. Si esta asimetría se legitima, difícilmente se podrá consolidar una democracia pluralista y civilista. Es imperativo que cada colombiano se sienta víctima, cuando ocurra un acto de violencia en cualquier rincón del país, sea perpetrado por la guerrilla o por los paramilitares.

En ese sentido habrá una reflexión nacional el próximo 9 de abril, cuando se cumplen 60 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y cuando se inició un ciclo de violencia que el país no ha podido cerrar, y cuya búsqueda es abrir caminos para resolver problemas puntuales como el intercambio humanitario y la reparación a las víctimas. .

La sociedad colombiana siempre ha dejado en manos del gobierno las decisiones de la guerra y la paz. Pero quizás esta expresión de la sociedad civil, que está empezando a asumir una conciencia humanitaria, sea la primera piedra de iniciar la construcción de un gran acuerdo para ponerle punto final a tanta violencia. Quizás esta vez si son las víctimas las protagonistas, y las primeras en unirse, y no los victimarios, como ha sido siempre, las cosas salgan mejor para el país.
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