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| 11/27/1989 12:00:00 AM

¿Se acabó el Partido Conservador?

El partido de Miguel Antonio Caro atraviesa por su peor crisis. Habla Pastrana.

Cuando en Colombia se especula sobre cuál va a ser el próximo Presidente de la República, los comentarios giran alrededor de las respectivas fuerzas de Durán, Samper y Gaviria. Nadie sabe a ciencia cierta quién va a ganar e inclusive algunos afirman que el gallo tapado puede ser el ex presidente Julio César Turbay.
En donde sí ya hay claridad es en la Alcaldía de Bogotá que, con el retiro de Fernando Botero, quedó asegurada para Juan Martín Caicedo. En todas estas conversaciones hay algo que queda claro: que a nadie le importa quiénes van a ser los candidatos conservadores a la Presidencia y a la Alcaldía. Lo mismo está sucediendo en regiones como la Costa Atlántica y muchas ciudades importantes en el resto del país. Nadie está pendiente de los godos y a nivel de la Presidencia y de muchísimas alcaldías la atención está centrada en la selección del candidato liberal. Y algo parecido sucede en materia de elecciones parlamentarias, para las que se prevé una pérdida de curules tanto en Senado como en Cámara (ver recuadro).
No siempre había sido así. Aunque el Partido Conservador ha sido tradicionalmente un partido minoritario en Colombia, su peso, su influencia en la vida nacional y su ejercicio del poder han sido históricamente, por decir lo menos, comparables a los del Partido Liberal. Aunque la visión contemporánea es la de un liberalismo abrumadoramente mayoritario, lo cierto es que, en el último siglo, los conservadores han estado solos más tiempo en el poder que los liberales.
Cuarenta años de hegemonía, más siete de Mariano Ospina y Laureano Gómez, más ocho de presidentes conservadores del Frente Nacional y los cuatro de Belisario, dejan un balance para los últimos 100 años de 60-40 del gallo azul frente al gallo colorado.
Pero todo indica que las cosas no van a seguir siendo así. Aunque existe un dicho según el cual en política no hay pasado ni futuro, sino presente, no es aventurado afirmar que el futuro del país, por lo menos a mediano plazo, va a estar en manos del Partido Liberal. Y esto no lo piensan sólo los liberales, entusiasmados con los años de poder que se vienen, sino también los propios conservadores. En una reciente encuesta del Centro Nacional de Consultoría, el 60% de los conservadores respondió que ve el futuro de su partido oscuro, incierto o por lo menos regular.
LA CRISIS
En el siglo largo que lleva de vida, el partido de Miguel Antonio Caro ha vivido muchas crisis. La caída del poder en 1930 y su remplazo por la República Liberal permitían presagiar una hegemonía roja de la misma duración que la azul que desplazaba.
Pero no sucedió. La división liberal del 46 volvió a equilibrar las cosas y con su nadadito de perro subió Ospina y, detrás de él, "El Monstruo", como fue llamado Laureano Gómez.
A pesar de conformar el partido minoritario de ahí en adelante, los conservadores tuvieron o compartieron el poder tanto en la dictadura como en el Frente Nacional, así como en los gobiernos de López, Turbay o Belisario.
Después de medio siglo de violencia, reconciliación y acoplamiento, se podía pensar que Colombia se había convertido en una democracia madura que permitiría la alternación del poder entre los partidos en juego, sin tener que recurrir a las fórmulas de gobiernos compartidos. En otras palabras, un partido de gobierno y un partido de oposición, que es como funciona el bipartidismo en las democracias avanzadas.
A los tres años de este experimento, los resultados no podrían ser más desalentadores para el Partido Conservador. Su situación, lejos de parecerse a la del Partido Republicano de los Estados Unidos o al Laborista de Inglaterra, que son partidos minoritarios que o están en el poder o tienen posibilidad de acceder a él, se parece más al Partido Popular de Manuel Fraga en España o al Liberal de Inglaterra, partidos que, como los ciclistas colombianos, no obtienen más que victorias morales.
