Martes, 24 de enero de 2017

| 1986/09/29 00:00

¿SE ACABO LA LUNA DE MIEL?

Un mes después de posesionarse, el gobierno de Barco no ha logrado arrancar

¿SE ACABO LA LUNA DE MIEL?

El primer día de la asamblea de la ANDI en Cali fue dedicado al problema del empleo y el segundo al de la inseguridad. Pero en los corrillos se había hablado siempre de otra cosa: el gobierno no arrancaba.
Virgilio Barco, después de haber roto todos los récords electorales de la historia, parecía estar a punto de romper otro récord: el de la luna de miel más corta de que se tenga memoria. No habían transcurrido más de 20 días del nuevo gobierno, cuando comentarios similares a los de la ANDI se repetían en diferentes círculos de la clase dirigente, tanto en el sector empresarial como en el político. El gobierno que muchos esperaban que fuera de hechos y no palabras, se estaba quedando en las palabras sin pasar a los hechos. A grandes rasgos, las críticas que se hacían eran que los nombramientos se estaban haciendo con gotero, que los funcionarios nombrados estaban improvisando mucho y, en términos generales, que al gobierno no se le veían objetivos claros.
Lo más sorprendente es que esto le ocurriera precisamente al gobierno de Barco, el hombre cuya desaparición al día siguiente de su elección, hasta prácticamente la víspera de su posesión, había sido justificada por un supuesto encierro con sus asesores y computadores para hacer una planificación milimétrica de la administración que empezaba el siete de agosto.
El origen de todo el problema radicaba en la forma como Barco había manejado el montaje del primer gobierno de partido en tres décadas. El trato hostil que, según los conservadores, les dio el Presidente cuando fueron a negociar la aplicacion del artículo 120 de la Constitución, acabó teniendo más consecuencias de las que se anticipaban. Barco le había cogido la caña al expresidente Pastrana en su tesis de la oposición reflexiva mucho más de lo que el jefe conservador esperaba y este, a su turno, terminó cogiéndole la caña a Barco más de lo que el Primer Mandatario hubiera querido en la conformación del binomio gobierno-oposición. La posición radical de los conservadores, asumida la semana pasada, de no aceptar ninguna Alcaldía, llevaba la situación a un extremo al que el presidente Barco hubiera preferido no llegar. La actitud conservadora impedía el cumplimiento de la promesa del Presidente de nombrar en cada municipio un alcalde de la filiación del partido que hubiera ganado las elecciones parlamentarias. Independientemente de que Pastrana hubiera asumido esta posición por estrategia, principio o arrogancia, el hecho es que estaba dejando fuera de base a los liberales que querían oposición, pero no tanta. La realidad es que la oposición moderada parecía tan difícil como el famoso chiste de la muchacha que estaba un poco preñada.
El problema, sin embargo, no se limitaba a la actitud de los conservadores. "El mayor obstáculo para el gobierno de partido, es que no hay partido de gobierno", afirmaba el martes en el Senado el galanista Gabriel Rosas, en frase que hizo carrera la semana pasada.
La piñata burocrática no era más fácil de partir con conservadores que sin ellos. A esto se sumaba la indisciplina liberal que se había manifestado en los episodios de la Comisión Primera de la Cámara, así como en alianzas de liberales con otras fuerzas, en contra de otros liberales en los concejos municipales.
Por otro lado, la selección de gobernadores, que había pretendido respetar estrictamente los deseos de los directorios regionales, había dejado por el camino, como siempre, numerosos inconformes en casi todos los departamentos. El tono de estos se acercaba más al de los conservadores que al de las tropas de choque de un vigoroso partido de gobierno. Barco, por un excesivo respeto a la clase política, estaba perdiendo un poco de autoridad.
La grieta se había abierto cuando, ante la negativa de los conservadores a aceptar los tres ministerios del primer decreto de gabinete, los grandes electores de la clase política, indignados por el nombramiento de Fernando Cepeda en la cartera de Gobierno y que sentían que a otros les había ido mejor que a ellos, presionaron casi al punto del chantaje su cuota en el gabinete. Esto condujo a que los tres últimos nombramientos fueran eminentemente políticos y, para muchos, con criterio de compensación. Barco pasó a tener una breve luna de miel con los jefes políticos que duraría hasta el nombramiento de gobernadores, cuando los inconformes regionales decidieron rebelarse como lo habían hecho Guerra, Santofimio y compañía con buenos resultados una semana antes. En ese momento se llegó a una situación inmanejable: todo nombramiento parecía ser negociable si un grupo lesionado armaba una pataleta.
Esta situación, combinada con la indefinición sobre la participación de los conservadores en los llamados altos cargos técnicos, había retrasado un mes la integración del nuevo gobierno, paralizando la actividad de sectores importantes y aplazando el despegue en firme de la nueva administración.
Todos estos conflictos tuvieron su florero de Llorente en la zambra que se desató en la Cámara de Representantes el miércoles en la noche, cuando el ministro de Gobierno, respondiendo a una citación para explicar los nombramientos de los gobernadores, decidió descalificar las preocupaciones burocráticas de los representantes, lamentándose de que no estuvieran ocupándose de causas más nobles. Cepeda, que había tenido su semana de gloria en los debates con la oposición conservadora en ocho días atrás, acabó siendo abucheado como cualquier árbitro de fútbol en mala tarde. Su luna de miel había sido aún más breve que la del presidente Barco.
Estas primeras peleas conyugales se referían, sin embargo, más a la clase dirigente que a las masas liberales que habían elegido a Barco. No había ninguna evidencia de que este prematuro antigobiernismo de los de arriba se hubiera extendido hasta los de abajo, que posiblemente consideran que un mes es muy poco tiempo para empezar a pasar cuentas de cobro.
A todas estas, el principal protagonista de la película que comienza aun no aparecía. Esto, aunque criticado por algunos como falta de liderazgo, no dejaba de tener ventajas estratégicas. Mantenerse en la sombra le permitía al Presidente no verse mezclado muy de cerca en estos episodios que, si a alguien estaban salpicando era más bien al ministro de Gobierno. Como dijera a SEMANA el senador Víctor Renán Barco, "esto apenas está comenzando y, como en los tiroteos de las cantinas del oeste, existe el acuerdo tácito de que no se le puede disparar al pianista, porque si no se acaba la fiesta".

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