Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2015/10/31 22:00

¿Qué pasó camaradas?: la derrota de la izquierda

Si esta colectividad quiere mantener una vocación de poder tendrá que renovar sus ideas y sus liderazgos.

Angelino Garzón, Gustavo Petro, Aída Avella, Clara López, Antonio Navarro y Jorge Enrique Robledo. Foto: Daniel Reina Romero / León Darío Peláez / Guillermo Torres

El domingo pasado se cerró un ciclo para la izquierda colombiana. Hace 12 años, cuando Lucho Garzón ganó la Alcaldía de Bogotá, el Polo Democrático emergía como una alternativa real de poder en el país. Hoy, sin embargo, ese capital político se ha ido diluyendo entre las malas gestiones, el estilo arrogante de algunos de sus dirigentes, y las divisiones internas. A pesar de que Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro hicieron una apuesta fuerte en lo social, Clara López -que aspiraba a ser continuadora de esa corriente política- quedó de tercera en las elecciones. Apenas obtuvo 498.000 votos, el 18 por ciento del total. En el Concejo la izquierda en su conjunto sacó 13 escaños, si se suman los cinco del Polo, seis de la Alianza Verde, uno del movimiento Progresistas de Petro, y uno de la Alianza Social Indígena. La UP, que apoyaba a López y sacó 35.000 votos, no alcanzó a clasificar al cabildo de la capital pero está en la pelea por un reconteo de votos.

La primera reacción de los dirigentes más destacados de la izquierda fue buscar la fiebre en las sábanas. “Fue una campaña cochina de los medios y las encuestas”, dijo López la misma noche de su derrota. Otras voces dentro de su partido consideran que el apoyo del alcalde Gustavo Petro fue un “abrazo del oso” pues con un escaso 25 por ciento de aprobación, más que sumarle votos, lo que hizo fue transferirle el desgaste de su imagen. Pero el golpe a la mandíbula de Petro provino de su hijo, Nicolás, quien escribió en Twitter “Porque perdimos? Sencillo, la Bogotá Humana gobernó de espaldas a sus bases y encerrados del pueblo que los eligió” (sic).

Sin embargo, la derrota de la izquierda no tiene una sola explicación y tampoco es un hecho sorpresivo. Hace cuatro años Petro había ganado con apenas un tercio de los votos y eso porque se desmarcó del Polo Democrático de Samuel Moreno, que había cometido el mayor desfalco del que tenga memoria en la ciudad: el llamado carrusel de la contratación. Un hecho sobre el que el Polo y la propia Clara no han hecho nunca un acto de contrición. De hecho, durante su campaña, López dijo que no se enteró de lo que estaba ocurriendo, a pesar de que fue ella quien tuvo que recibir el barco de la Alcaldía cuando se estaba hundiendo. Clara hizo una campaña seria y creíble, pero no tomó distancia de este oscuro pasado.

A eso se sumó el desgaste de Petro. Si el arte de la política consiste en sumar fuerzas y ganar amigos, el alcalde de Bogotá logró exactamente lo contrario en estos cuatro años. Casó todas las peleas que pudo y no todas por buenas razones. Su relación con el Concejo fue difícil, con el gobierno nacional, distante, con la Policía, agria, con los privados de confrontación, y lo peor, perdió a muchos de sus propios funcionarios y aliados, que se fueron dando un portazo.

Petro resultó ser un líder de poco carisma, que alentó la polarización ideológica a tal punto que ni el buen desempeño de su gobierno en muchas áreas -educación, medioambiente, cultura y salud- ha podido ser valorado. Se impuso la idea de que el suyo era un gobierno ineficaz y caótico por la manera como manejó la crisis de las basuras y por la movilidad, que se ha convertido en una pesadilla para los ciudadanos. La falta de liderazgo del alcalde afectó su gestión y comprometió el futuro mismo de una izquierda que el domingo pasado quedó tendida en la lona.

Ahora, si la derrota en la Alcaldía fue contundente, como partido político al Polo Democrático no le fue mal. En Bogotá sacó una votación a Concejo similar a la de hace cuatro años. Y en el panorama nacional aunque no obtuvo ni alcaldías ni gobernaciones significativas mantuvo su votación. A los Progresistas de Petro y a la Unión Patriótica sí les fue mal.

