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| 9/17/2016 12:00:00 AM

Los milagros del nacimiento del Magdalena

Para entrar al lugar donde nace el río de la patria hay que pedirles permiso a los espíritus que lo cuidan. El agua que por allí discurre sustenta a 32 millones de personas y al 80 por ciento del PIB.

Analía Anacona sacude la harina de sus manos contra un delantal rosado y lanza su sentencia: “Yo creo que la ciudad no siente. El campo sí. Aquí uno se da cuenta de todo. Desde la guerra hasta la falta de agua. Allá abren una llave y ya”. Su finca es el Hospedaje Los Milagros. Queda en la vereda La Hoyola del municipio de San Sebastián en el suroriente del Cauca. A Los Milagros el agua viene en manguera desde una quebrada 3 kilómetros arriba, en la montaña. Si llueve, hay agua para los turistas, la comida, las gallinas y su perro Tarzán. Si no, ni siquiera alcanza para el pan.

A tres horas de camino, al suroriente de la vereda, en el Parque Nacional Natural Puracé, queda el páramo de las Papas. Y allí, la laguna de la Magdalena, donde nace el río de la patria que lleva su nombre y del cual dependen 32,5 millones de personas. Por eso Analía dice que el campo siente. Cómo no si 80 por ciento del país depende del agua que se origina en ese pequeño y frágil espejo lagunar de 7 hectáreas.

El páramo divide a Cauca y Huila. La Magdalena queda en la vereda San Antonio del municipio de San Agustín. Del agua que brota desde ese punto depende el 80 por ciento del PIB, el 70 por ciento de la energía hidráulica, el 95 por ciento de termoelectricidad, el 70 por ciento de la producción agrícola del país y el 50 por ciento de la pesca de agua dulce.

La arteria de Colombia

Si Colombia fuera un cuerpo humano, el río Magdalena sería su arteria principal. Aunque nace sano, solo 36 kilómetros abajo del nacimiento la contaminación ya lo acecha. Hasta que llega a su desembocadura en Bocas de Ceniza (Atlántico), los 500 afluentes y 5.000 arroyos, que lo nutren como si fueran venas, llegan cargados de contaminación.

El deterioro de su cuenca puede ser una de las mayores vergüenzas de los colombianos. Según el libro ¿Para dónde va el río Magdalena?, publicado por Fescol, han deforestado el 77 por ciento de su cobertura vegetal original, la mayor parte en las tres últimas décadas.

La pesca cayó en más de un 50 por ciento en 30 años. La erosión alcanza el 78 por ciento del área de la cuenca y los sedimentos en suspensión, es decir, las partículas de tierra que transporta el río, ascienden a 184 millones de toneladas al año. Son tantos los desechos que llegan al río que el Magdalena es el décimo más sedimentado del mundo.

Más de 200 municipios ribereños vierten sus aguas residuales al río directamente y tal como salen de las casas e industrias. Y los que lo deberían hacer mejor, como la capital del país, apenas alcanzan a limpiarlas parcialmente. Porque casi toda llega contaminada al río Bogotá, que desemboca con todos sus desechos al Magdalena en Girardot.

El Magdalena es tan poderoso que aun así serpentea imponente a lo largo de casi todo el territorio. Posee un sistema de páramos que genera agua constantemente, valles interandinos ideales para la agroindustria, variedad de bosques que capturan carbono y proporcionan oxígeno y planicies inundables que retienen sedimentos, amortiguan crecientes y sequías. El sistema de ciénagas y planicies de inundación del Bajo Magdalena es un reservorio natural con una capacidad de aproximadamente 18.000 millones de metros cúbicos de agua.

Llegando a Yuma

Por eso su nacimiento es un santuario a donde llegan pocos, una condición ideal para que no nazca muerto. Para arribar a la laguna de la Magdalena se sube por un camino que data de la Colonia, por donde se cree que pasó el conquistador Sebastián de Belalcázar. Es un sendero inaccesible sitiado por las ramas de cerotes, encenillos y motilones y tapizado por el agua que comienza a correr hacia abajo.

Siempre que llegan visitantes, Gustavo Adolfo Papamija, guardaparques del Parque Nacional Puracé y descendiente de una comunidad indígena, repite el mantra que le enseñó su abuelo: “mi cuerpo es tierra, mi sangre es agua, mi aliento es aire, mi espíritu es fuego”. Con él, de pequeño, recorrió todos los rincones del macizo.

A 3.327 metros de altura, frente al nacimiento del río más importante del país, todo es más claro: el agua, el aire, el cielo azul y el verde limón del que se visten los frailejones que abundan en el páramo de las Papas. El viento arremete fuerte y las cumbres de las montañas esconden formas humanas por descifrar.

A la cuenca alta del río Magdalena la protegen los ‘guardianes de la conservación’, como se define a sí mismo Parménides Papamija, el funcionario más antiguo del Parque Puracé. De los 55 años que tiene el parque, ha luchado durante 33. En casi todos los refugios naturales de Colombia, Parménides y sus compañeros son como el Capitán Planeta, solo que su fuerza sobrenatural se reduce a su pasión y a una camisa azul con un oso de anteojos bordado en sus mangas. Su misión de 2016 es cuidar la danta de páramo, el oso de anteojos y la vegetación propia del lugar.

De eso se trata su trabajo, de asegurarse de que, tal y como reza el nombre del hospedaje de Analía, siga dándose el milagro del agua que, día tras día, sustenta a un país entero.

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