Y este es el sentimiento que está reinando en el Partido Conservador. Alvaro Gómez ve la situación tan desesperada que, en declaraciones que causaron revuelo, dijo que estaría dispuesto a apoyar a un candidato liberal, siempre y cuando llenara ciertas condiciones, para "que en estos momentos de desoriehtación política se configurara un movimiento nacional". Más vehemente es Daniel Mazuera, quien acaba de renunciar a su aspiración por la Alcaldía de Bogotá. En conferencia dictada el jueves pasado en el Centro de Estudios Colombianos, dijo: "Perdida la mística" convencidos sus cuadros de la imposibilidad de ganar, sin tener acceso previo a la burocracia, desjerarquizado dividido, indisciplinado en el Congreso, sin acceso a los medios masivos de comunicación, el partido arrastra su desgracia de portón burocrático en portón burocrático, recogiendo las migajas caídas de la mesa del festín liberal...". No se queda atrás Juan Diego Jaramillo, quien, desde su trinchera de El Tiempo, aseguró el sábado pasado: "El problema conservador, siendo minoría, es dramático (...) El Partido Conservador ha desaparecido en el momento de su vigencia histórica". El propio Pastrana, que como jefe único tiene que sostener la caña por las tropas, le reconoció a SEMANA que, en el futuro inmediato, se podrían esperar algunos reveses que se traducirían en pérdidas de curules en las elecciones de marzo.
Pero, ¿qué tan grave es la situación del Partido Conservador? En 1976, en vísperas de morir, el ex presidente Ospina Pérez fijó un parámetro cuantitativo de lo que, según él, debería representar el Partido Conservador en la vida colombiana. En ese momento dijo que si el partido no obtenía el 40% de la votación, debería retirarse del gobierno. Hecho este llamado, Ospina murió cuatro días antes de las elecciones, y las legiones azules, cumpliendo póstumamente su deseo, pusieron el 39.5% de la votación, que para todos los efectos prácticos era la cifra buscada. Este porcentaje se había logrado mantener más o menos hasta la última elección parlamentaria del 86, cuando el liberalismo tuvo el 56% y el conservatismo el 38%. Pero estos porcentajes en las próximas elecciones pasarán a ser cosas del pasado.

BOLA DE NIEVE
Todos los indicios apuntaban a que en las próximas elecciones parlamentarias su porcentaje electoral apenas alcanzará al 30%. ¿Cómo se llega a esta cifra? La votación liberal, que fue de 3.8 millones en el 86, por cuenta de la consulta popular se calcula que debe quedar por encima de los 4.5 millones de votos, pues no sólo la emulación entre los precandidatos aumenta la votación total, sino que al tratarse no tanto de la elección de un candidato, sino de la elección de un Presidente, muchos liberales, e inclusive conservadores, que tradicionalmente no votaban en las parlamentarias, en esta oportunidad lo van a hacer. Mientras tanto, en el mejor de los casos, los conservadores esperan mantener los 2.5 millones de votos que sacaron en el 86, lo que significaría una votación no superior al 30%.
En Bogotá, la cosa puede ser mucho más grave. En una reciente encuesta adelantada por la firma de Napoleón Franco sobre preferencias en cuanto a precandidatos liberales y conservadores, los liberales acapararon el 80% de las preferencias de voto, mientras que los únicos conservadores que registraron -Alvaro Gómez, Misael Pastrana y Rodrigo Lloreda- sólo alcanzaron, sumados, el 12%.
Un descenso de la votación de esta magnitud puede no significar gran cosa para el ciudadano común y corriente, pero para políticos y politólogos, que tienen que analizar la evolución de las cosas y los ciclos históricos, esto puede significar el comienzo del fin. Porque en política, como en la bolsa, los factores psicológicos son tan importantes como los reales, y la pérdida de la moral puede tener efecto de bola de nieve.
Pero, en todo caso, esta crisis no parece tener explicación lógica alguna. Ideológicamente, desde el siglo XIX, las tesis conservadoras nunca habían estado más de moda. El colapso del comunismo le ha quitado piso a la alternativa de izquierda radical.
Las teorías izquierdizantes que cundieron en el mundo desde la revolución soviética y en particular en Latinoamérica desde la revolución cubana, están siendo revaluadas por los hechos. Y si ese es el contexto internacional, en el marco nacional las condiciones no podían ser más propicias.
Colombia tradicionalmente ha sido un país de descontentos donde en el tercer año del gobierno todo el mundo es antigobiernista y el que está en la oposición comienza a verse como el redentor. Si a esto se suma el hecho de que el país atraviesa por lo que muchos consideran la peor crisis de su historia, lo lógico sería que el Partido Conservador estuviera sobre el tapete como una alternativa real de gobierno.
Pero no lo está y es difícil entender porqué. Solamente dos explicaciones son plausibles. La primera radicaría en los factores burocráticos. El estreno del esquema gobierno-oposición le quitó al Partido Conservador las garantías burocráticas de que gozaba desde que se creó el Frente Nacional. Aún al final de este, el famoso artículo 120 de la Constitución las mantuvo. Aunque Colombia ha llegado ya a un grado de civilización política con mecanismos como la carrera administrativa, la elección popular de alcaldes y otros que hacen imposible las hegemonías burocráticas a la antigua, lo cierto es que el espíritu del "dale rojo, dale" tiende inevitablemente a favorecer más a los empleados rojos que a los azules. Y en un país donde el número de votos depende principalmente del número de puestos, cualquier reducción de la tajada, por insignificante que sea, se refleja en los resultados electorales. Aunque la reducción burocrática ha sido moderada, la prevista baja electoral algo tendrá que ver con esto.
