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| 6/16/2014 12:12:00 AM

Santos modelo 2014

El segundo gobierno de Juan Manuel Santos será diferente del primero. Centrado desde el inicio en la paz, con deudas pendientes en infraestructura, salud y educación y con una oposición más activa en el Congreso.

Los votantes que reeligieron al presidente Santos este domingo no son los mismos que le dieron la victoria hace cuatro años. La coalición ganadora de 2014 es diferente política, ideológica y geográficamente a las mayorías uribistas de 2010. El primer mandatario conservó la Casa de Nariño a la cabeza de una alianza variopinta entre Unidad Nacional, verdes e izquierda alrededor de la paz y obtuvo un mandato suficiente pero lejos de los más de 9 millones de votos de su primer triunfo. Cabe entonces preguntarse si ese movimiento de Santos de la derecha a la centro-izquierda afectará la agenda, el estilo y la política de su segunda administración. Como en las películas, ¿será que las segundas partes nunca son tan buenas como las originales?

En los países con tradición reeleccionista los segundos periodos son para los mandatarios tan complicados como liberadores. En la mayoría de los casos, los presidentes son recompensados por una primera administración exitosa con una cómoda y abultada victoria– como fue el caso de Álvaro Uribe en 2006– y esas altas expectativas del electorado chocan con gobiernos aislados y soberbios. En otras ocasiones, la reelección llega tras una campaña sufrida donde quedan expuestas las debilidades y falencias del gobierno en ejercicio, como podrían clasificarse los comicios de este año. 

Pero el hecho de no tener que enfrentar más elecciones les permite a los presidentes consolidar su legado y garantizar su puesto en la historia. Como sus nombres no volverán a estar en ningún tarjetón, los mandatarios se liberan mucho de los cálculos políticos y se permiten lujos como impulsar agendas más personales o apostarle a iniciativas que tuvieron que ser abandonadas en el pasado. Ese fue el caso de Bill Clinton y Barack Obama en Estados Unidos tras su respectivas reelecciones en 1996 y 2012.

Las victorias reeleccionistas también les abre a los presidentes la oportunidad de superar errores o escándalos de sus primeros mandatos y reinventarse con nuevas agendas y programas para sus segundas administraciones. Un ejemplo es el segundo periodo del mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien superó un grave escándalo de corrupción y salió del Palacio de Planalto con altos índices de popularidad. 

Por último, los segundos gobiernos no están exentos de dificultades producidas por pugnas internas dentro de las coaliciones políticas,  por fatiga del electorado ante el mandatario o el agotamiento de fórmulas o de programas exitosos. Una experiencia parecida está actualmente sufriendo la jefe de Estado argentina Cristina Fernández de Kirchner. Tras ganar la reelección con amplia ventaja en 2011, su segundo periodo ha estado plagado de escándalos, protestas ciudadanas y acusaciones de enriquecimiento. La tradición contemporánea de reelecciones inmediatas en Colombia es tan reciente –solo dos en 2006 y 2014– que es imposible usar el espejo retrovisor histórico para buscar paralelos o enseñanzas. 

Todavía es temprano para especular sobre qué tipo de segunda parte será la nueva administración Santos. No obstante, tanto la contienda electoral como el primer cuatrienio sirven de guía para hablar de las diferencias que desde ya se perfilan entre los dos gobiernos. En materia política el presidente reelecto no gozará de las amplias y cómodas mayorías que le permitieron tramitar y aprobar entre 2010 y 2012 un bloque importante de reformas constitucionales e importantes paquetes legislativos como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.
   
Con una bancada opositora liderada por el expresidente Álvaro Uribe sumándose a los tradicionales contradictores de izquierda,  el impulso de la agenda legislativa del gobierno se dificultará (ver siguiente artículo). Iniciativas de ley asociadas a los procesos de paz con la guerrilla, las Fuerzas Militares, la política de seguridad y la fiscal, que afectan directamente la doctrina del uribismo, enfrentarán férreas posturas contrarias desde el Centro Democrático. Sin la aplanadora de la Unidad Nacional que caracterizó su primera administración, Santos deberá escoger con cuidado las prioridades a las qué gastarles capital político en el Congreso. En su segundo mandato, la Casa de Nariño verá reducida su capacidad de maniobra parlamentaria y limitado su poder de impulsar grandes reformas. 

Sin embargo, la coalición santista modelo 2014 es más variada e  inclinada hacia la izquierda del espectro político y es probable que eso genere ajustes a la agenda social y económica de la primera administración. Dirigentes del Polo, el petrismo, los verdes y la Marcha Patriótica podrán exigirle al nuevo gobierno algún grado de participación burocrática o influencia en los diálogos de paz a cambio del vital respaldo prestado hacia la segunda vuelta. A diferencia de los equipos ministeriales del primer cuatrienio construidos con amplia libertad por el presidente, Santos deberá incluir al menos en su primer gabinete a liberales, vargaslleristas, La U sumados a uno que otro que venga desde la izquierda. 

La agenda de gobierno también marcará diferencias entre la primera y la segunda administración santista. El periodo 2010-2014 se caracterizó por una ambiciosa agenda reformista, el lanzamiento de las cinco “locomotoras de la prosperidad”, la apuesta por la política rural y, en la segunda mitad, el compromiso con el proceso de paz con las Farc en La Habana. Lamentablemente, el balance de los resultados en esos distintos frentes es agridulce. A pesar de contar con positivas cifras en estabilidad macroeconómica, desempleo y reducción de la pobreza, la campaña reeleccionista no ganó la contienda gracias a esa gestión. Solo la “locomotora” de la vivienda fue identificada por los electores como un factor para reelegir a Santos.

 En su primera administración Santos creó altas expectativas en áreas como la infraestructura, la promoción del campo y la inversión regional que no pudo cumplir a cabalidad. Tiene en este “segundo tiempo” la oportunidad de recoger lo sembrado en el tramo final de este cuatrienio que termina. Es probable que Santos mejore sustancialmente su imagen y la percepción de su gestión conforme las iniciativas en marcha en las distintas carteras empiecen a dar sus frutos. 

Otras áreas donde el segundo mandato santista debe llenar un déficit son las reformas a la salud y la educación. Durante la campaña presidencial las encuestas reflejaron que los ciudadanos están poniendo estos dos temas dentro de las prioridades que debería abordar el próximo gobierno. De cómo plantee la Casa de Nariño la estrategia parlamentaria, de quiénes integren esas carteras y de cómo impulse las reformas en la opinión pública dependerá que Santos finiquite esa agenda social pendiente. 

Lo que le dio la victoria al presidente fue la promesa de la paz. La diferencia más marcada entre los dos gobiernos de Santos será alrededor del proceso con las Farc en La Habana y el naciente con el ELN. El triunfo electoral de este domingo es claramente un empujón a las mesas de diálogo y un nuevo aire para la Casa de Nariño en el manejo de las conversaciones. Una mayor presencia de la agenda de paz y reconciliación en los primeros meses de la segunda administración ratificarán el giro de Santos como producto directo de los resultados de la segunda vuelta. 
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