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| 12/7/2013 2:00:00 PM

Santos, de Washington a La Habana

En su visita a la Casa Blanca, el presidente actuó como aliado estratégico, recibió el guiño para el proceso de paz y de paso para su reelección.

En abril pasado, cinco congresistas se reunieron con los negociadores de las Farc en La Habana y a su regreso a Bogotá uno de ellos contaba que lo que más le llamó la atención de la conversación fue el terror que tenían los guerrilleros a ser extraditados. “Si Álvaro Uribe extraditó a los paramilitares, nada nos garantiza que el día de mañana no nos pase lo mismo a nosotros”, contó en ese entonces que le dijo uno de ellos.

La anécdota viene a cuento con motivo de la visita oficial del presidente Juan Manuel Santos a Estados Unidos, que coincidió, precisamente, con el inicio del diálogo sobre el tercer punto de la agenda entre el gobierno y las Farc en La Habana. Este punto es el relativo al narcotráfico.

En Washington, el presidente logró un espaldarazo clave de la administración Obama al proceso de paz. Lo cual es una señal de tranquilidad para los negociadores en La Habana. No es propiamente una sorpresa, pues ya en otras ocasiones a través del secretario de Estado, John Kerry, y del director de la agencia para el desarrollo (Usaid), Rajiv Shah, se había manifestado ese apoyo a la negociación. Pero sin duda tiene una carga simbólica importante que lo diga el propio Barack Obama, además en los términos en que lo hizo.

“El paso hacia la paz fue el correcto”, dijo el mandatario estadounidense tras finalizar su encuentro con Santos en la Oficina Oval. Y agregó: “Felicité al presidente por sus audaces y valientes esfuerzos de llevar una paz duradera (...) Estados Unidos respalda este esfuerzo”.

El guiño de Washington, como socio estratégico en materia de seguridad, siempre ha sido clave. Pero en esta coyuntura tiene tres interpretaciones adicionales. La primera es que, contrario lo que algunos creían en Bogotá, las voces antipaz no han calado en Washington. Eso ayuda a que el proceso esté mejor blindado contra sus opositores pues la Casablanca, en el imaginario de los colombianos, es sin duda un eficaz contrapeso a la guerra del Twitter.

La segunda interpretación es que ese apoyo manifiesto de Washington al proceso implica un cambio en el tratamiento a las Farc, que después del 11S habían sido catalogadas como terroristas por Estados Unidos en su guerra global. Si bien, no les garantiza que no los pidan en extradición, mientras el proceso esté caminando y se llegue a una solución creíble en el caso del narcotráfico no tendría mucho sentido que Washington insista. El éxito de la paz para las Farc sería su mejor garantía de no extradición.

Y en tercer lugar, el apoyo al proceso de paz por parte de Obama no es un simple gesto de generosidad. Para Estados Unidos es clave la paz en Colombia porque sería cerrar con broche de oro lo que se ha convertido en el ejemplo más exitoso que tiene para mostrar en su política internacional contra la droga: primero fue el Plan Colombia, luego el Plan Patriota y ahora sería la paz y el posconflicto.

Es posible que en las cuentas iniciales, el presidente Santos habría querido hacer coincidir esta visita, que fue su primera oficial a Estados Unidos, con un acuerdo de paz firmado en su maletín. Sin embargo, no teniendo esa carta ganadora aún en la mano, el plan B de llegar cuando en Cuba se debate el punto de narcotráfico le fue útil. Y aprovechó para dejarlo claro en un acto académico durante su visita a la Universidad de Miami. “De lograrse un acuerdo en este aspecto, Colombia sería un país libre de cocaína, lo que tendría un efecto profundo no solo en Colombia, sino en la región, en Miami y en Estados Unidos”, dijo Santos.

En conclusión, en términos del proceso de paz fue una visita gana-gana.

Santos no llevó sombrero

Sin embargo, si bien las noticias de la visita destacaron lo relativo a la paz, en realidad tuvo un significado geopolítico más trascendental. El propio presidente Santos la definió como una visita sui generis porque por primera vez Colombia llegaba a conversar de ‘tú a tú’ y no a ‘sacar el sombrero’ para pedir ayuda.