Pero si esta fuera la única explicación, sería muy triste que después de siglo y medio de vida republicana y a diez años del siglo XXI, el poder político en Colombia dependiera exclusivamente de intrigas y recomendaciones. ¿En dónde quedan, entonces, la doctrina, la agitación de ideas, el péndulo hacia la derecha que se está viviendo mundialmente? Algo de esto debería verse en Colombia, sobre todo si se tiene en cuenta que el Partido Liberal no es que esté ofreciendo mucho. ¿Por qué, entonces, no pasa nada?
JUICIO DE RESPONSABILIDADES
La única respuesta a este interrogante estaría en un juicio de responsabilidades a los conductores del partido. Si las condiciones no pueden ser más propicias y los resultados no pueden ser más melancólicos, gran parte de la responsabilidad tiene que recaer sobre ellos. Las peleas perpetuas entre Misael Pastrana y Alvaro Gómez han terminado por cansar a las tropas azules. Como ninguno de los bandos tiene la esperanza de poder derrotar al Partido Liberal en el corto plazo, su única posibilidad de triunfo es sobre el rival de su propio partido.
Esta actitud tiende a intensificarse en la medida en que desaparece la esperanza de llegar a la Presidencia. Aunque las culpas son compartidas, sin duda alguna son mayores en la medida en que las jerarquías sean mayores. Pastrana, con 15 años como jefe único del partido, no puede desvincular los próximos resultados electorales de una calificación a su gestión.
Como jefe de la oposición en el país más traumatizado del mundo, le correspondería aglutinar en torno a su partido el cada vez más creciente descontento de las masas. El partida liberal, por estar en el poder, no es una alternativa. La guerrilla ha dejado de serlo. Y la izquierda democrática no despega. Todo el campo está ahí para el conservatismo, sin rivales en el panorama, sin responsabilidad alguna en la gestión actual y con la tradición y legitimidad de un siglo de historia. Si el partido no puede ahora convencer a la opinión pública, no se sabe cuándo podrá.
En aras de la justicia, hay que reconocer que la muerte del Partido Conservador es hasta ahora sólo una muerte anunciada, pues fuera de las encuestas y de un sentimiento generalizado, el entierro aún no se ha producido. Y el único hecho objetivo que se ha registrado bajo la conducción de Pastrana como jefe de la oposición ha sido un relativo triunfo en la primera elección de alcaldes que tuvo lugar en 1988. En esta, el partido de Misael Pastrana obtuvo cerca de 450 alcaldías que, aunque no constituye en términos reales lo que él ha denominado "mayoría geográfica", sí hubiera cumplido ampliamente el parámetro fijado por Ospina Pérez. Si este resultado se repite en 1990, Pastrana quedaría en la galería de los grandes jefes de su partido al lado de Caro, Laureano y los Ospina. Si, por el contrario, los pronósticos, chismes y consejas se vuelven realidad, su gestión sólo podrá tener un balance: mientras a él personalmente no le podía haber ido mejor, a su partido no le podía haber ido peor.
Pero no toda la responsabilidad le cabe a Pastrana. Si llega a haber un entierro, no pocas velas le tocará llevar a Alvaro Gómez. Después de una vida por la defensa de una doctrina la escasez de votos y una enorme respetabilidad, su performance bajo el esquema gobierno-oposición ha alterado profundamente esta ecuación. Aunque nunca ha estado mejor en las encuestas, la doctrina y hasta la respetabilidad se han desdibujado. Ya sea como consecuencia de la derrota electoral o del secuestro o de los dos sumados, el hecho es que el nuevo Alvaro, más azul cielo que azul de metileno, se está quedando sin el pan y sin el queso: sin el poder y sin la respetabilidad que le otorgaba ante partidarios y adversarios la pureza doctrinaria. Su drama es el del hombre que siente que la historia ha sido injusta con él. Al volverse cada vez más una minoría dentro de una minoría, su actitud ha pasado de la del estratega al de quintacolumnista, de la del hombre de ideas a la del hombre de las frases. Hoy su poder radica no tanto en hacer cosas, sino en sabotear las que otros hacen. Ha pasado de ser un general a ser un anarquista. Y esto no sólo lo hace en relación con el gobierno, sino con su propio partido.
