Viernes, 28 de noviembre de 2014

| 2013/08/24 05:00

Santos recuerda a López Michelsen

En el homenaje del Partido Liberal por el centenario de Alfonso López Michelsen, el presidente dio un emotivo discurso. Aquí, sus principales apartes.

Santos recuerda a López Michelsen

A Alfonso López siempre le dije ‘presidente’. En efecto, la primera vez que lo vi —en Londres el 20 de julio de 1974— ya era mandatario electo de nuestro país, posición que había ganado después de una intensa campaña electoral y de una fulgurante carrera política de poco más de tres lustros, pues el presidente López —como bien se sabe— entró a la vida pública cumplidos ya sus 45 años.

Alfonso López fue, ante todo, un estadista. Fue un hombre de ideas que —como hizo carrera la frase— ponía a pensar al país cada vez que hablaba o escribía. Siempre me impactó su estilo elegante y al tiempo descomplicado, su personalidad amable y a la vez distante, su profunda cultura y sus modales de lord inglés, su inmensa capacidad dialéctica y la amplitud de su mirada sobre el país. Y ahí comencé a entenderle su pragmatismo. 

A la sazón yo ocupaba el segundo cargo en la delegación de Colombia ante la Organización Internacional del Café, y me llamó don Arturo Gómez Jaramillo, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, para pedirme que me pusiera a disposición del doctor López. Así lo hice, a sabiendas de que el nuevo presidente había pedido no ser importunado y quería pasar un tiempo de descanso en la ciudad, sin actos protocolarios ni sociales. Lo llamé y —cuál sería mi sorpresa— me dijo “invíteme a almorzar mañana”. 

Al otro día se cumplió la cita. Ese día nos quedamos hablando como unas cinco horas, de lo divino y lo humano. Algunos meses después, el presidente se trajo a Colombia a mi jefe inmediato, el doctor Juan Camilo Restrepo, para que lo acompañara como asesor de la Junta Monetaria, y don Arturo Gómez propuso que yo lo reemplazara al frente de la delegación, una posición muy importante que ya habían ocupado personajes de la talla de Alfonso Palacio Rudas y Jaime García Parra.

Yo tenía escasos 23 años y se armó una discusión en el seno del Comité Nacional de Cafeteros, donde había prohombres del café como Hernán Jaramillo y Leonidas Londoño, sobre si estaba o no preparado para semejante tarea. Pero don Arturo insistía. Cuando el presidente López se enteró, me llamó a Londres: “¿Usted se siente capaz?”, me preguntó a rajatabla. “Por supuesto”, le contesté. “Entonces considérese nombrado”, me dijo. Y fue así como le debo a él mi primer nombramiento en un cargo de primer nivel.

López Michelsen siempre creyó en los jóvenes y en su capacidad para asumir cargos de responsabilidad, como lo demostró conmigo, y también creyó en las mujeres —en tiempos en que no existía la Ley de Cuotas— y fue un presidente que gobernó rodeado por ellas en altos cargos del gobierno. ¡Y no solo en el gobierno! Toda su vida vivió rodeado de mujeres, bonitas o inteligentes —y, las más de las veces, bonitas e inteligentes—, y digo ‘rodeado’ en el mejor sentido de la palabra. 

López, como todos saben, era uno de los colombianos mejor informados en los temas de política, pero también en las minucias de la vida social. Un día le pregunté cómo lo hacía y me dio la fórmula: “Uno las llama y se queda callado por unos segundos. Entonces ellas se ponen nerviosas y comienzan a contar de todo”.

Recuerdo también con mucho afecto un día de clásica niebla londinense cuando lo acompañé a la colocación de una placa conmemorativa en la casa 33 de la calle que considero la más linda de todo Londres —Wilton Crescent—, conmemorando que allá había vivido su padre, quien además murió en la capital inglesa. Tengo ese momento muy presente porque fue una de las pocas veces en que lo vi con los ojos aguados. 

Él me dio buenas luces para escribir muchos de mis editoriales en El Tiempo, e incluso me ayudó a escribir uno histórico en el que, aprovechando la ausencia de mi tío y de mi padre —porque si hubieran estado no me hubieran dejado— defendí la séptima papeleta para convocar la Asamblea Constituyente. 

Rafael Pardo cuenta que ese editorial fue determinante para que el presidente Barco se decidiera a avalar el procedimiento de la séptima papeleta. Y valga aclarar que el presidente López me ayudó a pesar de que tenía sus reservas sobre la convocatoria de una Asamblea Constituyente, reservas que luego confirmó cuando la Corte Suprema le concedió atribuciones ilimitadas.

Recuerdo también una invitación de Víctor Renán Barco a una manifestación en La Dorada, su fortín político. La plaza hervía de calor y de gente, y era una sola mancha roja, y fue allí donde me tocó dar mi primer discurso de plaza pública, luego de la intervención de López. Él dijo, con su chispa de siempre, que hacía 40 años un Santos y un López no hablaban desde la misma tribuna. Y era cierto.

