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| 12/13/1993 12:00:00 AM

Rumores macabros

Dos semanas después del asesinato de Darío Londoño, la preguntano es tanto quién lo mato sino quién pudo instigar el crimen. En el Senado las acusaciones salpicaron alos medios, alos adversarios políticos y hasta al Veedor.

EL AMBIENTE ESTABA CARGADO. LA CUrul vacía, cubierta con una bandera negra, del senador antioqueño Darío Londoño Cardona y los rostros ensombrecidos de sus colegas, expresaban el luto que conmovía al Congreso el martes en la tarde, horas después del entierro de quien una semana antes aún actuaba como segundo vicepresidente del Senado. En ese lúgubre escenario, el veedor del Tesoro, Jorge García Hurtado, se dirigió a la tribuna de oradores y pidió a los asistentes un minuto de silencio por la memoria de Londoño. Pero en vez de silencio, lo que se armó fue una gritería.
"Señor Veedor -le pidió la senadora boyacense María Izquierdo-: no siembre más odio, no calumnie más a este Congreso, no lo lleve más a la picota pública. Usted me recuerda a Robespierre. Al igual que él, usted se invento una guillotina espantosa. Por eso nos duele que haya pedido el minuto de silencio, cuando cualquier demente por la séptima puede matar a un parlamentario oyéndolo a usted todos los días".
"Yo no entiendo, señor Veedor -intervino el santandereano Tito Rueda- dónde se revivieron los auxilios. No entiendo por que nos emplazan como emplazaron al compañero Darío Londoño. A mí tambien me pueden asesinar por esas acusaciones irresponsables".
"Su conducta, señor Veedor, es innoble -agrego el senador Jaime Bogotá Marín-. Yo digo que usted es un homicida culposo por lo que pueda suceder, al ser el verdugo del Parlamento colombiano".

LA MALA IMAGEN
El Veedor no fue el único blanco de los señalamientos de los congresistas. A los medios de comunicación también les tocó su turno y la sesión se convirtió en un "tatequieto" a un proceso ascendente de cuestionamiento al Congreso que en las últimas semanas había cobrado particular virulencia. El debate contra la ley de presupuesto, porque supuestamente revivía los auxilios parlamentarios prohibidos por la Constitución del 91, el escándalo originado por las denuncias en el sendo de que el Congreso y el Gobierno habían acordado un régimen pensional de privilegio para los parlamentrios, y las noticias sobre adquisiciones de televisores, neveras y radiograbadoras para las oficinas de cada uno de los parlamentarios, habían lesionado aún más la ya bastante desprestigiada imagen del Congreso.
Con el paso de los días, la mayoría de estas acusaciones quedaron relativizadas, cuando no desvirtuadas. Pero la puesta en perspectiva de estos cargos se dio cuando el dano ya estaba hecho, justo al iniciarse la campaña electoral. "Después de esas acusaciones de los electrodoméstico~ -le contó a SEMANA el senador antioqueño Fabio Valencia-, hice un par de reuniones con mis seguidores en Medellín y muchos me lo reclamaron. Fue entonces cuando comprendí que mucha gente cree que esos aparatos de dotación de nuestras oficinas, nos los habíamos llevado para de la casa ".
Una columna del diario El Mundo, de Medellín, en la cual el Congreso es duramente criticado, fue dejada como constancia por el senador liberal Alvaro Uribe Vélez en la plenaria del martes. La nota, firmada por Herman Jiménez Carvajal, termina con un párrafo que, leido por Uribe en medio del duelo por el asesinato de Londoño, erizó la piel de los asistentes a la sesión: "Ojala (los congresistas) no tengan algún día que pagar con supropia sangre la que hoy hacen sudar al pueblo para pagarse suspingües dietas". Esto explica que en los corredores, después de terminada la sesión, el ánimo de revancha se había adueñado de buena parte de los congresistas y se hablara de aprobar a toda marcha una ley de controles a los medios.
El Ministro de Hacienda, testigo del debate, resumió a la salida el ambiente que reinaba: "Creo que después de tanta crítica, el Congreso está ejerciendo su derecho a defenderse". En el tema también terciaron algunos precandidatos. Ernesto Samper aseguró que en estas acusaciones contra el Parlamento "es muy importante distinguir entre el Congreso como institución y algunos congresistas que cometen actos indebidos, pues deslegitimar al Congreso como institución es allanar el terreno para el golpe militar". Por su parte, Humberto de la Calle afirmó que "para ser justos hay que decir que algunos cambios ya se sienten en el Congreso. Pero si de verdad queremos renovarlo, tenemos que lograr que la gente aprenda a votar y deje atrás la indiferencia en las elecciones".

