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| 4/28/2003 12:00:00 AM

Reportaje al realismo mágico

Un periodista va a Aracataca luego de la publicación de la autobiogafía de Gabo y la realidad toma forma de ficción. Fragmentos de un nuevo libro de crónicas que muestra otra visión del país.

El contraste es brutal. Mientras la realidad adopta la forma de una casa modesta y pequeña de tablas y techo de zinc, con un patio infértil, dos alcobas, un tinajero y el famoso telégrafo del padre en el suelo, la ficción tan descomunal como el trópico vio alfombras voladoras a cambio de nubes cargadas de lluvia. (?) Muchos años después, Gabriel García Márquez, quien vivió en Aracataca hasta los 10 años de edad, recuperó su pasado, como él mismo lo ha consignado, no a partir de lo que vivió sino de los recuerdos recogidos en Vivir para contarla, primer tomo de las memorias del premio Nobel de Literatura y que coincide con el vigésimo aniversario de la entrega del galardón.

Todo empezó en Aracataca, donde el calor diluye todo. Visto de cerca, pocos creerían que hace medio siglo este villorrio fue un prometedor emporio con proyección caribeña, horno de razas y culturas. (?).

Sin embargo, el tiempo parece haberse detenido en los alrededores del centro. El mercado de pescado al que acudía la abuela Tranquilina Iguarán Cotes se mantiene idéntico, lo mismo, un par de edificios con infulas art deco, la famosa confluencia de cuatro esquinas con el billar de siempre y el recuerdo de las tiendas de ropa de la colonia palestina, no se ha modificado ni un rasguño. (?).

Los centenarios almendros de la plaza se mantienen intactos y nada impide pensar que de un momento a otro vayan a cruzar, como ráfagas de visiones surrealistas, cientos, miles, millones de mariposas amarillas. Y aunque no asoman por ninguna parte, todavía la gente tiende la ropa en los patios de las casas con el secreto deseo de ver si alguna sábana se eleva hasta el cielo como Remedios la Bella, pero tampoco. No es para estar defraudados si es que no nos han sorprendido los milagros de Gabito, interviene Edgar Pérez, coordinador de la Casa Cultural del Municipio. "Lo que pasa es que el realismo mágico es patrimonio de nuestros mayores" y como dice el Nobel: "Macondo es un estado del alma y no un lugar geográfico".

Y qué más da, aduce Nicolás Arias, primo hermano de Gabriel García Márquez, al frente del mostrador de su tienda de abarrotes, si todo lo que cuenta tuvo su semilla en Aracataca.

Y no le falta razón. Aracataca vivió el furor de las bananeras, uno de los episodios más recordados y controvertidos de Cien años de soledad. "Aquí tengo copia de la carta que el embajador de Estados Unidos en Colombia le mandó al secretario de Estado en Washington y dice que los muertos de la masacre por el levantamiento de los trabajadores con la United Fruit Company fueron mil", sostiene Ulises Pérez, antiguo líder campesino y sindical. García Márquez consignó tres mil en Cien años de soledad con el objeto de producir dramatismo literario. En medio de sus lagunas, el labriego hace memoria y señala, como si las viera, las baterías y metralletas del Ejército apostadas sobre las entradas del pueblo. "No niego que la United hubiera dado beneficios y traído riqueza, pero los trabajadores tenían derecho a prestaciones, salud y seguridad social".

Al crecer Aracataca, la carrilera del tren divorció a dos mundos perfectamente antagónicos. Por un lado, el barrio El Prado -hoy medio abandonado y ocupado por familias sin recursos- con casas de madera, piscinas y canchas de tenis para el personal norteamericano. Del otro, el pueblo en el cual Gabriel leyó La Biblia, Las mil y una noches y oyó las interminables y fantásticas historias de su abuela, como aquella que empieza por "no te muevas de aquí porque si te mueves va a venir la tía Petra o el muerto de la casa de al lado". (?)

Cae la tarde sobre Aracataca y al fondo, el tren saluda cargado del carbón guajiro y evoca la época de la fiebre bananera, cuando por los años 40, el municipio era una especie de Nueva Orleans, con carnavales, burdeles a la turca, a la griega o a la francesa y quema de billetes de uno y dos pesos. El primo enseña la dedicatoria del autor de El general en su laberinto y alega que prefiere callar su parentesco con 'el Gabo' para evitar conflictos. "No falta quien maltrate a García Márquez. Entonces al insolente le digo, y a usted, profesor o fulanito, ¿quién lo conoce?". (?).

Para no matar el encanto, García Márquez alegó que cuando el 20 de febrero de 1950, a los 23 años, acompañó a su madre a Aracataca para vender la casa de los abuelos, comprendió que iba a ser escritor y que nada podría impedirlo. "Ese día comprobé que mis primeros cuentos nada tenían que ver con mi realidad y mi vida cambió por completo". n

* Corresponsal en Bogotá del diario El País de Cali

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