Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 6/2/2012 12:00:00 AM

Romeo en Macondo: la liberación del periodista francés

El secuestro y liberación de Romeo Langlois han sacado a flote cuán dividida está la sociedad frente a la manera de solucionar el conflicto con una guerrilla que aún conserva su capacidad de conmocionar el país.

El regreso de Romeo Langlois a la libertad pareció sacado de una escena de Macondo. Un caserío remoto en la selva. Calle de honor de los pobladores, con pancartas, calor y aplausos. Asado guerrillero para cientos de personas. Tarima, discursos, música y abrazos. Un sonriente y cansado protagonista, con una camarita de video. Y periodistas, muchos periodistas. Pero San Isidro, el caserío de la Unión Peneya, Caquetá, donde las Farc devolvieron al periodista francés, después de 34 días de cautiverio es el Macondo de la guerra, no el de Cien Años de Soledad. Y la entrega de Langlois se convirtió en una operación de propaganda, de "utilización política", como él mismo la llamó, que ha provocado las más encendidas y diversas reacciones y envía señales tan interesantes como contradictorias en el actual momento de la guerra y la paz en Colombia.

¿Cómo leer lo sucedido? Las interpretaciones van del optimismo -con la entrega del periodista las Farc darían una prueba de su decisión de no secuestrar y una señal de que, pese a todo, estarían interesadas en una negociación- al escarnio: todo se reduciría a un show propagandístico, hecho con el cinismo habitual en esa guerrilla, que prolongó el cautiverio de Langlois solo para organizar un acto que aprovechara las elecciones presidenciales en Francia y su propio aniversario (este 27 de mayo las Farc cumplieron 48 años). Para completar Langlois, como era de esperar de cualquier periodista independiente y extranjero, salió con afirmaciones como que los guerrilleros también son colombianos y que el campesinado en sus áreas de influencia ve con miedo al Ejército -cosas que puede constatar cualquiera que viaje a las zonas de guerra en Colombia- y con críticas al cubrimiento que los medios hacen del conflicto armado. Ante eso, algunas reacciones han sido tan viscerales que hubo quienes lo llamaron "embajador de buena voluntad del movimiento narcoguerrillero", hablaron de 'síndrome de Estocolmo' y hasta lo acusaron de hacer favores a las Farc.

Langlois lanzó declaraciones que levantan ampolla en un país urbano que en los últimos años ha cerrado filas en la desconfianza y el resentimiento contra las Farc. Su llamado a cubrir a todas las partes del conflicto, su neutralidad, su visión de la guerrilla como un grupo de colombianos convencidos de la lucha que libran y que tienen apoyo social en ciertas zonas, enfurecen a sectores que ven en esas opiniones meras muestras de que se trata de un periodista de "izquierda" o hasta "cómplice". Sectores que hicieron caso omiso de otros elementos del discurso del francés, que elogió a los militares y fue crítico del aprovechamiento político que la guerrilla hizo de su secuestro al prolongarlo para montar el show de su entrega.

Más allá del debate que se ha armado en torno al 'mensajero', lo interesante aquí son el mensaje y sus matices.

Lo que ha puesto de presente la saga del francés es menos su propio papel en la cobertura del conflicto armado que el grado de polarización que han alcanzado la política y la opinión pública colombiana frente a la guerrilla. Más que apreciaciones serenas y analíticas de lo que representan el cautiverio y la entrega de Langlois para el momento político del país, buena parte de lo que se ha dicho y comentado es muestra de la pasión que domina el debate público en Colombia sobre la paz y la guerra. Una polémica cuyo encono y cuyas posiciones inamovibles dificultan, como en todo conflicto armado, encontrar soluciones de consenso y nutren ideas y prejuicios que fomentan la continuidad de las hostilidades. Como lo planteó en un reciente debate France 24, el canal para el cual trabaja Romeo: "Las Farc pueden estar debilitadas, pero bajo la cobertura de la jungla sus fuerzas siguen siendo peligrosas y la opinión pública está más polarizada que nunca en torno a si negociar o combatir hasta el amargo final".

Cuando Langlois fue capturado, el 28 de abril, se dijo que su liberación sería la prueba ácida de la promesa de las Farc de no secuestrar. Ahora que lo liberan, la atención se centra en criticar el show que montaron y en lo que dijo o dejó de decir el liberado. En un mes escaso parece olvidado lo que se declaró entonces. "El mundo entero y Colombia estaremos pendientes del cumplimiento de la palabra por parte de las Farc", dijo el presidente Santos. La Unión Europea habló de "una prueba de sinceridad" para las Farc. Y, ahora que han cumplido, lo principal parece ser lo anecdótico -la operación publicitaria en el remoto caserío de San Isidro, la demora en liberarlo- y no que lo hayan dejado libre. Con celeridad inusual, por otra parte, para las tortuosas medidas del secuestro en Colombia y los jurásicos ritmos de las Farc.

A lo cual se añaden otros dos hechos. Con Romeo, las Farc enviaron al nuevo presidente francés, François Hollande, una carta para pedirle apoyo en un proceso de paz. Hollande, hábilmente, insistió en la necesidad de una solución política al conflicto colombiano, pero la dejó en manos colombianas. "Francia no quiere interferir (…) no tiene que comprometerse en ningún proceso", dijo, bajándole el perfil a la misiva. Lo que no debería impedir calibrar el gesto de la guerrilla, que hace rato no pedía la intervención de terceros. Además, en la carta pidieron perdón por el secuestro del periodista (al que también le ofrecieron excusas por llamarlo "prisionero de guerra"). ¿Habían las Farc, alguna vez en su historia, pedido perdón públicamente por un secuestro?

Estos hechos sirven a los optimistas para confirmar la disposición de las Farc al diálogo y a una salida negociada. Y no les falta razón: señales como estas han sido raras o inexistentes de parte de ese grupo. Sin embargo, como tantas otras cosas en Colombia, el asunto es más complejo. Mientras hace estos guiños, esta guerrilla no vacila en servirse de la privación de la libertad de un periodista extranjero, prolongándola a su gusto y convirtiendo su liberación en un show publicitario, para servir a sus objetivos propagandísticos con el desprecio que le es característico por las más elementales consideraciones del derecho internacional humanitario (sin hablar de que las autoridades sospechan de que las Farc están tras los recientes atentados en Bogotá; o que estas no han abierto la boca para esclarecer la suerte de docenas de secuestrados de los que no se sabe nada hace años). Que retuvieran a Romeo por unos cuantos días para verificar si el capturado en combate era efectivamente un periodista, vaya y pase; pero que se tomen tranquilamente más de un mes de la vida de una persona para su juego político, es otra cosa. Demostraciones como estas hacen dudar a muchos, también con razón, de la real voluntad de paz de las Farc.

Estas son, justamente, las contradicciones que hacen tan complejo el proceso colombiano. A ellas se añade una de las más tensas situaciones políticas que se recuerden en la historia reciente, en medio de la cual se están configurando verdaderas facciones -alimentadas por los odios y las ofensas acumulados en medio siglo de guerra y horrores- en favor de la posibilidad de paz negociada o la guerra sin cuartel. En medio de semejante panorama, es comprensible que muchos prefieran concentrar los fuegos de la crítica en un francés que por casualidad cayó en manos de las Farc o en un acto macondiano de evidente intención política, en lugar de tratar de sopesar, con cabeza fría, las verdaderas posibilidades de la paz o los peligros que no deja ver la neblina de la guerra.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.