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| 1/14/2012 12:00:00 AM

¿Se acabaron las lunas de miel?

La idea de que los gobiernos arrancan con un período de gracia que se agota se volvió obsoleta con la posibilidad de la reelección y con otras realidades políticas nuevas.

Las lunas de miel no duran por eso son tan apreciadas. Sin embargo, los pronósticos que desde el comienzo del gobierno de Juan Manuel Santos vaticinaban una caída de su imagen y de su gobernabilidad no se han cumplido. Un año y medio en el poder no ha producido un desgaste en las encuestas, ni en la capacidad del presidente de liderar la agenda política. La oposición no ha ganado terreno y los medios mantienen, en general, una actitud muy poco crítica hacia el gobierno. A nadie se le ocurriría decir que Juan Manuel Santos tiene el sol a la espalda, o que lo va a tener muy pronto.

Aunque hay razones muy propias del estilo de gobierno del actual mandatario, y de su manejo de las comunicaciones, es muy probable que el viejo ciclo, que empezaba por un periodo en el que a los presidentes se les aceptaba todo y que terminaba con una etapa de debilidad y escasos márgenes de maniobra, quedó en el pasado. Álvaro Uribe gobernó durante ocho años sin que su imagen favorable y su gobernabilidad se deterioraran, y nunca conoció ese duro tránsito de sus antecesores que, en la etapa final de sus mandatos, contaban las horas para entregar el poder.

La idea de que los periodos presidenciales comenzaban con una luna de miel dulce pero breve se volvió obsoleta con la introducción de la reelección inmediata en 2005. El régimen actual, parecido al de Estados Unidos, estimula que los gobiernos duren ocho años y le da ventajas al mandatario que busca la reelección sobre los rivales de la oposición que pretenden desmontarlo. Quien está en el cargo tiene recursos estratégicos que no tienen sus competidores, derivados del uso ilegítimo del poder institucional. El presidente tiene la iniciativa y los demás candidatos, los retadores, con frecuencia tienen que reaccionar.

Antes de 2006, cuando estaba prohibida la reelección, el destape de nuevas candidaturas se producía apenas se posesionaba cada presidente y el debate prematuro generaba críticas a los gobernantes de turno, fraccionaba las coaliciones que apoyaban al Ejecutivo y, poco a poco, desplazaban la mayor capacidad de influencia desde el palacio de Nariño hacia el Capitolio. La capacidad de negociación de los parlamentarios se fortalecía: "el primer año es del presidente y los otros tres son nuestros", se decía en los pasillos del Congreso. Ahora, con las posibilidades de la reelección, a los políticos les conviene estar más cerca del Ejecutivo porque al presidente le corresponde, por derecho, la primera opción para seguir mandando. Alejarse del poder presidencial equivale a ingresar a un ingrato desierto político de ocho años.

El nuevo escenario es tan distinto al tradicional que Juan Manuel Santos no solo ha logrado mantener su coalición de gobierno -la Unidad Nacional- sino que ha podido aumentarla. Fue elegido con la misma alianza con la que gobernó Uribe y, una vez en el poder, la engrosó con fuerzas antiuribistas: el partido Liberal y los verdes. Según Fernando Cepeda, politólogo, exministro y exdiplomático, Santos echó mano de una tradición política muy colombiana -los gobiernos de coalición que siempre han regido, con la sola excepción de los cuatro años del esquema gobierno-oposición de Virgilio Barco- y conformó una poderosa alianza de cinco partidos, el 78,2 por ciento de las curules del Senado y el 85,5 por ciento de la Cámara. Los incentivos para estar en el poder son tan grandes que ni siquiera las profundas diferencias ideológicas y personales que existen entre Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe han producido el retiro del uribismo de la coalición de gobierno. De hecho, según Cepeda, "las críticas del uribismo al gobierno refuerzan los incentivos para que los antiuribistas sigan en la coalición". La alianza entre fuerzas diversas, que deliberan y pueden tener puntos divergentes que se discuten en la mesa de Unidad Nacional, le da una gran libertad al presidente, quien no depende de ningún partido.

