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| 1/3/2000 12:00:00 AM

Revuelta en Seattle

La apertura de la nueva ronda de negociaciones de la Organización Mundial del Comercio estuvo precedida por violentos disturbios contra la globalización.

LA LABOR DE romper barreras siempre genera controversia. La prueba fueron los miles de manifestantes que marcharon por las calles de Seattle para protestar por el inicio, en el marco de la Organización Mundial del Comercio, de una nueva ronda de negociaciones para la liberalización del comercio. Pero su verdadero blanco es la globalización. Esto ocurre en una ciudad que prospera gracias al comercio: es un puerto donde se encuentran las sedes de Microsoft y de Boeing, dos de los principales exportadores de Estados Unidos.



En todo el planeta es poco el apoyo al libre comercio y la Organización Mundial del Comercio (OMC) está cargando con las culpas de la globalización. Se encuentra bajo el fuego de los sindicatos, de los verdes y de los consumidores, que afirman que sus reglamentos satisfacen las ambiciones de las grandes empresas a la vez que sacrifican el empleo y el medio ambiente. También atacan a la OMC por su carácter secreto y porque no responde ante los electores.



Los beneficios de la mayor apertura --crecimiento más rápido, importaciones más baratas, profusión de tecnologías--, todo aquello que el mundo ha disfrutado en años recientes, se está tomando como algo apenas natural. A pesar de todas las ganancias que brinda la globalización también trae consigo perdedores, quienes desaprueban el cambio. Sus preocupaciones no deben ser ignoradas; pero debe quedar claro que el aislamiento perjudicaría a todos.



A pesar de todas las protestas en contra de la globalización quedan aún demasiadas barreras comerciales en pie. Esa es una de las razones por las cuales se requiere otra ronda de negociaciones. No obstante los avances de los últimos 50 años hay áreas de la economía, como la agricultura, los textiles y el transporte marítimo, que aún se encuentran muy protegidas. Hay aranceles que todavía se hallan muy altos.

También siguen apareciendo nuevas barreras al comercio. Los sectores nuevos como las telecomunicaciones son vulnerables, en especial en las normas que obstaculizan el ingreso de extranjeros.



En todo el globo el proteccionismo sigue vivo. Hay un diluvio de impuestos antidumping sobre importaciones 'injustamente' baratas. Dichos impuestos rara vez son levantados, así que el peso que ejercen aumenta cada año. Estados Unidos tiene unos 300 gravámenes en funcionamiento. Inclusive están reapareciendo las 'restricciones voluntarias de exportación', que son ilegales: Japón se ha comprometido en privado a limitar sus exportaciones de acero hacia Estados Unidos. Se requiere un nuevo esfuerzo de apertura aunque sólo sea para preservar los avances. Dicho esfuerzo también constituiría la mejor manera de contrarrestar la presión proteccionista.



Lo deprimente es que hasta ahora los 135 gobiernos de la OMC no han logrado aprobar una agenda para la ronda. Sin embargo están ya comprometidos a concluir negociaciones que habían quedado pendientes desde la ronda Uruguay. Sería mejor ampliar la nueva ronda hacia áreas como los aranceles industriales, con el fin de brindar mayores opciones de negociación. La liberalización debería ser vigorosa, especialmente en la agricultura. Europa y Japón deberían desmantelar la protección de sus agricultores, que perjudica a los consumidores y mella el crecimiento de los países pobres.



En servicios las prioridades incluyen al sector financiero, los computadores, el transporte y las telecomunicaciones, así como la disminución de las restricciones para el desplazamiento de personas, que son el horror de los países en desarrollo. Todo eso, además de liberar los textiles y limitar el abuso de la legislación antidumping, trabajaría en favor de los países más pobres, que sienten --no sin razón-- que los resultados de la ronda Uruguay fueron insuficientes.



Existe otro tema más espinoso: algunas veces hay que lograr un equilibrio entre el libre comercio y otros objetivos tan legítimos como la protección del medio ambiente. De no lograrlo la credibilidad de la OMC saldría perjudicada.



Lo anterior es más crítico para la organización, porque otra prioridad de la ronda actual debería ser la consolidación de la OMC. Tiene solo cinco años de existencia y se ve cada vez más frágil. A pesar de que cuenta con poderes para arreglo de controversias, no sólo ha resultado golpeada por los grupos privados sino por la terquedad de Estados Unidos en las disputas del banano y la carne tratada con hormonas, y también porque existe en este país una inconformidad creciente con lo que signifique limitar sus instintos unilateralistas. Las políticas comerciales de los gobiernos son, con frecuencia, acaparadas por estrechos intereses corporativos proteccionistas. Es por esa razón que la OMC es una herramienta tan valiosa. Podría ayudar a abrir más las economías; pero es absurdo decir que no rinde cuentas. Sus reglas son acuerdos entre gobiernos controlados por sus votantes, a diferencia de los lobbies que están pidiendo su cabeza.



Pase lo que pase, las negociaciones probablemente no irán muy lejos antes de las elecciones presidenciales norteamericanas del año entrante.

Sin el liderazgo de Estados Unidos no se podrán superar los obstáculos que esgrimen otros países, especialmente la Unión Europea. No obstante el reciente acuerdo comercial logrado por Estados Unidos sobre el acceso de China a la OMC es poco probable que Bill Clinton logre asumir dicho liderazgo. Está debilitado por su deseo de aplacar a los sindicatos con tal de que apoyen a Al Gore. Por su parte, el Congreso no está de humor para otorgarle al Ejecutivo la capacidad de negociación acelerada que brinda el fast-track o vía rápida. Con algo de suerte esta situación no va a durar ya que Bill Bradley, el rival demócrata de Al Gore y George W. Bush, el principal republicano, son librecambistas.

Para 2001 un nuevo Congreso será elegido y tal vez resultará más abierto y dispuesto a otorgar la vía rápida.



Estados Unidos y Europa necesitan demostrar mayor compromiso con el libre comercio. Mike Moore, el nuevo líder de la OMC, ha emprendido la lucha de convencer a los escépticos de las ventajas de la globalización. Sin embargo él no puede tener éxito sin los gobiernos.

La idea que han tenido Estados Unidos y Europa de presionar para la inclusión de los derechos laborales en la nueva ronda es jugar con fuego.

La globalización no es irreversible. A menos que los gobiernos salgan a luchar por el libre comercio, podrían perderse los beneficios que se han ganado hasta ahora.
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