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| 6/6/2002 12:00:00 AM

Réquiem por los niños muertos

Cecilia Muñoz y Ximena Pachón recuperaron información sobre las condiciones de vida y muerte de los niños en Bogotá. Réquiem por los niños muertos pretende dejar constancia del descuido con que la sociedad, en general, ha tratado a la niñez.

Recibí con especial afecto el encargo de comentar ante los invitados en el día de hoy "Réquiem por los niños muertos. Bogotá, siglo XX", en donde ustedes exponen un nuevo avance del trabajo que en la teoría y en la práctica vienen asumiendo desde hace tres décadas.



Cuando Ximena me habló por primera vez de los preparativos para publicar esta antología, vinieron a mi memoria muchos recuerdos de infancia. Luego, al leer sus dolorosas páginas, se han entretejido con una visión más compleja de la niñez como parte de una sociedad especialmente capaz de generar formas extendidas de maltrato.



Encuentro en la compilación retozos de la vida de niños que representan miles de tragedias, ocurridos a lo largo de más de 90 años, en donde una sencilla tipología de las situaciones (enfermedades, accidentes, infanticidios y suicidios) ilustra no solamente las condiciones en las que se ha configurado la constante del maltrato infantil, sino la forma como la sociedad, a través de los comunicadores, lo ha percibido y propone tratamientos y sanciones para evitarlo y corregirlo.



Como neófito, encontré muy útiles las páginas introductorias: reiteran recuerdos de lecturas lejanas, de los textos de Julio Verne, Aventuras de un niño irlandés, de Charles Dickens sobre la Inglaterra de la revolución industrial y memorias más cercanas de la lectura de Federico Engels sobre las condiciones de la clase obrera en Inglaterra para esas mismas épocas.



Este recorrido histórico en busca de la pista de los estudios sobre la infancia, que abarca el Brasil colonial, Rusia y los Estados Unidos, además de ilustrar sobre la preocupación académica creciente en torno a la infancia, da algunas luces de esperanza sobre una perspectiva menos aterradora para la frágil simiente de la humanidad.



Claro que no podemos hacernos ilusiones con las imágenes de los niños desplazados por la guerra en nuestra patria, las víctimas de las atrocidades cometidas contra las comunidades palestinas, en donde se repiten, como nos lo dijo José Saramago en un reciente artículo, se repiten las escenas de los campos de concentración que victimizaron entre otros al propio pueblo de Israel.



Los primeros testimonios, referidos a la mortalidad infantil nos pintan, a comienzos del siglo XX, una ciudad mediana y pobre, tal vez no muy distinta de otros conglomerados de nuestra América. Las páginas del doctor Enrique Enciso, escritas a principios de los años 20, dejan ver una sociedad carente de condiciones para atender ese grito de los niños como él califica los registros sobre el estado calamitoso de la población infantil.



Los recuentos de estas primeras décadas de ese siglo nos ilustran: la epidemia de gripa de 1918 y otras menos memorables, pero no menos trágicas: tifo, en 1920, sarampión, en 1922 y 1933, paperas y tosferina, repetidas en los años 20, escarlatina, en 1926, poliomielitis, en 1930. Y de la mano con esos registros, otros de mi memoria familiar: una lejana visita al cementerio central, al mausoleo familiar, en donde una pequeña lápida conservaba los nombres de tres tíos muertos niños, entre 1918 y 1923.



Pero estas epidemias eran solo una parte de las condiciones de salud imperantes en Bogotá, vistas con resignación por la población pero con evidente preocupación entre los salubristas.



Las condiciones de salud, como se desprende de cifras y testimonios, estaban asociadas con la pobreza y sus secuelas: tugurios, carencia de acueductos y alcantarillados, acumulación de basuras que hacían frecuente la imagen de los "muladares", término hoy olvidado y que muchas veces se puso ante nosotros al paso por malolientes y numerosos lugares desperdigados por distintos sitios lugares que encontrábamos en las caminatas por el propio centro de Bogotá.



