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| 6/5/2016 9:05:00 AM

Sara Galeano, otra colombiana que lucha por ser repatriada de China

Se trata de la segunda connacional condenada por narcotráfico que podría regresar al país por razones humanitarias. Su hermana, Diana, pide al gobierno agilizar el proceso.

El 25 de agosto del 2009 Sara María Galeano viajó a China y fue arrestada por porte de estupefacientes. En un primer juicio la condenaron a cadena perpetua. A los tres años de encierro la condena tuvo una disminución a 19 años. Dos años después, tras un tercer juicio, se le fijó una condena de 18 años y 3 meses de los que ha pagado ya seis años y medio en la cárcel de Dongguan, provincia de Guangdong, en el sur de China.
 
Sin embargo, el 30 de enero de este año, se hizo público en la página del Ministerio de Justicia que Sara Galeano se convertiría, en abril, en la segunda colombiana repatriada de ese país. El primero fue Harold Carrillo, quien fue condenado a cadena perpetua en ese país por los mismos motivos. Pero tras una batalla judicial y el acompañamiento del gobierno colombiano, se le permitió que continuara con su condena en Colombia.
 
La decisión de la repatriación obedece a razones humanitarias: Galeano padece aquel temible virus de transmisión sexual que, a pesar de ser crónico, hoy en día es tratable y no necesariamente mortal. Pero en China el tratamiento que se le hace no es el apropiado y, con el tiempo, su salud se ha deteriorado.
 
El pasado 30 de enero, la Cancillería colombiana hizo el anuncio. La repatriación, sin embargo, no se ha hecho efectiva y su familia teme por su salud. En diálogo con Semana.com, Diana Galeano, su hermana, pide al gobierno agilizar el regreso.
 
Semana.com ¿Qué pasó con Sara María Galeano. ¿Cómo lo vivió usted?

Luz Diana Galeano: Sara le pidió a una hermana que la acompañara al aeropuerto. Nunca dijo para  dónde se iba. Siete meses después me llamó y me dijo que estaba presa en China por porte de estupefacientes. No había llamado antes porque no se lo habían permitido. En esa llamada me dijo que pronto me volvería a llamar porque le sacarían una audiencia para establecer su condena. Primero la condenaron a cadena perpetua, luego se la rebajaron a 18 años en prisión.
 
Semana.com: ¿Cómo se encuentra su hermana?

L. D. G.: A los tres años de haberse ido me contó su estado de salud. Yo no sé si el virus lo contrajo antes de viajar o en China. Me pidió que no se lo dijera a mi mamá. Empecé a ir a la Defensoría a pedir la repatriación. Me respondían que eso era muy difícil, pero su situación era crítica. Le han cambiado los medicamentos y desde febrero tiene un daño estomacal crónico. Está pesando muy poco (mide casi 1,70 y está en 44 kilos) y tiene las defensas muy bajitas. Igual sigue trabajando, dando lo mejor de ella. Pero lo que ellos piden siempre es alto y ella en esa condición no puede darlo todo.
 
Semana.com: ¿Cuál es su actual estado de salud?
 
L. D. G.: El cambio de medicamento le produjo una piquiña insoportable. Tengo entendido que se hizo porque el virus está muy avanzado, pero le hizo mucho daño. Desde diciembre pasado mi familia sabe sobre su enfermedad, pero no es mucho lo que hemos podido hablar con ella porque puede llamar cada mes, por diez minutos. Ha sido muy duro para ella y para la familia porque nosotros la queremos mucho. Mi papá murió hace cinco años, con ella estando allá. Le dio mucha depresión y mucha tristeza.
 
Semana.com: ¿Qué le han dicho recientemente sobre la repatriación de su hermana?

L. D. G.: Es incierto. Sé que está en trámite su repatriación en Beijín y que posiblemente en cualquier momento tendremos buenas noticias, pero el tiempo apremia y la realidad de la situación de mi hermana es complicada. En enero el ministerio de Justicia publicó la noticia de que su repatriación sería en dos meses, ya pasaron y no ha sido posible. He tocado todas las puertas pero la Cancillería no me ha dicho nada. A veces pienso que quisiera que se me abriera esa puerta gigante para la repatriación de mi hermana, pero no sé qué es lo que pasa. Es complicado. Me queda primero la misericordia de Dios.
 
Semana.com: ¿Cuándo fue la última vez que algún delegado del gobierno visitó y habló con su hermana?

L. D. G.: Juliana Ortega, cónsul delegada en Dongguan, la visitó el 25 abril. Sara le preguntó cómo iba la repatriación y ella le respondió que no creyera nada, que todo lo que dicen en Colombia es mentira. ¿Cómo uno va a decirle algo así a alguien lleno de ilusiones que está tan enfermo? Luego me dijeron que el 16 de mayo habían vuelto a hacer la solicitud en Beijín para la repatriación de Sara. Un día dicen una cosa, al otro día otra.  
 
Semana.com: ¿Cómo le ha descrito el trato en la cárcel?

L. D. G.: Está en una cárcel de hombres, pero dice que allá la respetan mucho. El trato es fuerte, difícil. Se queja del alimento. Y como está tan enferma, todo es más complicado. Yo solo espero que vuelva pronto. En todo caso aprovecho para pedirle perdón al gobierno chino por lo que hizo mi hermana. Fue una mala decisión que no debió ocurrir, pero es un ser humano que merece una oportunidad.
 
Semana.com: ¿Cómo es su familia?

L. D. G.: Somos nueve hijos, ella es la sexta y ella dice que yo soy como su segunda mamá. Sara se fue de 30 años a China, hoy tiene 37. Su relación con la familia siempre fue muy buena. Trabajaba en una peluquería como estilista. Tenía la peluquería en el barrio Panorama donde la querían mucho. Nunca le hicieron nada, nunca tuvo problemas con nadie. Las personas sentían respeto hacia mi hermana. Era muy caritativa con las personas de su condición. Inclusive ella acogía a personas de la comunidad LGBT con su misma enfermedad. Una vez acogió a dos, que echaron de todas partes, y las atendió en su casa hasta que murieron.
 
Semana.com: ¿Cómo recibió la familia la condición sexual de Sara?

L. D. G.: Cuando pequeñas vivíamos en Quinchía. La gente se empezó a dar cuenta de su condición y le decían cosas muy fuertes, no la bajaban de loca. Yo me paraba ante los muchachos y les pedía respeto,  decía que la respetaran. Cuando la situación se volvió más crítica se vino para Pereira. Ahí se empezó a vestir como mujer. Tenía 14 años. Le dijo a mi mamá y a mis hermanos. Yo siempre lo supe pero nunca lo dije por respeto a ella. Cuando asumió su nueva identidad montó su peluquería, en la que trabajó hasta el viaje a China. Cambió su cédula y su registro civil en Pereira. Se hacía respetar entre sus hermanos y hasta en las reuniones. Todos bailaban con ella, mi tío, mi esposo, tratándola con mucho respeto y como a una damita.

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