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| 11/2/1998 12:00:00 AM

REYES DE LA SELVA

Cuando todo el mundo pensaba que había llegado el fin de los canales públicos de T.V. Carlos Mejía y Patricio Wills convirtieron el Canal A en líder de audiencia.

La llegada de los canales privados de televisión fue interpretada por muchos como el principio del fin de la televisión pública en Colombia. La tesis tenía una explicación lógica: los privados, de propiedad de los dos mayores conglomerados económicos, podrían aguantar mucho más en una coyuntura complicada que las tradicionales programadoras de televisión, acostumbradas hasta ese momento a un negocio próspero, regalado por cada gobierno a sus amigos y consistente en la venta de comerciales en los horarios estelares. Durante 40 años el negocio de la televisión en Colombia fue diseñado con criterio de programas exitosos de media hora o una hora que daban para sostener los fracasos en horarios menos lucrativos y aún así dejaban siempre utilidades atractivas. La situación cambió dramáticamente con la privatización de la televisión. La torta publicitaria, que en lo que tiene que ver con televisión estaba partida en dos grandes tajadas de los canales Uno y A, empieza a ser disputada con éxito por Caracol y RCN. Ellos mismos son dueños de una importante parte del ponqué publicitario. Los ratings, es decir, las mediciones de audiencia, disminuyeron drásticamente, en la gran mayoría de los espacios, por la multiplicación de la oferta televisiva y los índices de 60 y 70 puntos que hicieron entrar a la historia a telenovelas como En cuerpo ajeno y Café quedaron para siempre en el pasado. Como si lo anterior fuera poco, la llegada de la competencia privada cogió a los programadores en un momento especialmente crítico de la economía. La pauta publicitaria empezó a disminuir en el segundo trimestre del año y los empresarios de televisión se dieron cuenta en pocos días que a la llegada de nuevos invitados se sumaba la reducción de la harina para la torta. Por todo esto, para muchos, es una sorpresa colosal que un canal público, como el A, en lugar de disminuir su audiencia con la entrada de los privados la haya aumentado. Sus telenovelas Yo amo a Paquita Gallego, Corazón prohibido y La mujer en el espejo tienen dominada de lejos la franja de mayor audiencia, la triple A, de lunes a viernes. Su concurso estrella, Quiere cacao, manda la parada los domingos, y el sábado, único día que les falta por conquistar, está en el primer renglón de la agenda del león con una estrategia cimentada en películas taquilleras. Detrás de todo este andamiaje hay dos hombres: Carlos Mejía, el más veterano comercializador de televisión de Colombia, quien inició su empresa después de dejar su empleo como director comercial de Caracol Radio, y Patricio Wills, presidente de RTI, la programadora más antigua del país. El éxito que han logrado tiene su explicación en una táctica que ha combinado en proporciones casi idénticas la astucia y el talento con el lobby y las relaciones políticas.
¿Privatización por la puerta de atrás?
Lo curioso es que esta racha ganadora arrancó del más grande fracaso de sus dos protagonistas. Carlos Mejía y Patricio Wills fueron los principales impulsores de la anterior ley de televisión, que consagraba la privatización pero con un panorama muy distinto del que finalmente se impuso. Esa ley decía que ninguna persona natural o jurídica podía ser dueña de más del 30 por ciento de un canal privado. Lo que se pretendía era obligar a los grupos a asociarse sin tener el control, ya que el 70 por ciento restante estaría en manos de accionistas más pequeños que seguramente saldrían del medio televisivo. La experiencia de RTI en producción y la de Mejía en comercialización los convertía en socios obligatorios de los futuros canales privados. La nueva ley, que surgió como una jugada política para sacar del aire a los noticieros que le hicieron oposición al gobierno de Ernesto Samper, fue aprovechada de paso por los conglomerados económicos para eliminar todas las talanqueras que imponía la anterior legislación. Al final se decidió que los canales privados debían tener 300 socios. Pero esto no pasa de ser un requisito puramente formal ya que uno solo de los accionistas puede ser el dueño del 99,9 por ciento. En ese escenario los socios medianos eran totalmente prescindibles. Carlos Mejía quedaba sin posibilidad en el negocio de los privados y no tenía siquiera garantizado su futuro como vendedor de comerciales de las programadoras que se quedaran en los públicos. RTI buscó la forma de entrar en minoría en la propuesta de RCN y El Tiempo, que a la postre se volvió solo de RCN., después del fracaso de una compleja operación en la que los socios de RTI buscaron quedar asegurados por punta y punta: es decir, con una pata en la televisión privada y otra en la pública. Cuando los dos, Mejía y Wills, estaban a punto de quedarse sin pareja para el baile, decidieron asociarse en una estrategia que muchos han llamado "privatización por la puerta de atrás". Para hacerlo posible necesitaban que la licitación del año pasado, que adjudicó los espacios en las cadenas públicas, les entregará un canal completo a ellos y a empresas de televisión fácilmente controlables. Semejante maniobra equivalía ni más ni menos que a armar, seis meses antes que los grupos, un canal privado, con el atractivo adicional de no pagar los 95 millones de dólares que le cuesta a cada conglomerado su frecuencia. El lobby se desarrolló meticulosamente en dos escenarios: la Casa de Nariño, ocupada en ese momento por un tambaleante Ernesto Samper, y la Comisión Nacional de Televisión, el ente encargado de decidir el futuro de la operación. Parte de esta estrategia fueron dos reuniones sociales muy diferentes pero totalmente complementarias para el propósito. La primera de ellas, y quizá la más recordada, fue la fiesta de cumpleaños de la entonces primera dama Jacquin Strouss, que se celebró a todo timbal