Así también vienen a la memoria otros sitios en donde el deterioro ambiental era, pero más grave aún, continúa marcando la vida de la población y empeorando las condiciones de los niños: la "calle de los cochos", que bordeaba una de las quebradas que descendían de los cerros por las cercanías del Hospital de San José, llamada así porque las paredes de las casas construidas en las riberas dejaban ver los cuernos de ganado utilizados para reforzar el bahareque de las edificaciones, pero especialmente recordada por los desechos que se acumulaban en el riachuelo.



La mención del Hospital de San José merece otros comentarios: esta construcción formaba parte de un "polígono sanitario" que se dispuso en Bogotá a comienzos del siglo pasado, desplegado al sur de la ciudad y con nombres que recordaban el papel que se asignó a la Iglesia y al "buen corazón" en la salud pública: La Samaritana, San Juan de Dios, La Misericordia, San Carlos y Santa Clara.



Pero estas dotaciones siempre fueron insuficientes y nunca se ha llegado al "exceso" de camas con el que supuestamente contaba el país, según alegaba un alto funcionario durante las conversaciones de paz en Tlaxcala, a comienzos de los 90.



En 1920, el manejo de las epidemias, según los informes recogidos en la antología, se salían de las manos de las autoridades y uno de estos informes señalaba cómo, en pleno desarrollo de la epidemia, el Ministro del Tesoro explicó en el Senado que los recursos destinados a la salubridad de Bogotá se habían destinado a otros gastos más urgentes.



Estas situaciones, como lo ilustran otras crónicas recogidas en el libro, simplemente continúan ocurriendo. Páginas mas adelante, los recuentos sobre los accidentes sufridos por los niños, en particular las quemaduras, ponen sobre la mesa las decisiones recientes de un Estado que se niega a legitimarse cuando insiste en el cierre sistemático de los hospitales y otras dotaciones para la salud pública: resuenan todavía las protestas en torno a las decisiones de los últimos gobiernos: el cierre del Pabellón para niños quemados del Hospital Simón Bolívar, del Hospital Infantil, de San Juan de Dios, etc.



Una de las situaciones del riesgo infantil, las intoxicaciones producidas por las adulteraciones de la leche, reflejan no solamente las deficiencias del control sanitario sino el peso político mismo del gremio productor: los "añadidos" de formol o las escaseces artificiales producidas por derrames ordenados por los productores para mantener los precios, han tratado de ser sancionados sin ningún resultado y las importaciones de leche en polvo solamente han servido para construir nuevos escenarios de corrupción, sin eliminar los episodios de intoxicaciones masivas en colegios para niños de familias de bajos recursos.



El tránsito de la suerte de los niños a lo largo del siglo provoca una grave inquietud: la continua incapacidad de la sociedad y de sus instituciones para prevenir o atender las enfermedades, los accidentes y el maltrato no solamente se mantiene sino que se hace aún más aguda en la medida en que se agravan los conflictos sociales que han generado estas situaciones.



En verdad no somos una excepción en el maltrato a los niños y en particular a los niños pobres; pero en nuestro caso se trata de una sociedad que muy poco valora su principal riqueza: su población.



Se trata de una sociedad que se ha esforzado por construir una inmensa "reserva" de población desarraigada y desposeída, dispuesta a convertirse en lo que necesite el capital "limpio" o "menos limpio", a ingresar a las ventas ambulantes, a las variadas formas de prostitución, a servir de vehículo del narcotráfico, o en "obrerito" como dice alguno de los sueltos de prensa.



Las condiciones de vida de esta población no importan, no han importado: pueden motivar campañas caritativas pero no trascienden y la guerra que nos devora y que ya avanza sobre la ciudad, como lo alcanzamos a percibir en estos días simplemente parece entrar a tomarnos cuenta de unas reglas del juego que dejamos establecer y cuya primera víctima es esa infancia que dolorosamente dibuja esta antología, que será, como lo fue el estudio de Miguel Samper sobre La Miseria en Bogotá, obra de consulta obligada para quienes pretendan entender la génesis de las profundas transformaciones que hoy nos exige la justicia con nuestra infancia.



Presentación del libro de Darío Fajardo Montaña

Antropólogo



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