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| 3/18/2002 12:00:00 AM

Retratos del poder

En el prólogo al libro de la periodista María Teresa Ronderos, editora de SEMANA, Miguel Angel Bastenier deja sus impresiones sobre siete controvertidos personajes que han marcado la historia de Colombia.

Raul Reyes de las Farc, ‘Gabino’ del ELN y Carlos Castaño de las AUC, Fernando Botero Zea, el ex ministro del escándalo del proceso 8.000, el polémico político conservador Alvaro Leyva, el alcalde independiente de Bogotá, Antanas Mockus, y el general, hoy retirado, Harold Bedoya, han estado presentes en la vida de

los colombianos durante los últimos años. Han sido protagonistas, para bien o para mal, de acontecimientos que han ido configurando el país de hoy. Sin embargo es poco lo que se sabe realmente de sus vidas, de sus motivaciones, de cómo obtuvieron y han ejercido el poder.

La editora general de SEMANA, María Teresa Ronderos, en su libro, Retratos del poder, se adentra en cada una de estas vidas extremas de la Colombia contemporánea y desentraña verdades que son desconocidas para la opinión pública. Por ejemplo: ¿cuáles fueron los motivos que llevaron a Mockus a bajarse los pantalones? ¿Cuál es el verdadero poder de Reyes en las Farc? ¿Cuál fue exactamente el papel de Alvaro Leyva en el proceso de paz que acaba de romperse?

Como afirma la autora, la selección de los personajes de Retratos del poder no pretende equipararlos de forma alguna, ni magnificar a quien no lo merece, pero tampoco busca enjuiciarlos. Son relatos de estas vidas al límite documentados en los testimonios de los mismos personajes, entrevistas de muchas personas que los han conocido, documentos y archivos de prensa.

Después de leer este libro, producto de un trabajo periodístico de varios años, difícilmente los lectores podrán volver a ver estas figuras con los mismos ojos. Tampoco mirarán al país de igual manera, pues en estos perfiles se ven, como si fuera con una lupa, muchas de las decisiones individuales que han afectado el destino de los colombianos.

Miguel Angel Bastenier, subdirector del prestigioso diario español El País y gran conocedor de la realidad colombiana, escribió el prólogo de este libro y dio su visión de cada uno de estos retratos y del país que se asoma en ellos. El siguiente es un aparte del prólogo.

Colombia vista por si misma

“Ser periodista en Colombia, aparte de un dolor, es también un honor muy particular, porque difícilmente cabe hallar en el mundo un grupo de hombres y mujeres que estén defendiendo el derecho a la libre expresión, a la libertad de palabra, obra y pensamiento como lo están haciendo los periodistas colombianos; y, aun, si eso ocurriera al amparo de regímenes de democracia dudosa, en pugna con poderes públicos que trataran de restringir la libertad de información, la cosa sería dura, pero relativamente normal, porque democracias a medio cocer las hay por todas partes; pero lo notable del caso colombiano es que esas dificultades extremas, tanto que atañen a la vida de las personas, se dan en un medio en el que existe un Estado, todo lo imperfecto que se quiera, pero legítimo y de lineamientos tan o más democráticos como los de las naciones más avanzadas de Europa.

El problema, por tanto, no es para los periodistas de este país lo que declara que quiere ser Colombia, sino lo que es hoy Colombia, esa arena de enfrentamiento social que ni mucho menos se agota con la pelea del viejo de la montaña que es ‘Manuel Marulanda’. Colombia vive un desabrimiento consigo misma que desborda mil veces la guerra del despeje, que tiene, sin duda, que ver con la narcocontaminación de la vida del país, pero que ya goza de autonomía propia, hasta el punto de que el día en que acabe la charada de las Farc, me temo que se descubrirá que es mucho más difícil de fumigar que todos los campos de coca juntos. Y ese material es, a la vez, un tesoro de inspiración y una dolencia, que por momentos puede parecer incurable, de la que se sirven y que modela la vida de los periodistas colombianos.

Así es como se ha formado la que, probablemente, es la mejor falange periodística de América Latina; la que con mayor naturalidad sobrelleva la investigación de su país; la que vive en un difícil equilibrio con un trabajo, que va mucho más allá de lo puramente profesional. Por eso, seguramente, Colombia es además de una Nación, un laboratorio periodístico en constante y fructífera disección de sí mismo. Y a esa generación de periodistas colombianos, jóvenes y no tan jóvenes, pertenece María Teresa, y en una ideal biblioteca colombiana para la que trabajan ella, entre tantos otros, se inserta este espléndido volumen de relatos-retratos.

Y he empleado el término ‘biblioteca’ muy a sabiendas. Porque cada una de las instantáneas, algunas como hechas a la antigua con ‘pose’, junto a otras que experimentan el vértigo de una cala vertical como la cimitarra que hiende el cuerpo de arriba abajo, en color o en blanco y negro, con orla o dentro de un austero rectángulo cuasi documental, ocupa un lugar determinado en el fenomenal puzzle —rompecabezas en castellano antiguo— que va ayudando a componer un retrato-relato de cuerpo entero de Colombia, que es, visiblemente, a lo que aspira la autora.

Esta galería de personajes —sin duda, sólo una primera entrega— recorre, diría yo, la realidad colombiana con una geometría muy cartesiana. Un militar; dos guerrilleros y un contraguerrillero, formalmente, los tres de una misma especie; dos exiliados, de la política y de los negocios; y un tecnócrata del futuro. En el orden en que yo he leído los retratos, comienzo la trayectoria en el pasado.