Los verdes se consolidan

En contravía con los malos resultados que obtuvo la izquierda más ideológica, el Partido Alianza Verde, que es de centro-izquierda y cuyo origen fue una división del Polo, se consolidó como una fuerza política importante. Los verdes ganaron tres gobernaciones –Nariño, Putumayo y Boyacá- y en votos locales a Concejo, que son más significativos, obtuvieron 1.300.000. Más incluso que el Centro Democrático de Álvaro Uribe. Ahora este es un movimiento donde hay demasiados matices y no se puede sumar a rajatabla a la izquierda pues su espectro es mucho más amplio. En otras ciudades ganaron candidatos independientes que sin embargo pueden considerarse de izquierda, como Guillermo Alfonso Jaramillo en Ibagué y Rafael Alejandro Martínez en Santa Marta.

De estos resultados se puede inferir que a la izquierda le va mejor en Colombia cuando gobierna desde posiciones más socialdemócratas que marxistas y más pragmáticas que doctrinarias. Eso quedó claro en Nariño donde el triunfo de Camilo Romero para la Gobernación le da solidez al proyecto político regional que emprendió hace más de una década Antonio Navarro.

También, que es hora de un recambio de liderazgos. Romero es un rostro nuevo en los verdes así como los nuevos gobernadores de Boyacá, Carlos Amaya, fuertemente ligado al movimiento agrario del país, y de Putumayo, Sorrel Aroca. Sus excelentes votaciones contrastan con la paliza que recibió en Cali Angelino Garzón, quien fue uno de los líderes más importantes de la izquierda hace algunos años.

Lo más paradójico es que esta crisis de identidad le llega en el momento que se suponía su cuarto de hora: el proceso de paz. Siempre se ha dicho que uno de los obstáculos para que se consolide la izquierda legal y democrática en Colombia es la guerra. Que la violencia y el exterminio contra sus militantes y dirigentes, y la mezcla de urnas y votos, han sido una talanquera para que crezca.

Hoy esa talanquera está a punto de desaparecer y la izquierda no está preparada para el momento. De hecho, hay quienes dicen que se ha dedicado a cuidar curules y no a jugar un papel activo en el proceso de paz, cuyo liderazgo ha sido asumido por los partidos de la Unidad Nacional. Desde la izquierda, el compromiso con la paz ha sobresalido, solamente, en liderazgos individuales y no colectivos.

¿Qué sigue?

El futuro no es claro. Luciano Sanín, analista de la Escuela Nacional Sindical, cree que el principal problema es que “la izquierda está atrapada en sus estructuras políticas, cuidando sus curules y se le olvidó que lo suyo era un proyecto de transformación”. En otras palabras, que no está sintonizada con la premisa de que “un mundo mejor es posible”.

Los Progresistas quedan reducidos a una lánguida representación en Bogotá y que resurjan de las cenizas depende del balance final que en el mediano plazo quede de la Alcaldía de Petro. El Polo tiene la ventaja de ser un partido serio y orgánico y la desventaja de tener pugnas internas muy fuertes. Es un partido con liderazgos desgastados, que apuesta muy poco por la renovación. Para 2018 quedan en el partido Clara López y Jorge Enrique Robledo. Pero también la figura de Iván Cepeda que ha tenido un papel más protagónico en el proceso de paz. Y este no es un dato menor.

Tal como van las cosas en La Habana, las Farc se podrían convertir en partido político en 2016. La implementación de los acuerdos de paz puede generar un clima político completamente diferente al actual. Seguramente se tendrán que abrir paso coaliciones para la defensa de los acuerdos, de cara a 2018.

Pero más allá de eso, el sentido profundo de la negociación política es abrir la democracia para que quienes hoy están en armas luchen por el cambio social desde las urnas. Y a eso llegan las Farc al escenario político. La izquierda por tanto tendrá que prepararse para ese tsunami.

Si los tiempos de guerra son, por naturaleza, los de las derechas, los tiempos de paz son, por antonomasia, favorables a la izquierda. Pero que esta pueda aprovecharlos depende mucho de su capacidad de autocrítica. Algo que hasta ahora no ha sido su fuerte.

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