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| 5/6/2015 7:00:00 PM

Buen técnico y mal político

La candidatura de Enrique Peñalosa favorece, de entrada, a Clara López. ¿Será que, después de siete elecciones, el exalcalde aprendió a hacer campañas?

Una candidatura que se lanza por quinta vez, como la de Enrique Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá, debería ser recibida como normal y previsible. Y sin embargo, había muchas razones para que Peñalosa se abstuviera de participar en las elecciones de este año. La principal de ellas, el sinsabor que le quedó en su derrota de hace cuatro años, en una campaña en la que arrancó como favorito y terminó en forma lánguida y débil, sin ninguna opción. Cualquier político habría tirado la toalla, al menos después de las presidenciales del 2014, en las que otra vez Peñalosa participó y no pegó, ni pudo consolidar una opción viable ni competitiva. Los enemigos de Peñalosa pueden decir que es terco, y los admiradores, que es perseverante.

Además de las cuatro apuestas por Bogotá, Peñalosa ha sido candidato a la Cámara de Representantes, al Senado y a la Presidencia. Sólo ganó en su segundo intento por Bogotá –contra Carlos Moreno De Caro- y en su elección a la Cámara, en una lista de partido. Triunfó en las dos más fáciles y perdió en las difíciles. Peñalosa no es efectivo para recaudar votos ni para hacer campañas.

A eso habría que agregarle que en Bogotá hizo carrera la hipótesis de que la proliferación entre candidatos localizados entre el centro y la derecha ha facilitado el desfile de mandatarios –Samuel Moreno y Gustavo Petro- que no han respondido a las necesidades administrativas de la ciudad. Ahora, la disputa entre Peñalosa y Rafael Pardo fortalece las posibilidades de la candidata del Polo Democrático, Clara López. Esa opción, después de hoy, es más clara. Y lo paradójico es que en las entrevistas concedidas por Peñalosa, una de las justificaciones principales para su nueva apuesta electoral es, precisamente, evitar el triunfo de Clara para ponerle fin a la serie de gobiernos de izquierda, de los cuáles es muy crítico. ¿Le cobrarán esa inconsistencia?

Hasta hace unas pocas semanas, cuando se supo que Peñalosa conseguiría firmas para presentarse sin aval formal, se pensaba que los partidos de la Unidad Nacional respaldarían a Rafael Pardo, cuya aspiración –gracias a ese apoyo- se hizo viable, según las encuestas. Más de un coronel del peñalosismo ya se había matriculado con Pardo porque se daba por hecho que esta vez Peñalosa no iría.

¿Por qué, entonces, se lanzó? La principal razón tiene que ver con el ADN del candidato. En el grupo de aspirantes, los que ya están y los que faltan, Peñalosa es el que tiene más conocimiento, experiencia y sensibilidad sobre los temas de la capital, a los que les ha dedicado su vida entera. No hay otro como él.
El desempeño de Peñalosa como alcalde fue exitoso –en términos de obras, innovación y proyecto de ciudad-, pero con el paso del tiempo se volvió controvertido. En sólo tres años de alcaldía se hicieron obras públicas de mayor impacto que el de todas las que se han hecho desde cuando salió del Palacio Liévano. Y las que hicieron sus sucesores Lucho Garzón y Samuel Moreno, en su gran mayoría, continuaron los conceptos que había introducido Peñalosa. En especial, las vías de Transmilenio.

Hace poco incluso el alcalde Gustavo Petro reconoció que Peñalosa había sido pionero en uno de sus programas más queridos: el uso de la bicicleta y el desestímulo al carro particular. Y todavía se debaten temas cuya génesis ocurrió en el trenio peñalosista: espacio público, sentimiento de pertenencia a la ciudad, amor por Bogotá, entre muchos otros. A Peñalosa no le van a faltar ideas para el debate.

En materia de programas, su único talón de Aquiles es que tiene argumentos respetables, pero impopulares, en contra del metro. Explicaciones que caen bien en un foro académico, pero que quitan votos en la calle. Para protegerse de esta vulnerabilidad ahora propone un metro elevado. Pero así como nadie puede negarle a Peñalosa su pasión por la ciudad, nadie cree que tenga pasión por ningún metro. Y ese desgano, frente a una aspiración tan sentida de los bogotanos, puede ser costoso.

La dualidad entre buen técnico y mal político es muy difícil de administrar. Las carencias de Peñalosa en el campo de la comunicación son tan evidentes, que hoy los bolardos son una mala palabra que denota una imagen antipática, en vez de ser vistos como un instrumento que existe en todas partes del mundo para ordenar la ciudad y hacer respetar el espacio público. De Transmilenio hay noticias malas todos los días. Pero ¿sería mejor la movilidad de Bogotá si no existiera el TM? Peñalosa ha permitido que el legado de su obra sea peor que el de su obra misma.

Entre otras cosas, porque su desdén por la política y por los partidos –que él acepta e interpreta como prueba de su independencia y de su aversión por la politiquería- lo ha llevado a dar tantas vueltas que ha terminado por desdibujar su propia imagen. ¿Quién es Enrique Peñalosa, en su versión 2015? ¿Liberal como su padre? ¿Uribista como en la penúltima campaña? ¿Verde, como en la última? ¿Un antipolítico que, sin embargo, no es capaz de perderse una sola campaña?

La elección del alcalde de Bogotá en octubre se dará en un entorno caracterizado por la crisis de la ciudad –y profundos anhelos de cambios por parte de los electores- y la polarización: la capital será uno de los campos de batalla más importantes de la lucha entre el santismo y el uribismo y desde ya se puede predecir que ambos equipos se la meterán toda. También tiene connotaciones para las elecciones del 2018, y dos protagonistas de esa competencia –Germán Vargas y Armando Benedetti- están a la sombra, respectivamente, de Peñalosa y de Rafael Pardo.

Complejo panorama. ¿Será que Peñalosa, modelo 2015, se volvió buen político?

*Director editorial de SEMANA
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