En lo que toca a Belisario Betancur, por haber estado aparentemente marginado de todos estos episodios es la mejor carta que le queda al partido para hacer oposición en la eventualidad de una catástrofe en las elecciones del 90. Su problema es que su gobierno ha sido considerado el menos conservador de la historia reciente, incluyendo los gobiernos liberales.
En él hay posibilidades electorales, pero no hay posibilidades doctrinarias, en momentos en que el Partido Conservador para ser alternativa de poder necesita ambas. De resto, lo que hay es una serie de ciudadanos respetables que, aunque son el futuro del partido, lo son de un partido que no parece tenerlo. Los nombres de Lloreda, Holguín, Melo, Escobar, Leyva, Vélez Urueta no representan en el escenario político nacional más que el nombre de Bernardo Jaramillo, candidato de la UP. Todas las apuestas políticas apuntan a Lloreda como el candidato oficial, incluso si la Convención de la próxima semana se declara en receso. Sus condiciones pueden ser las mejores, pero sus perspectivas son las peores. Es el primero de una fila india que hace unos años podía ser para la Presidencia y ahora sólo es para la candidatura. Como lo dijo Juan Diego Jaramillo en su columna de El Tiempo el sábado pasado, "él no quiere perder con un partido dividido, sino con un partido unido".
Pero esto no sólo se aplica a Lloreda. A juzgar por el escenario actual, ese es, si nada extraordinario sucede, el drama del Partido Conservador para el final de este siglo.

EN LA CUERDA FLOJA
Los conservadores -o socialconservadores, como dicen los nuevos estatutos de ese partido- andan muy preocupados. Y tienen motivo. Los analistas de los distintos sectores godos, que se ponen de acuerdo en pocas cosas en estos días, coinciden en un punto: la votación azul va a descender en las elecciones parlamentarias y esto puede implicar una importante pérdida de curules tanto en el Senado como en la Cámara.
En realidad, nadie discute si se van o no a perder curules godas, sino cuántas se van a perder. En lo referente al Senado, SEMANA indagó con algunos "electorólogos" del PSC y estableció las circunscripciones críticas en donde el riesgo de perder una curul es alto. Una de las más graves es el Atlántico, donde los problemas de los senadores conservadores Abel Francisco Carbonell y Roberto Gerlein se ven agravados por el empuje del ex gobernador Fuad Char, quien según todas las predicciones puede convertirse en el cuarto senador liberal por ese departamento, haciendo que uno de los dos godos, Carbonell o Gerlein, quede por fuera de Senado. Algo similar sucede en Bolívar con Rodrigo Barraza y Raimundo Emiliani, aunque la mayoría de los datos apuntan hacia que Emiliani está arriesgando más en las próximas elecciones que Barraza. También están en serios problemas Silvio Ceballos en el Quindio, José Jaramillo Botero en Risaralda, Argelino Durán en Norte de Santander y Nelson Amaya en la Guajira. Sea porque ya les había ido mal en el debate de mitaca en el 88, porque han perdido respaldo de sus antiguos tenientes, o porque definitivamente no les ha ido bien en materia burocrática con el esquema gobierno-oposición, el hecho es que este ramillete de senadores conservadores está bailando en la cuerda floja.
En el caso de Bogotá, a pesar de los dos años de administración distrital goda, también hay senadores que están tambaleando. Los aspirantes Telésforo Pedraza, Alvaro Pava, Diego Pardo y Gustavo Rodríguez parecen tener aseguradas sus respectivas curules. Pero no sucede lo mismo con los actuales senadores Gabriel Melo y Miguel Santamaría, en particular con este último.
Claro que aún falta mucho para marzo y la campaña apenas está comenzando a arrancar en firme, pero de todos modos los godos piensan que pueden perder entre 6 y 8 curules en el Senado, lo que reduciría su bancada de 43 a entre 35 y 37 curules, o incluso menos si, como lo prevén algunos, la crisis divisionista se agrava confundiendo aun más al electorado conservador.
En el caso de la Cámara, aunque el juego de los cuocientes y residuos es más apretado y por lo tanto las predicciones son más difíciles de hacer, algunos conservadores creen que se pueden perder unas 12 ó 14 curules, principalmente en aquellas zonas donde ya existen problemas a nivel del Senado.
En términos porcentuales, si sus pronósticos más pesimistas se cumplen, los godos pueden reducir su presencia en el Senado del 38% al 30%, y del 40% al 33% en la Cámara. Y si, como es previsible, todas o casi todas, estas curules se vuelven liberales, lo que le espera al partido de Caro en materia de Congreso para el periodo 90-94 es convertirse prácticamente en un convidado de piedra en el Capitolio.
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