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| 8/23/1993 12:00:00 AM

Recuerdos de una cumbre

Hace 10 años Belisario Betancur se reunió en secreto, en Madrid, con los líderes del M-19. Julio Feo, entonces secretario de Felipe González y organizador del encuentro, recuerda en su libro de memorias el episodio.

OCTUBRE IBA A SER UN MES DE VISITAS Y DE viajes. (...)
El día 7 llegaba en viaje oficial el presidente de Colombia, Belisario Betancur, pero dos días antes telefoneó al presidente Felipe González y le preguntó si había inconveniente en que tuviera una entrevista secreta en Madrid con dirigentes del grupo guerrillero M-19; le indicó que el contacto lo harían a través de una embajada. En cuanto colgó, me llamó el presidente y me encargó de la coordinación de toda la operación. Belisario iba a estar poco tiempo en Madrid. Llegaba el día 7 por la mañana y se iba el 8 por la tarde. El programa era apretado; sólo se podía sacar tiempo al sueño. Las únicas horas libres que tenía eran a partir de las 12 de la noche del día 7, hora en que, presumiblemente, Belisario Betancur regresaría al Palacio del Pardo, su residencia oficial en Madrid, después de haber asistido a una cena que en su honor ofrecerían los reyes en el Palacio Real. El día 6, Oscar Garcia Fernández, embajador cubano en Madrid, me llamó por teléfono: era el contacto; hablamos lo imprescindible por teléfono y quedamos al día siguiente por la mañana en su residencia, en el parque del Conde de Orgaz. Cuando llegué, me encontré con la cúpula del M-19. Allí estaban Iván Ospina, Alvaro Fayad y un tercer miembro del movimiento, alto, fornido y con una abundante barba negra. Era el que tenía un aire más europeo; pienso si sería el encargado de las relaciones en Europa. Ospina era alto, enjuto y con una mirada inteligente; Fayad era bajo y tenía aire de intelectual. Los tres eran tipos bien simpáticos. Les expliqué el operativo que habíamos montado, indicándoles que a las 11 de la noche vendría a recogerlos un coche con escolta de policías de Moncloa; que los iban a trasladar a un domicilio particular que estaría absolutamente tomado por la Seguridad de Moncloa y en el que no habría ninguno de los inquilinos. No se lo dije, pero se trataba de mi propia casa, el chalet de la calle Antonio Cavero y que allí esperarían la llegada del presidente Betancur, quien acudiría en cuanto acabara la cena oficial en el Palacio de Oriente.
Al presidente lo acompañaría yo. Estuve un buen rato con ellos y con Oscar, el embajador cubano.
Esa noche habíamos montado una operación sin precedentes en Moncloa. Solamente tres o cuatro de los responsables de la seguridad sabían la razón para la movida de seguridad que había. Mi casa estaba tomada por todos los lados. Tuve que convencer a Angela para que se fuera a dormir a casa de unos amigos, sin decirle la verdadera razón. En la buhardilla había dos policías; los mandos de Seguridad de Moncloa estaban en la planta principal, salón y cocina. En el sótano un grupo de policías, todos de paisano y armados hasta los dientes. Los escoltas habían sido relevados por gente mas experta. En el jardín también había gente. Delante de la casa no había un sólo coche, pero en las calles de alrededor había un buen número de coches camuflados con sus correspondientes dotaciones. Realmente estaba tomado el barrio.
A las 11 llegaron a la casa Iván Ospina y Alvaro Fayad. Se instalaron en una habitación en la segunda planta, una especie de estudio, que no tenía ninguna pared colindante con la casa vecina.