El general Bedoya, la generación siguiente al Batallón Corea, los catecúmenos de un mundo concebido en Washington, nativo de la bipolaridad más peleada, de cuando todo era en blanco y negro, cadete de la cristiandad occidental de aquellos que una canción de la guerra civil española decía que “montan guardia bajo los luceros”. Es un retrato, color ligeramente sepia, con márgenes seguramente acanalados, una superficie anegada por la luz en la que no está permitido más que un esbozo disciplinado de sonrisa. El general de la Guerra Fría creyó cuando ya se hallaba en tiempo de descuento, que podía tener un porvenir en la política en lugar de en la mesa camilla. Leer estas páginas es como decir adiós a una Colombia que tampoco es preciso añorar.

Fernando Botero, el hombre que quiso nacer dos veces, uno de los prototipos del exiliado colombiano, en alguna medida también exiliado económico porque hay que ganarse la vida, pero lo que caracteriza al Botero Zea de María Teresa Ronderos, es que ha perdido su Colombia y que la Colombia existente, con razón o sin ella, no sustenta suficientemente la vida para los tipos como él. Es una fotografía moderna, con el mejor encuadre, papel de gran calidad, profundidad de campo, seguramente en color, pero con oscuros nubarrones decorando el horizonte. A Colombia le sobra tanto de todo que hasta puede regalar hijos a los demás. Demasiado mesocrático para ser Fernando Vallejo, ni tan bohemio como el gran Rubens de nuestro tiempo, su propio padre, el personaje ha elegido el relativo anonimato de México para ese su segundo nacimiento.

Carlos Castaño —al que yo mismo entrevisté en 1998 en rigurosa primicia para la prensa extranjera, aunque ¿acaso es España el extranjero?— que gusta de presentarse como acosado por una obsesión de sangre y de revancha; a la vez puro racial colombiano, godo, esqueje de una tradición ruralizante, y navegante moderno de la Internet así como cosmopolita lector de Joseph Conrad. Nadie sabe cuánto hay de fantasía de sí mismo en el jefe de las llamadas Autodefensas, pero María Teresa retrata en una foto conseguida con teleobjetivo, casi robada, tanto un paisaje como un personaje que busca siempre tener Colombia alrededor, un tipo fascinante que, sin embargo, se acostó una noche creyéndose el general De Gaulle y se despertará para descubrir un día que sólo es un cabo cuartelero. En cierto modo, también un exiliado interior, Carlos Castaño, forma parte, a no dudarlo, del más inquietante presente.

Gabino, Nicolás Rodríguez, fotografía tomada con una máquina barata, de las de vacaciones de mar o montaña, de la que la pericia del artista ha de saber extraer todas las bondades posibles del tema, para que allí esté el personaje, con su apacible decorado personal, tan representativo de un país en el que los temperamentos apacibles, como el de Nicolás, pueden acabar encarnados en el liderazgo de un ELN. Más que exilio, en este caso repliegue a la montaña, para rezar tanto como para luchar, y no siempre con acierto a la hora de elegir sus objetivos, para que Colombia, milagrosamente, sea un día como él la sueña.

Alvaro Leyva Durán, el exiliado estándar, clásico, necesario, expulsado por un sistema en el que no es éste el momento de determinar quién falló a quién, que, en cambio, con arreglo a la lógica más convencional debería haberle alzado hasta las cimas de representación política y social más suntuosas. La foto debería haber sido aquí familiar, de boda de postín, de comunión de clase alta, de resplandecientes bodas de plata de algo sonado, pero en la que las circunstancias han hecho que haya tenido que vaciarse todo el entorno, dejando al personaje central en una pavorosa soledad. Los agujeros negros de la historia están en el retrato tan presentes como las formas emergidas del iceberg, aquello que es lo que María Teresa puede contar.

Y si hasta ahora hemos transitado del pasado a un presente convulso que expulsa más que recoge, con Antanas Mockus llegamos a una especie distinta, que apuesta decididamente por el futuro, que disecciona Colombia como un paciente —lo que, seguramente, es— y determina que hay que encontrar la fórmula para transformar el despelote en energía positiva. Una pedagogía especial, rabiosamente patriótica, fríamente pensada, teatralmente representada, que añoraría que las bodas en la jaula de las fieras fueran más comunes que esta Colombia de fieras que el hijo de inmigrantes lituanos trata, tenazmente, de reconstruir. Foto, sin duda, tomada con rayo láser si es que eso es técnicamente posible, que trata de fotografiar lo intangible, eso que otros llamarían el futuro.

Y Raúl Reyes, el tercero de los hombres del campo, pero, seguro que deliberadamente elegido por parecer todo menos un guerrillero convencional. Habiendo desempeñado el papel de ‘ministro’ de Hacienda, ‘canciller’ y negociador de paz de las Farc, Luis Edgar Devia Silva, quiere también ser, a su manera, un hombre moderno, un hombre razonable, alguien que hace como que ni pide el cielo ni promete la tierra. Una de las caras de las Farc, que uno no sabe ya exactamente qué puede representar, después de tantos disparates que brotan de los frentes, después de tantas traiciones aparentes a la confianza depositada en ellos por el presidente Pastrana. La foto de Reyes es, por tanto, una miniatura de pasaporte, impersonal, muy de oficina, con todo el aire businesslike que quiere darle el propio retratado. Una cara más en el poliedro interminable de la realidad colombiana.

Ese es el equipo representativo que ha reunido la periodista, editora general de SEMANA, María Teresa Ronderos, para esculpirlos como en una galería votiva de colombianos posibles y hoy inevitables; los de un país fracturado que dialoga interminable y apasionadamente consigo mismo. A lo que yo sólo puedo añadir, como le dijo el pequeño Oliver Twist al encargado de la cocina del asilo: “Some more, please”.
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