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| 7/20/2012 12:00:00 AM

Sargento Rodrigo García: lágrimas de honor

Esta es la historia del sargento Rodrigo García, el soldado que lloró de impotencia mientras era cargado a la fuerza por la guardia indígena del Cauca. Su imagen estremeció al país.

Una imagen dice más que mil palabras y en el caso del sargento Rodrigo García fueron millones. Las lágrimas de impotencia que se vieron a través de los noticieros de televisión y los periódicos llegaron con un nítido mensaje a todos los colombianos: indignación.

Esa es la reacción que causó el episodio del martes 17 de julio, en el que 600 guardias indígenas alzaron por la fuerza al sargento García y empujaron al centenar de soldados que custodiaban las antenas de comunicaciones ubicadas en el cerro Berlín, zona rural de Toribío.

La misión de los indígenas era expulsar a los militares de la zona en señal de neutralidad frente a la guerra contra las FARC, pero por cuenta de las lágrimas del sargento García, el poco respaldo que tenía esa polémica cruzada hizo que el país rodeara al Ejército.

Sin duda, lo ocurrido con el sargento García es apenas una muestra de los enigmas que encierra un país en guerra y la visión que tienen sus habitantes del conflicto. De otra forma no podría explicarse la indignación que causó el llanto de impotencia del sargento, frente a otros episodios aún más crueles como la muerte de soldados durante una emboscada.

El protagonista de ese milagro es un humilde opita de ojos verdes, piel blanca y una sonrisa que siempre está pintada en su rostro. Aunque tiene 31 años, es soltero, vive con su mamá en Neiva y su papá es un pensionado que hace varios años se alejó del hogar.

Hace apenas quince días llegó al Cauca y en esa región, donde los militares son vistos con recelo, ya es considerado un héroe. La admiración radica en que pese a su condición de superioridad (fusil, granadas, gases, cuchillo) ante los indígenas que lo humillaron, no intentó hacer uso de sus armas. El propio líder de la guardia indígena Feliciano Valencia, no duda en reconocer que lo ocurrido con García fue un “lamentable error”.

SEMANA estuvo junto al sargento durante la retoma del cerro Berlín el pasado miércoles y entre gases lacrimógenos y ráfagas de viento, que parecen huracanes a 2.250 metros de altura, logró constatar que en verdad el soldado García es un hombre de paz, pese a empuñar un arma. “Nunca en mi vida apuntaré mi fusil contra un civil”, dijo a lo largo del diálogo con esta revista.

Sin vacilar, insistió en lo que ya todos los colombianos sabían, que sus lágrimas fueron de “humillación, indignación e impotencia”, y que no se arrepiente de haber reaccionado de esa manera y “lo volvería a hacer si con ello estoy velando por la vida e integridad de un civil”.

Aunque lleva 13 años de servicio en el Ejército, confiesa que nunca pasó por una situación tan compleja como la del pasado martes. “Aquí nos enseñan a respetar los derechos humanos, pero jamás a reaccionar en casos concretos como el que tuve que afrontar”, argumentó mientras daba instrucciones a sus hombres de custodiar otra parte del cerro por donde avanzaban los indígenas.

Nunca olvida orar antes de iniciar una operación y asegura creer fielmente en “Dios y la Nación”. En cuanto a los amuletos de batalla, dice que el suyo son los compañeros de la unidad que comanda: “mi vida está en sus manos, y las suyas en las mías”.

Durante la charla con SEMANA, un periodista de una cadena radial nacional le puso un teléfono para que contara en vivo el momento de esa imagen que le dio la vuelta al mundo, pero cuando apenas empezó a entrar en confianza con su entrevistador, entró una llamada por el radioteléfono con un mensaje contundente del mando: “Le queda prohibido hablar con los medios”.

Pese a ello, García no borró su sonrisa y con una convicción casi celestial, cerró la conversación diciendo: “este es el momento en el que me siento más orgulloso de pertenecer al Ejército”.
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