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| 8/22/2011 12:00:00 AM

San Francisco: el barrio que tronó

El vecindario, en el que vivían 2.440 familias, se vino a tierra. Se construyó hace más de 40 años sobre un lago que se rellenó con basura. Hoy son calles hundidas, casas con túneles, muros corridos y zanjas que atraviesan el suelo.

Los habitantes del barrio San Francisco en Cartagena no olvidarán el sábado 13 de agosto porque ese día, a las 9 de la mañana, las calles se levantaron, los patios se fueron de lado, las paredes se movían y los techos se caían. “La tierra rugía como un árbol seco cuando se rompe”, cuenta Ludis Cantillo, una mujer que compró su casa en 1980 con los ahorros de 15 años de trabajo en Caracas, Venezuela.

Su casa y otras 1.526 viviendas se desplomaron literalmente en una de las peores tragedias que ha vivido Cartagena en los últimos años. Quinientas cincuenta viviendas construidas por el desaparecido Instituto de Crédito Territorial en los años 70 y 976 viviendas construidas y mejoradas durante 40 años por familias invasoras, se fueron al piso y dejaron sin vivienda a 2.440 familias (12.000 personas, aproximadamente). La diferencia de más familias que viviendas da una idea del hacinamiento en que vivían. Los funcionarios del Distrito han encontrado hasta cuatro y cinco familias en una casa.

San Francisco está al otro lado del cerro de La Popa, en la Cartagena pobre y mayoritariamente negra. Es una zona donde pululan las ollas de venta de drogas, donde cada día las pandillas se enfrentan disputándose territorios para atracar y extorsionar a comerciantes y vecinos, donde la mayoría de sus pobladores vive del rebusque. Fue en este barrio donde le robaron la cámara a Pirry mientras grababa un programa en el que denunciaba esta realidad y todos los vecinos vieron y supieron dónde escondieron el equipo, pero nadie dijo nada.

En este sector, la Secretaría de Participación Ciudadana encontró los más altos niveles de desescolarización, hacinamiento y embarazo a temprana edad. Es la ciudad que los turistas no ven o si llegan a saber que existe es por casualidad. Solo la ven desde el aire, cuando los aviones vuelan sobre miles de casitas de madera a orillas de calles polvorientas y de caños de aguas putrefactas.

Desde noviembre, el barrio San Francisco es noticia porque el invierno derrumbó 200 viviendas. En ese momento el gobierno distrital pudo reubicar a 160 familias y después de un censo convencieron a otras 339 familias, en riesgo, para que se fueran a vivir temporalmente en arriendo pagado por el Estado.

San Francisco, cuentan Teresa Bermúdez y Lucila Hoyos, quienes llegaron en el año 1964, era el basurero municipal conocido por los cartageneros como ‘Ambos hieden’. Eran pastizales a orillas de la ciénaga de la Virgen y el Caño de Juan Angola, donde entonces se podían pescar lebranches y sábalos, y cogían almejas y caracoles. Ana Celina de Franzual, una octogenaria, dice que cuando llegó de Marialabaja en 1963 había ranchitos de madera y cartón, que ella hizo el suyo y el Inscredial le ofreció un lote y materiales para que construyera su casa, la que pagó vendiendo pescado.

Ahora todos tienen que mudarse. Doris Heredia, quien llegó en 1968, dice que su casa se comenzó a agrietar en noviembre, que cada año aparecían fisuras, pero las resanaban y seguían como si nada. Pero el sábado se cayeron dos cuartos mientras dormían y pensaron que era un temblor porque el piso traqueaba y la gente salía a la calle despavorida y con angustia sacaba los bienes que podía para que no se dañaran. Osiris Pereira, quien llegó de Sincelejo a finales de los años 70, tiene también que irse porque las paredes están cuarteadas y los pisos abiertos. Osiris observa con guayabo la caída de las casas y la partida de sus vecinas Amalia y Estefanía, pues no se trata para ella del derrumbe de viviendas, sino de tener que empezar una nueva vida en otro lugar de la ciudad.

Inicialmente se pensó que las casas se cayeron por la erosión del cerro. Pero el Distrito contrató un estudio con la Universidad de Cartagena y los resultados preliminares, conocidos en junio, indican que en el sitio donde se construyó el barrio había un lago que fue cegado con la basura y los rellenos que hacían los invasores. Y bajo el cerro hay un ojo de agua que manaba por los bordes de los andenes, en algunas casas y en la parte alta del cerro. Pero la ola invernal saturó el subsuelo, lo que terminó provocando el desplazamiento de masas de tierra y el hundimiento de otras, por eso hay calles hundidas o levantadas y casas con túneles y cavernas bajo los pisos; unas alzadas, otras hundidas, muros corridos y zanjas que atraviesan el suelo.

La gravedad del fenómeno obligó a las autoridades distritales a declarar en emergencia un total de diez hectáreas. San Francisco está a dos cuadras de la pista del aeropuerto Rafael Núñez, y por eso se temió que hasta allá llegara el desastre, pero la pista está aislada por el caño de Juan Angola.

El desplome de San Francisco, creen algunos vecinos, se ha podido evitar, porque, según ellos, el Inscredial sabía que los terrenos no eran aptos para vivienda. William Rodríguez, un albañil que vive en la frontera hasta la que llegó la tragedia y que dice que no abandonará su casa porque con 200.000 pesos que le ofrecen para mudarse en arriendo no le alcanza, sostiene que el daño fue ocasionado porque metieron tubería de acueducto y alcantarillado de cemento que se rompió y comenzó a filtrar agua, porque los invasores deforestaron y después pavimentaron calles y construyeron casas, lo que provocó la saturación del suelo que no encontraba por dónde respirar.

La solución que se está estudiando para evitar que se extienda ‘la falla’ es filtrar el agua que está almacenada bajo el cerro, pero hay que retirar los escombros de las 1.526 viviendas destruidas. El Distrito y el Ministerio de Vivienda y Ambiente han acordado entregar viviendas de interés social a 1.890 familias y reconocer hasta 70 millones de pesos a los propietarios de 550 casas adquiridas al Inscredial.

Un tendero dice que la naturaleza acabó con lo que las autoridades no pudieron: el nido de las pandillas de Los Tronquitos, Los Poquitos y Los Matarratas. A la parte más alta del barrio no se atrevían a entrar ni los policías, pues, algunos por temor y otros por complicidad, encubrían a los criminales que se escondían en San Francisco, el barrio que desapareció.





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