Y eso en gran parte es cierto. Durante muchos años la agenda de las visitas de los gobernantes colombianos a Washington se circunscribía a pedir ayuda: primero para el Plan Colombia, después para el Plan Patriota, y luego para que por favor se firme el TLC. Ahora, si bien la ayuda de Estados Unidos sigue siendo importante –poco más de 300 millones de dólares–, Colombia se sentó en calidad de aliado estratégico. “La conversación ya no fue tanto sobre la situación del país sino sobre lo que está ocurriendo en la región y en el mundo”.

De hecho, en su comentario final, Obama mencionó el creciente liderazgo de Colombia en el mundo y anotó: “Los progresos de Colombia en materia de derechos humanos y derechos laborales muestran un camino para otras naciones que han tenido dificultades para moverse hacia el siglo XXl”.

Y es que a diferencia de hace unos lustros, cuando Colombia era para Estados Unidos uno más de su patio trasero, hoy es un jugador útil en su política exterior. Colombia, por ejemplo, está capacitando a las fuerzas elite de los países de Centroamérica y el Caribe. Un trabajo que le alivia la carga a las fuerzas del Tío Sam que hoy están ocupadas librando guerras en otras regiones del mundo.

Colombia, según lo dijo Santos, ya ha entrenado 17.000 uniformados en Centroamérica, región que para el Departamento de Estado es motivo hoy de preocupación por su estabilidad económica y política. Y por otro lado, la buena relación de Santos con los presidentes Correa y Maduro, y en general de Colombia con Unasur, lo convierte en una especie de bisagra para mantener cierta armonía en una región que consolida su discurso antiyanqui.

Esa nueva posición de Colombia se reflejó en detalles que en la diplomacia cuentan. Por ejemplo, prácticamente cada semana llega a Washington un jefe de Estado de visita, pero en los últimos meses a los únicos que Obama ha invitado a almorzar han sido el de Israel, el de la India y Colombia.

Así mismo, el equipo que estuvo en la reunión de los dos presidentes también es significativo. Estuvieron los secretarios de Defensa, Chuck Hagel; de Trabajo, Thomas Pérez; de Comercio, Penny Pritzker; la asesora de Seguridad Nacional, Susan Rice; el subsecretario de Estado, Nicholas Burns, y el asesor de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental, Ricardo Zúñiga. Es decir, el gabinete elite en términos estratégicos.

Todos ellos escucharon con atención la propuesta de prosperidad de Santos, que es una especie de Alianza para el Progreso para el posconflicto. Pero por ahora no es más que un enunciado con el que todos estuvieron de acuerdo.

En últimas, Santos trajo en su maletín más símbolos que dólares o helicópteros para su fumigación. Y eso no es para nada malo.

Sobre todo, porque casualmente la visita se dio luego de que Santos anunció su reelección. Y si bien, la Casa Blanca fue clara en decir que el encuentro se había acordado mucho antes de que se conociera dicho anuncio, es evidente que la visita también tiene una dosis de palmadita en la espalda para el presidente-candidato.

No era tan fácil

Mientras tanto en La Habana, la semana pasada quedó claro que el tercer punto de los seis de la agenda, el del narcotráfico, va a tomar más tiempo del esperado. Como en una partida de naipe cada jugador puso sus primeras cartas sobre la mesa.

La guerrilla presentó sus diez puntos. Entre ellos se destacan algunos que pueden no tener mayor discusión: sustitución de cultivos, no criminalización de los consumidores y suspensión de la fumigación. Pero también apareció otro mucho más complejo: la propuesta de las Farc de legalizar la hoja de coca, es decir, al estilo de Bolivia. Y el otro punto que generará gran controversia es que el país espera que reconozcan que participan del negocio del narcotráfico. Es muy difícil que lo digan. Y tal vez, lo que puede pasar es que lleguen a un punto intermedio en el que digan que el narcotráfico ha sido un medio de sustento.
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