en los estudios Vía 30 de RTI. Los invitados debían cumplir dos condiciones: ser samperistas e ir vestidos a la moda de los años 60, época favorita de la esposa del presidente. De este monumental y ruidoso festín se pasó a otra reunión, más íntima pero no menos significativa para la estrategia de los futuros dueños del león. Esta vez fue en la casa de Carlos Mejía. Todos los muebles del descomplicado abogado manizaleño fueron removidos para poner en el centro de la sala un ceremonioso atril, desde el cual Jorge Valencia Jaramillo, miembro de la Comisión Nacional de Televisión, declamó sus poesías ante un selecto público de amigos y programadores a los que se les había advertido previamente que no podían tomar trago o hablar, solamente aplaudir cuando el poeta hiciera las pausas de rigor. A este grado de amistad con los que decidían su futuro, Mejía y Wills habían llegado desde hacía mucho tiempo y en medio de los peores episodios de la crisis que vivió el gobierno de Ernesto Samper. Radiodifusores Unidos, una de las empresas de Mejía, había sido la encargada de poner al aire la pauta de la campaña samperista en el año 94. Patricio Wills ha tenido como su mano derecha, en la gerencia de programación de RTI, a Lorencita Santamaría, esposa de Juan Francisco Samper, hermano del ex presidente y una de las personas más cercanas a él durante la crisis. Fue además el propio Wills quien organizó la rueda de prensa en la que Samper explicó lo que, según él, era el final de la crisis después de su absolución por la Cámara de Representantes. La ofensiva de relaciones públicas incluyó a todos los comisionados de televisión, con los que Mejía y Wills siempre han tenido una excelente relación personal. Para citar solo un ejemplo, ellos dos, y otros presidentes de lo que después serían programadoras del Canal A, eran y son habituales partners de golf del comisionado Alvaro Pava Camelo, influyente miembro y ahora presidente de la Comisión. Dieciocho hoyos de lobby cada semana eran su tarea por los días de licitación. La labor tenía tantos visos humorísticos que por esos días, cuando alguien le averiguó a uno de ellos por el puntaje de su programadora en la licitación, contestó riendo con una pregunta golfística: "¿ Neto o gross?".

El plan becariosCuando se conocieron los resultados de la licitación fue claro que Carlos Mejía y Patricio Wills se habían salido con la suya. Mientras en el Canal 1 habían quedado agrupadas las personalidades menos dadas a asociarse de la televisión colombiana, las programadoras con mayores infraestructuras técnicas y comerciales en el Canal A estaban fundamentalmente empresas emparentadas con RTI y Mejía, o programadoras nuevas que surgían a la vida después de la ley Marta Catalina. Para lograr algo en el Canal 1 era necesario poner de acuerdo a Jorge Barón con Julio Sánchez Vanegas, Yamid Amat y Punch. En el A estaban, en cambio, Proyectamos, cuya producción dependía de RTI desde hacía mucho tiempo; Coestrellas y DFL, consideradas satélites de Mejía, y programadoras nuevas, empezando por las de Julio Molano y Guillermo Cortés, íntimos amigos del entonces presidente Ernesto Samper. Las ventajas para el Canal A eran obvias. Por un lado todas las empresas, con la única excepción de Andes Televisión, de la familia Turbay, eran comercializadas por Carlos Mejía. Por el otro eran programadoras con infraestructura técnica pequeña, cuando no inexistente, lo cual facilitaba cualquier acuerdo para que RTI fuera la gran productora del Canal A. Entre tanto en el Canal 1 quedaban empresas familiares, encariñadas con los proyectos que las hicieron grandes, como el Show de las Estrellas de Jorge Barón o Concéntrese de JES, además de los noticieros veteranos sobrevivientes a la licitación y que habían montado individualmente costosos andamiajes de producción, confiados en el esplendor de la adjudicación anterior, que los aseguraba por 12 años. El paso siguiente para los nuevos dueños del león consistió en empezar a 'becar' programadores. La beca consiste en entregarles una plata en firme a cambio de sus espacios con la única condición de que dejaran hacer a Mejía y a Wills lo que estimaran conveniente. Al plan de becarios entraron casi todos, incluyendo varios de los noticieros, que entregaron sus horarios distintos a informativos para que RTI pudiera montar la estrategia clave de su éxito: programar en franja, es decir, pasar de lunes a viernes el mismo programa en todos los horarios, táctica también adoptada por los canales privados y únicamente omitida por el Canal 1, en el cual ha sido imposible que sus integrantes lleguen a acuerdos en la mayor parte de los horarios. Patricio Wills tiene una explicación para eso: "Al haber mayor oferta el televidente tiene que identificar los programas y recordarlos. Reducir el número de programas y pasarlos en el mismo horario de lunes a viernes garantiza que la gente los memorice y sepa qué esperar en cada horario de su canal". Del éxito de la estrategia en términos de audiencia hablan los resultados. Además, los ahorros en costos son grandes cuando se aplican economías de escala. No es lo mismo tener cinco directores con su equipo para programas con periodicidad semanal que uno solo que se encargue de entregar realizada una franja de lunes a viernes. Sin embargo la aplicación del método también deja caídos. Para citar un solo ejemplo, Coestrellas debió entregarle sus equipos de producción a RTI y su programa bandera, Dejémonos de vainas, la comedia que más años estuvo al aire en Colombia, desapareció abruptamente dentro de un acuerdo para crear una franja del canal en el fin de semana. Los becarios saben que no corren riesgos, reciben una buena cifra, pero también están conscientes de que la parte jugosa del negocio se la llevan Carlos Mejía, como comercializador, y Patricio Wills, como productor del canal. Por eso Mejía es consciente de que "afinar a los dueños de espacios del Canal A para que nadie tenga beneficios o presiones excesivas no es fácil".
