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| 5/16/2014 4:00:00 AM

Santos y Petro, una pareja dispareja

La llegada de Gustavo Petro a la campaña de reelección de Santos tiene una razón noble, la paz, pero puede que no le sirva a ninguno de los dos lados.

“El presidente de la República mintió”, gritó Gustavo Petro en el balcón del Palacio Liévano la noche del pasado 19 de marzo en que Juan Manuel Santos anunció su destitución. Esa no sería ni la primera ni la última vez en los meses recientes que el alcalde de Bogotá atacaría al primer mandatario. Petro trató a Santos de torpe y de estar “incapacitado para hacer la paz de Colombia”.

Por su parte, el jefe del Estado no solo ignoró las medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que protegían a Petro sino que también criticó su liderazgo. Santos dijo que al alcalde bogotano lo convirtieron en “mártir”, que era un “mal alcalde, sin duda alguna” y que tenía reservas ante su capacidad de llegar a ser el “gran líder de la izquierda”. Eso sin contar que huestes santistas y petristas llevan meses atacándose unos a otros en el pulso por la Alcaldía capitalina.

Por esa “guerra declarada” entre ambos dirigentes causó estupefacción el anuncio la semana pasada de un acuerdo entre el movimiento Progresistas y el liberalismo en torno al proceso de paz y a la ampliación de políticas petristas a otras regiones del país en un eventual segundo gobierno de Santos. En otras palabras, el alcalde de Bogotá dejaba colgado de la brocha a Enrique Peñalosa, aspirante de su partido Alianza Verde, para apoyar la reelección. Ese mismo día el Consejo de Estado le daba a Petro las medidas cautelares que le permitirían mantenerse en su cargo hasta diciembre del próximo año.

En política es el pan de cada día que los enemigos a muerte acaben abrazándose. Eso sucedió con Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, con Santos y Rafael Pardo, con Santos y Germán Vargas y así sucesivamente. Sin embargo, en este caso salen más a flote las incoherencias que las ventajas estratégicas. Estas últimas sin duda existen y ese extraño matrimonio en teoría tiene sentido. Santos es muy débil en Bogotá donde el uribismo ganó las elecciones parlamentarias y Petro cuenta con respaldo popular y maquinaria. Que los Progresistas no apoyen a Enrique Peñalosa, además de acabar de enterrar su candidatura, le debería aportar votos de izquierda a Santos en la primera vuelta. Eso probablemente sucederá, pero lo que no se sabe es cuántos votos del centro le quita. En múltiples reuniones de santistas tibios la semana pasada se registraba una reacción negativa a este matrimonio forzado. El interrogante es si los votos que se pueden perder por esa reacción acaban siendo más de los que lleguen por el anuncio de Petro.

Por otra parte, la gran mayoría de los votos de la izquierda le iban a llegar de todas maneras a Santos en la segunda vuelta. El miedo a Uribe en el sector petrista es superior a cualquier reserva que esa corriente pueda tener frente al presidente. En otras palabras, después de la primera vuelta esa unión iba a darse sin costo político en los votantes de centro y centro derecha.

En términos de cálculo político podía haber una lógica. La entrada petrista a la reelección le granjea al alcalde bogotano el apoyo del primer mandatario a lo que queda de su mandato. Al firmar esta tregua con la Casa de Nariño, Petro gana un poderoso aliado a su causa de no salir destituido. En el peor de los casos, no habría elecciones atípicas y Santos escogería un sustituto de la misma entraña petrista.

Sin embargo, en términos de imagen puede que le haya hecho daño tanto al presidente como al alcalde. De hecho, para el electorado capitalino es confuso ver unidos a quienes hasta hace pocos días se mostraban los dientes por el control del Palacio Liévano. Tampoco están contentos líderes de ambos lados del matrimonio. Los congresistas electos Antonio Navarro y Angélica Lozano así como el concejal Carlos Vicente de Roux y otros dirigentes petristas rechazaron la posibilidad de votar por Santos. Del lado santista el candidato vicepresidencial Germán Vargas Lleras ha sido abierto contradictor de Petro por varios años y no debe estar contento con los nuevos invitados a la campaña reeleccionista.

En todo caso, si la creación del petro-santismo tiene algún efecto negativo en la primera vuelta, no lo tendrá para la segunda. En estos últimos días Álvaro Uribe ha sacado las uñas y la izquierda se está preparando para la gran batalla. El proceso de paz está de por medio, y aunque el expresidente ha logrado desprestigiarlo en muchos sectores, también ha radicalizado el apoyo de quienes creen que se trata de una oportunidad histórica que no se puede desaprovechar. La gran batalla por la paz no se va a definir el 25 de mayo, sino en la segunda vuelta, el 15 de junio.
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