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| 3/28/2017 9:44:00 PM

Tomar el Transmilenio: una decisión de vida o muerte

Este es el relato de Ángela Beltrán, una usuaria de Transmilenio que, a causa de un peligroso accidente en una estación, vivió uno de sus peores días por cuenta del sistema de transporte.

Sabiendo como es este país, y siendo consciente de que de eso dependerá la forma como lean las siguientes líneas, aclaro: no soy ni petrista ni peñalosista. Habiendo dicho lo anterior, ahora sí cuento mi historia, que de hecho estoy segura de que es la historia de muchos.

El viernes 24 de marzo a las 7:00 a. m. estaba con mi hermana en el Portal 80 esperando la ruta H21. Como es costumbre, había un gran tumulto de gente desesperada por subirse a un bus.

Llegó un Transmilenio, al que se subieron muchas personas; mi hermana y yo, viendo que ya no cabían más, nos quedamos en el borde de la plataforma esperando a que el bus cerrara las puertas y así poder ingresar al siguiente que llegara.

Una mujer de aproximadamente 50 años que estaba detrás de mí exclamó: ¡Ni pasan, ni dejan pasar! Su exclamación vino acompañada de un empujón que me mandó directo al hueco que se forma entre el bus y la plataforma. Ella, muy tranquila, entró al articulado mientras yo trataba de salvar mi vida. ¡Sí, salvar mi vida! En cualquier momento el bus podía arrancar, cerrar la puerta o la multitud podía caer sobre mí.

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Mi hermana y otras mujeres jóvenes me ayudaron a salir del hueco, el bus cerró sus puertas y yo quedé adentro sin poder moverme. Llegué a mi destino, me despedí de mi hermana y sólo deseé que llegara a salvo a su oficina.

Lo que me pasó es una pequeña muestra de las múltiples agresiones que vivimos diariamente los usuarios del sistema de transporte en Bogotá. Todos los días veo mujeres salir de los tumultos llorando de pánico, niños con llantos histéricos al ver la angustia de sus padres por protegerlos, personas de la tercera edad (la real, no aquellos que por una silla azul se hacen pasar por adultos mayores) tratando de sostenerse entre la multitud.

Después de ver los morados en mis piernas, lo siguiente era preguntarse: ¿Y ahora? La respuesta es fácil: ¡Nada! El lunes siguiente debía volver al Portal de la 80 a tomar la ruta H21.

Muchos al leer esto dirán: ¡Claro, es culpa de Petro y sus antecesores de izquierda, que no hicieron nada!, Sí, tienen razón, fueron 12 años de descuido al sistema, 12 años en que no hubo grandes avances en infraestructura ni tampoco en cultura ciudadana. Otros dirán: ¡Es culpa de Peñalosa, no ha hecho nada! Sí, a pesar de ser Transmilenio su gran orgullo, en el año y unos meses que va de administración no se han visto cambios, acciones, campañas. Yo agregaría una “culpa” más, la de los ciudadanos.

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Si bien es cierto que la infraestructura no es suficiente, los usuarios no estamos ayudando mucho. Una ciudad progresa cuando hay corresponsabilidad, es decir, responsabilidad compartida entre la ciudadanía y la administración pública. Por más imperfecto que sea un sistema de transporte, si los usuarios entendiéramos nuestra responsabilidad dentro de este, no permitiríamos que ocurrieran acciones “inhumanas” como la que me ocurrió a mí. Inhumana porque aún no entiendo cómo una persona puede empujar a otra y seguir su vida como si todo estuviera bien, como si la vida de los otros no valiera nada.

Transmilenio es una bomba de tiempo, cada día que pasa y que no se toman medidas para mejorar el sistema es un día mas de sufrimiento para los bogotanos. Transmilenio se desbordó, no aguanta la demanda de la ciudad, no aguanta los colados y no aguanta más violencia. Lo más preocupante es que mis morados en las piernas no son nada al lado de la catástrofe que se avecina.

Sí, tal vez suene pesimista, pero para mí es ser realista. Transmilenio es una bomba de tiempo. Cuando los usuarios tomamos la decisión de subirnos a un bus, es una decisión que va mas allá de si esta ruta es mejor que la otra, es una decisión que contempla la vida o la muerte. A eso nos enfrentamos a diario los usuarios no sólo de Transmilenio, también de SITP y de taxi.

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Obviamente no pretendo un mundo ideal, sé de los peligros que sufren las grandes ciudades; sé que la inseguridad no es algo sólo de Bogotá, es de todas las ciudades del mundo. Entiendo la idea de “transporte masivo” y claro que Transmilenio responde a ese significado, pero hay que guardar las proporciones, cuando un sistema de transporte no vela por los mínimos de seguridad, es hora de replantear.

Señor alcalde, secretario de Movilidad, en sus manos están las miles de vidas de los bogotanos que diariamente usamos el sistema de transporte. En sus manos está que nosotros, los que amamos Transmilenio cuando inició, volvamos a creer en el sistema. En sus manos está que yo, una mujer de 28 años que mide 1,55 metros no se sienta violentada, agredida y vulnerada todos los días. Los bogotanos merecemos un transporte de calidad, pero sobre todo, un transporte digno. Merecemos un sistema de transporte que no produzca miedo, que no produzca traumas.

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