Estrategia de película
La clave para que un canal funcione como un relojito está en la flexibilidad de su programación. En los canales públicos esa flexibilidad depende no solo de los acuerdos entre programadoras sino también de las autorizaciones de la Comisión Nacional de Televisión. En materia de flexibilidad el Canal A se ha llevado todos los trofeos. La racha ganadora en materia jurídica empezó con la adjudicación y se hizo evidente a comienzos del año con el caso Televideo. La ley consagra que ninguna empresa de televisión puede tener menos de nueve horas y media de programación. La idea es que estas horas incluyan horarios buenos y malos para que todo el mundo tenga las mismas posibilidades de ganar o perder en el negocio. Televideo traía una adjudicación de horarios malos, resultado de la licitación de televisión por 24 horas efectuada a comienzo del gobierno Samper. Bajo esa premisa la empresa de Francisco Muñoz se presentó a la última licitación esperando que la Comisión la compensara con horarios triple A. De hecho, le adjudicaron hora y media de la codiciada franja estelar. Acto seguido Televideo renunció a sus horarios malos, otorgados bajo un contrato anterior, y se quedó solo en poder de los que estaban en prime time. Así se convirtió en la programadora más pequeña de Colombia, pero también quizás en la más rentable porque no tiene un solo espacio que le quite utilidades. Con una interpretación bastante flexible de las normas y algo de apoyo concreto de la Comisión, el Canal A ha logrado sacar adelante y con aval jurídico todas sus decisiones de programación. En los últimos días consiguió, por ejemplo, que le dejarán repetir la exitosa novela En cuerpo ajeno, con una temática típicamente adulta, en el horario familiar de las cinco de la tarde. También, apelando a un acuerdo que permite reducir a 15 minutos el tiempo de los noticieros en el intermedio de un partido de fútbol en directo, consiguieron que les dejaran incluir el noticiero Hora Cero de los sábados de manera permanente como 'intermedio' de la serie de películas de Steven Spielberg que el canal empezó a presentar el pasado fin de semana.
El futuro del león
A pesar de todos sus éxitos los reyes de la selva saben que la batalla apenas comienza. En la mira ahora tienen dos proyectos. El primero consiste en unificar las emisiones de todos los noticieros del Canal A en una sola sede y bajo el liderazgo de Julio Molano, presidente de En Vivo, que es en este momento el informativo con mayor audiencia. La estrategia incluye la comercialización para Carlos Mejía del Noticiero Nacional, de Andes Televisión, única programadora del Canal A cuya pauta publicitaria es vendida por otra empresa. El segundo punto busca impulsar una nueva ley de televisión que permita que los canales públicos salgan a la venta, o que por lo menos puedan constituirse en sociedades mixtas con participación de Inravisión y la Comisión Nacional de Televisión. Para el cumplimiento de este propósito Patricio Wills y Carlos Mejía saben que tienen ante el gobierno un flanco débil: se les considera samperistas. Es más, de los cinco noticieros de su canal tres por lo menos son de la entraña del ex presidente. Por eso el león ha puesto a trabajar a TV Hoy y a Coestrellas en acercamientos con el nuevo mandatario y la Ministra de Comunicaciones. La cosa va por buen camino: la semana pasada Wills y Mejía estuvieron en Palacio exponiéndole al Presidente sus impresiones sobre el futuro de la televisión pública. Por ahora el león es el rey de la selva. Patricio Wills es el hombre que más sabe de programación de televisión en Colombia. Carlos Mejía, además de prestigioso comercializador, ha probado una y otra vez _desde su ya lejana salida de Caracol_ que no teme desafiar a los poderosos. Por eso más de uno apuesta desde ya a que serán también capaces de coronar con éxito sus nuevos y ambiciosos propósitos.
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