 

Hablar del presidente López bien puede ser un cuento de nunca acabar. Son tantas sus facetas humanas; tan variadas sus actividades, sus obras y sus intereses, que cada una daría para una tesis. López, el constitucionalista, maestro de generaciones, puso su impronta en la reforma constitucional de 1968 y orientó con su opinión —desde fuera— las deliberaciones de la Constituyente que dio a luz nuestra actual Carta.

López, el rebelde: el hombre de avanzada que tuvo la audacia de fundar y liderar el Movimiento Revolucionario Liberal en contra de las tradicionales mayorías políticas; el liberal de tiempo completo que reformó el Código Civil para asegurar la igualdad legal de la mujer, que hizo posible el matrimonio civil y su divorcio. López, el pragmático: con él hablábamos mucho sobre la diferencia ente la escuela realista y la idealista en la diplomacia y la política. 

A la escuela realista pertenecía Kissinger, por ejemplo; a la idealista, Woodrow Wilson. La diferencia se puede resumir en que los realistas asumen los problemas del mundo de acuerdo a como el mundo es, en tanto los idealistas lo hacen de acuerdo a como quisieran que fuera. 

También recordamos a López, el gobernante: el que se propuso avanzar en “cerrar la brecha” de desigualdad —algo que hoy seguimos haciendo con absoluta convicción—, el que reactivó la explotación petrolera, el que manejó con prudencia la bonanza cafetera y puso coto a la deuda externa cuando el resto de la región se endeudaba sin medida.

Y aquí hay otra historia que vale la pena contar. Cuando el presidente Lleras Restrepo le ofreció a López, después de haber sido gobernador de Cesar, el Ministerio de Relaciones Exteriores, esa era una noticia espectacular, pues confirmaba el fin del MRL y la unión liberal. El expresidente Eduardo Santos, sin embargo, en ese ejercicio de vanidad o de soberbia —diría yo— que tienen algunos exmandatarios —y ruego todos los días a Dios que me proteja de caer en esas veleidades del espíritu— se enfureció con ese nombramiento porque Lleras, de quien era mentor, no le había consultado.

Fue tal su furia que dio la orden a El Tiempo de no publicar la noticia. Mi padre, que nunca quiso rendir pleitesía a su tío y no se dejaba manipular como periodista, decidió publicarla —¡era una supernoticia!— y eso acabó de dañar una relación que no había sido propiamente fluida, lo que después se reflejó en el testamento del presidente Santos. Fue así como mi padre perdió las acciones de El Tiempo que le habrían correspondido pero recuperó la amistad con López, una amistad que mantuvo hasta el fin de su vida. Me parece que hizo un buen negocio… así yo a la postre resultara damnificado.

Hay que resaltar también a López, el internacionalista: el que, como canciller, cambió el polo del país desde el norte hacia nuestros vecinos; el que reanudó relaciones con Cuba y fue pieza fundamental en la devolución del Canal de Panamá a los panameños; el conocedor a profundidad de nuestros litigios con Venezuela y Nicaragua. 

Y López, el pacifista: el hombre solidario que trabajó por la paz siempre que pudo con absoluta generosidad; el que defendió la aplicación y vigencia del Derecho Internacional Humanitario en nuestro conflicto armado; el que luchó hasta el último día por los secuestrados, al lado de sus familias; el que a sus 94 años —seis días antes de morir— se puso una camiseta blanca y tuvo fuerzas y ánimos para participar en la marcha del país por la libertad.

O, finalmente, López, ‘el pollo’: el orgulloso nieto de Rosario Pumarejo Cotes; el creador de Cesar y su primer gobernador; el cofundador del Festival Vallenato; el infatigable conversador e inmejorable amigo, que decía —según contaba Escalona— que “con los acordeones y cantando vamos a lograr la paz del país”.

Al recordarlo hoy, al hacer este breve pero sentida semblanza, nos damos cuenta de la trascendencia que tuvieron su vida, su palabra y su obra, que lo convirtieron en uno de los líderes que ejerció mayor impacto e influencia en nuestro país en la segunda mitad del siglo pasado. Parece increíble que haya partido hace ya más de seis años. Tan cerca y tan presente lo sentimos. 

Recuerdo la última vez que lo vi, el día de su último cumpleaños, el 30 de junio del 2007. Él estaba en Anapoima y dijo que me quería ver. Yo también estaba allá y acudí de inmediato. Lo encontré en la cama, en su cuarto, y me senté a su lado. 

Hablamos de varios temas, como siempre —por entonces yo era ministro de Defensa—, pero recuerdo vívidamente lo que me dijo al final: “Juan Manuel: lo que le recomiendo es que siempre siga los dictámenes de su conciencia y de su corazón, que a veces coinciden pero a veces no. Cuando no coincidan, encuentre y fije usted mismo el término medio”.

López murió 11 días después… 

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