Por mi parte, con uno de los Mercedes del presidente y tres coches de escolta, me fui al Palacio del Pardo donde ya se había arreglado para que entráramos sin demasiadas preguntas. Como el presidente Betancur no había llegado aún, aparcamos en el paseo central del Palacio del Pardo sin luces e intentamos ser discretos. Sobre las 12 llegó el presidente colombiano. Le di unos minutos y entré a palacio a buscarlo. Lo saludé, me pidió un momento para quitarse el frac. No se si alguien sabía a lo que íbamos dónde, sólo lo sabía yo. Todo el mundo fue muy prudente, muy discreto.
Cuando salió Belisario, vestido de paisano, me dijo: "Vamos, Julio". Yo, ante las miradas atónitas de los funcionarios españoles, le dije bajito, pero suficientemente fuerte para que lo oyeran: "Presidente, vámonos de picos pardos". Prefería que pensaran que nos ibamos de putas. De hecho, mucha de la gente del operativo que había en mi casa también pensaba que se trataba de algo así. Sabían que habíamos llevado al presidente de Colombia, y creían que también habíamos llevado mozas a la casa.
Nos metimos en el Mercedes y nos dirigimos hacia Ciudad Lineal.
Al llegar a la casa subí con el presidente Betancur hasta la habitación donde esperaban los dirigentes del M-19. Al verlo, le tendieron la mano y, con gran respeto y diría yo que con cierta emoción, se la estrecharon diciéndole: "Señor presidente". Belisario dijo algo así como "tú eres Iván y tu Alvaro". Me limite a preguntarles si querían tomar algo; pidieron whisky; les subí los vasos, agua y una botella y los dejé sólos. Debía ser la una menos cuarto. Sobre las cuatro de la mañana me llamaron: querían otra botella de whisky: desgraciadamente no había previsto Ia capacidad de tomar de los colombianos y no tenía más. Siguieron un rato y, sobre las cinco, me llamaron de nuevo para pedirme un fotógrafo o una máquina de fotos. Otro fallo, pues no había ni fotógrafo ni máquina de fotos. Lástima nos perdimos un documento gráfico histórico extraordinario.
Eran algo más de las cinco de la madrugada cuando Belisario salió de la casa. Me instalé con él en el asiento trasero del Mercedes. Iba satisfecho y emocionado. Nada más arrancar comenzó un bellísimo soliloquio del que yo era el único oyente de excepción.
Durante todo el trayccto fue hablando de lo importante que podía ser aquella noche para el proceso de paz en Colombia. Tenía tal ilusión y tal fe en la paz que yo estaba seguro de que la lograría.
En los dos años siguientes Iván Ospina volvió por Madrid en un par de ocasiones. En ambas lo recibí en mi casa junto con Juan Antonio Yáñez. Entonces ya me había trasladado a vivir a la calle de Miguel Angel. A Alvaro Fayad no lo volví a ver nunca. Algún tiempo después de la última visita de Ospina supe de su muerte en un enfrentamiento con el Ejército colombiano. Fayad también murió. Estas visitas y especialmente una carta que me escribió el presidente Betancur, y que reproduzco, fueron el mejor premio a mi pequeño esfuerzo:
Bogotá, noviembre 22 de 1983
Muy apreciado Julio:
Estaba en mora de dirigirte unas breves líneas para agradecerte en mi nombre, en el de mi familia y en el de mi país, todo cuanto hiciste al lado de ese gran hombre que es el presidente González, durante mi reciente visita a Madrid.
La causa de la paz, a la cual estoy entregado de tiempo completo, vio una nueva y fructífera luz de esperanza real, gracias a esa tarea invaluable que nos permitió un encuentro casí sin antecedentes en la historia colombiana de este siglo.
Cuando en nuestro país se hable de una paz estable con justicia social, te debe quedar la satisfacción de haberle aportado al gobernante de entonces y a Colombia, un vital ,granito de arena.
Recibe, mi apreciado Julio, los sentimientos renovados de aprecio, admiración y amistad permanentes.
Corsial saludo, con un fuerte abrazo, Belisario Betancur
Sin duda fue un magnífico y exaltante premio a mi trabajo.
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