El fin de las lunas de miel no es un fenómeno particular de Colombia. Las últimas cosechas de presidentes latinoamericanos está compuesta por presidentes que han logrado mantener su popularidad e iniciativa hasta el final. En Ecuador, un país que tuvo seis presidentes en diez años, Rafael Correa supera el 70 por ciento de favorabilidad. Daniel Ortega acaba de ser reelegido en Nicaragua. Lula da Silva, en Brasil, y Michelle Bachelet, en Chile, terminaron sus periodos en medio de altas cifras de aceptación. En general, todos los mandatarios de América Latina gozan hoy en día de mejor imagen que sus antecesores. "El fenómeno es continental, desde el año 2000: la estabilidad del apoyo a los presidentes no es solo colombiana", según el profesor de la Universidad Nacional, Francisco Gutiérrez.

Varias hipótesis explican el cambio de tendencia. Entre ellos, el debilitamiento de los partidos políticos. Su creciente irrelevancia, y su pérdida de prestigio, ha sido una constante en la región desde la segunda mitad del siglo XX. Los jefes de Estado han tenido que buscar mecanismos de comunicación más directa con las bases, lo que fortalece su apoyo masivo. En cambio, la oposición pierde terreno porque, dice Gutiérrez, "esa es una actividad que tienen que hacer los partidos". Incluso en el caso de presidentes con gestiones gubernamentales muy criticadas, como Hugo Chávez, conservan apoyo. El fin de los partidos y la debilidad de la oposición forman un terreno fértil para el caudillismo. Y no hay que olvidar, como dice el profesor Gutiérrez, que "América Latina en general vive una época de prosperidad". En años de crecimiento económico tiende a crecer el apoyo a la gestión de los gobiernos.

Lo anterior no significa que haya un patrón que inevitablemente tiene que cumplirse para todos los mandatarios. Jorge Londoño, presidente de Invamer y experto en opinión pública, dice que "tanto para los presidentes como para los alcaldes hay una etapa inicial, de anuncios y expectativas, en los que no hay críticas y se garantiza una popularidad de cerca de un 60 por ciento. Pero después, hacia el segundo año, la falta de resultados inmediatos genera desilusión y cuestionamientos. Es un momento crítico". En el caso de Juan Manuel Santos hay varios factores que le han permitido mantener la popularidad en el segundo año y superar esa coyuntura. La buena situación de la economía es el principal: las series estadísticas muestran, a lo largo de varios años, una coincidencia en las tendencias de crecimiento del PIB y de la favorabilidad presidencial. Y el 2011 fue un año de muy buen desempeño económico.

Los éxitos contra las Farc también han alimentado la popularidad de Santos y de su predecesor, Álvaro Uribe. El discurso de mano dura le da cohesión a la opinión pública frente al enemigo, y los golpes a la guerrilla son premiados por la opinión pública en un país que hace diez años llegó a creer que las Farc no se podían derrotar.

Finalmente, los dos últimos gobiernos en Colombia han diseñado sofisticadas políticas de comunicación estratégica desde la Presidencia que han resultado muy efectivas. El trabajo de los consejeros Jaime Bermúdez, en los primeros años de Uribe, y de Juan Mesa, en la actualidad, ha incorporado prácticas de gobiernos del mundo desarrollado, que incorporan nuevos medios de comunicación -diferentes a los tradicionales- y que les ha permitido mantener la iniciativa con innegables ventajas para los puntos de vista oficiales sobre los de la oposición. Los llamados spin doctors -expertos en comunicaciones estratégicas- han servido como antídotos para prevenir las quemaduras que produce tener el 'sol a las espaldas'.

¿Está blindado Santos frente al desgaste de su imagen? Una cosa es contar con una situación política favorable y, otra muy distinta, que la opinión pública haya dejado de ser exigente. Las demandas de resultados concretos frente a los principales problemas del país no podrían satisfacerse a punta de anuncios ni estrategias de imagen.
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