EL CANIBALISMO
Las acusaciones de los congresistas contra la prensa y contra el Veedor deben leerse como el fruto de la emotividad, pues incluso si muchos de los informes de los medios han sido injustos, o si el Veedor ha cometido excesos en sus acusaciones, de ahí a decir que unos y otro instigaron el asesinato de Darío Londoño hay mucho trecho. Entre otras cosas, porque muchas veces las peores acusaciones contra el Congreso vienen de los propios congresistas. Como sostiene el ex ministro y candidato al Senado Alfonso Valdivieso, "la política es la única actividad en la cual se gana hablando mal de ella".
Mucho más grave que todo esto fue el señalamiento que se dejó sentir en otras intervenciones de ese martes y que coinciden con lo que insinúan a sotto voce muchos políticos antioqueños. El dedo en la llaga lo puso el senador Uribe Vélez cuando afirmó:"El puralismo hay que manejarlo con un gran tolerancia, con un gran sentido dialéctico de emulación de ídeas, pero no con la insidia, con la perversa orientación de dirigir insinuaciones que provoquen el delito". Y más adelante agregó:"Darío Londoño alcanzó a sentir en vida que la perversa e innoble rivalidad política (...) se había constituido en una amenaza para su vida".
En efecto, varios sectores de la dirigencia política antioqueña creen que detrás del asesinato pudo estar la instigación de algunos enemigos políticos de Londoño, que habrían impulsado con sus declaraciones a grupos violentos de la guerrilla o del narotráfico para que actuaran en contra del senador. Se trataría, entonces, de una ofensiva contra su grupo político que explicaria que mientras enterraban a Londoño, un comando armado haya penetrado en la sede de la Universidad Nacional en Medellín, buscando a William Alvarez Pérez, aspirante a la alcaldía del municipio de Bello por el sector de Londoño. Ante la frustración de no encontrar a Alvarez, los asesinos dispararon a quemarropa contra un profesor y un estudiante, víctimas casuales en el incidente.
La de la instigación es una tesis que las autoridades no han descartado y sobre la cual, por el contrario, se encuentran trabajando. "Lo que tratamos de verificar es la posibilidad de que, en el marco de disputas políticas regionales, a Londoño lo hayan matado guerrilleros o sicarios del cartel, debido a que sus enemigos lo hubieran acusado de estar legislando en contra de estos grupos violentos", le explicó a SEMANA una fuente de los organismos de inteligencia. "En esto-agregó la fuente- habría dos teorías. La primera, que los instigadores, enemigos de Londoño, le hayan dicho a las gentes del cartel de Medellín a que él había intervenido en elproceso de aprobación de la reforma al Código de Procedimiento Penal y que esta norma favorece el sometimiento de las gentes del cartel de Cali y de otras organizaciones enemigas de Pablo Escobar. La segunda, que esos mismos instigadores le hayan vendido la idea a la guerrilla de que, como ponente de la ley de Orden Público, Londoño se habia colocado del lado de la represión".
Según las autoridades, esto no es nuevo en Colombia. En otras ocasiones se ha analizado la posibilidad de que grupos con armas hayan sido instigados a asesinar a un dirigente regional por sus enemigos políticos. A mediados de los años 80 en el departamento del Meta el fenómeno se vivió de manera dramática: mientras los dirigentes de izquierda acusaban a los liberales y conservadores de patrocinar grupos paramilitares, y esto llevaba a la guerrilla a actuar en su contra, los dirigentes liberales y coservadores acusaban a los de la izquierda de colaborar con la guerrilla, y por cuenta de ello los grupos paramilitares los perseguían y mataban. Algo similar se dio entre algunos dirigentes locales de Norte de Santander en la misma época, cuando, se dice, un grupo liberal que mantenía buenas relaciones con el ELN incitó a los terroristas a actuar contra otro grupo liberal con el cual el primer grupo se disputaba algunas alcaldías. "Para instigar -le dijo a SEMANA una fuente de seguridad- basta con acusar de amigo de la guerrilla o de los paramilitares a alguien, pues en muchas regiones con eso se le cuelga la lápida".
Aún es temprano para saber si la teoría de la instigación va a consolidarse. Es difícil pensar que la situación de violencia Colombia haya llegado tan lejos, y requiera explicaciones tan dramáticas como estas. Pero por lo pronto, y ante el hecho de que estos rumores macabros han cobrado fuerza en los corredores del propio Congreso, son muchos los parlamentarios que han comenzado a creer que el debate electoral se debe desarrollar con un lenguaje que evite a toda costa que los grupos violentos puedan interpretar, en un discurso o en una declaración de un candidato al Congreso, la sentencia de muerte de su adversario político.
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