Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/06/05 00:00

Se agota el agua

Colombia todavía es una potencia hídrica mundial, pero la destrucción de selvas y páramos y el cambio climático encienden las alarmas.

Esta fotografía resume la gran paradoja del agua en el mundo. Los habitantes de Quibdó, que habitan en una de las zonas más lluviosas del mundo, tienen grandes dificultades para abastecerse de agua potable.

Mucho se habla del agua. Que se agota. Que es necesario adoptar estrategias para protegerla. Se habla de su contaminación. Que en el futuro las guerras no serán por oro o petróleo sino por agua. Y, sin embargo, muy poco se hace por protegerla. La deforestación no cesa, los ríos pierden su caudal, las lagunas y las ciénagas se secan, la agricultura, la industria y el consumo doméstico la ensucian, se destruyen los páramos, se derriten los glaciares.

Aunque suene apocalíptico, el mensaje de que el agua es un bien que empieza a escasear no es errado. Y una razón es que hoy hay más gente que requiere este líquido, no solo para consumo en su forma pura y potable, sino para producir alimentos. De acuerdo con cálculos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en 2050 habrá 3.000 millones de bocas más para alimentar, lo que implica doblar el área de producción agrícola en los próximos 40 años. Para que ello sea posible es necesario disponer de fuentes de agua permanentes y en buen estado que permitan expandir la superficie cultivable del planeta de 1.400 millones de hectáreas a 3.000 millones para así incrementar la producción agropecuaria en el 70 por ciento. "En otras palabras, alimentación se escribe con agua", dice Carlos Gustavo Cano, codirector del Banco de la República. La industria también la necesita. Se calcula que el 22 por ciento del líquido se usa para hacer desde microchips hasta para extraer petróleo, según cifras de The Economist, publicación que recientemente hizo un informe especial sobre el tema. Las actividades domésticas requieren del 8 por ciento. "Así las cosas, el agua es el bien público más importante para la supervivencia de la población", señala Cano.

Paradójicamente, el panorama del agua en el mundo es alarmante. El cambio climático provoca desequilibrios cada vez más evidentes en el clima mundial y, por ende, en el estado de las cuencas hidrográficas. El deshielo paulatino del Himalaya pone en aprietos el futuro de más de 2.000 millones de habitantes de India, China y otros países de Asia que dependen de los grandes ríos que nacen en esa enorme cordillera, como el Amarillo, el Ganges y el Mekong.

El mal manejo del agua y de los sistemas naturales que la regulan ha traído consecuencias desastrosas para ecosistemas enteros. Situaciones relacionadas con la violencia política y la distribución desigual de las tierras aptas para la agricultura han condenado a 2.000 millones de habitantes del planeta a vivir en lugares donde un galón de agua contaminada es poco menos que un tesoro.

Las aguas no tratadas provocan buena parte de las muertes de los niños del mundo. Fenómenos como la lluvia ácida han alterado su calidad y el calentamiento global perturba cada vez más los sistemas meteorológicos del planeta, lo cual ha acarreado más sequías e inundaciones en diversos puntos del planeta, y que, a juzgar por las proyecciones de los expertos en la materia, no son más que el preludio a una sucesión de catástrofes de dimensiones incalculables.

Estos motivos llevaron a SEMANA y a la Embajada de Holanda a organizar el debate 'Se agota el agua', en el cual participaron representantes de diversos sectores relacionados con el ambiente, la agricultura y la infraestructura involucrados con el manejo del agua.

Aunque los consumidores muchas veces se quejan porque la factura les llega muy cara, en el imaginario de la gente el agua sigue siendo un bien ilimitado y sin un valor tangible. Un vaso de agua a nadie se le niega. El ciclo que se enseña en los colegios da a entender que el agua se evapora, se condensa, cae como lluvia, granizo o nieve, por los ríos baja al mar y el fenómeno se repite sin cesar. Entonces, ¿qué es lo que sucede? ¿Por qué razón un recurso que hasta hace muy pocos años se consideraba ilimitado ahora se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza?

Paraíso del agua

El término 'se agota el agua' no debe tomarse al pie de la letra. De hecho, el volumen de agua en la Tierra se mantiene estable desde hace muchos millones de años. Más de tres cuartas partes de su superficie están cubiertas por agua en estado líquido o sólido. En su atmósfera también es muy abundante en estado gaseoso. Se calcula que hay 1.386 millones de kilómetros cúbicos de agua. Un kilómetro cúbico es un cubo de un kilómetro de alto (dos veces la altura de Monserrate con respecto a Bogotá), por un kilómetro de ancho y uno de fondo. Sin embargo, de ese gran total, 1.338 millones están en los océanos y mares interiores como el Caspio. Eso significa que el 97 por ciento del agua disponible en la Tierra es salada. De ese 3 por ciento que es dulce, un 30 por ciento se halla en depósitos subterráneos, el 70 por ciento está congelada en los casquetes polares, otros glaciares del planeta (el más grande es el Himalaya), y el permafrost de las tundras de Canadá, Siberia, Alaska y Noruega. Apenas un 0,3 por ciento está en aguas superficiales (ríos, lagunas y otros humedales), en la atmósfera y en el organismo de las plantas y los animales.

El 78 por ciento del agua que se precipita en forma de lluvias, granizo o nieve cae a los océanos. Del 22 por ciento restante que cae en tierra firme, el 8 por ciento regresa al mar por los ríos y corrientes subterráneas que desembocan en él. Se calcula que del total de agua dulce de la Tierra solo el 1 por ciento es apta para el consumo humano. Apenas el 0,006 por ciento se encuentra en los ríos y el 0,26 en los lagos, principalmente en los lagos Baikal, en Siberia, y Superior, Hurón y Michigan, en Estados Unidos y Canadá, que almacenan alrededor de la mitad del agua de todos los lagos de la Tierra. Eso significa que aunque en apariencia la Tierra está llena de agua, los seres vivos, que en su mayoría están compuestos de agua, disponen de apenas un total de 0,75 por ciento del agua dulce en el planeta para sobrevivir.

El otro asunto es que el agua no está distribuida equitativamente. Solo nueve países tienen el 60 por ciento de este recurso. Por estar ubicada en el trópico equinoccial, en la franja de convergencia intertropical, que es la región donde cae la mitad de la lluvia de todo el planeta, Colombia es uno de esos países privilegiados. En este cinturón, alrededor de la línea ecuatorial, se encuentran las principales selvas húmedas de la Tierra: la Amazonia, las selvas del Chocó, las de África Ecuatorial, Malasia, Indonesia y Nueva Guinea. Según The Economist, de esos nueve, solo Brasil, Colombia, Congo e Indonesia la tienen en abundancia.

La accidentada y compleja topografía del país también contribuye a que abunden las lluvias. Las grandes masas de humedad que los vientos arrastran desde los océanos quedan atrapadas en las cordilleras.

Según los cálculos establecidos en 1994 por el Himat (hoy Instituto de Meteorología y Estudios Ambientales, Ideam), Colombia cuenta con alrededor de 737.000 cuerpos de agua, entre ríos, lagunas y ciénagas. En promedio caen cada año 3.400 kilómetros cúbicos, de los cuales se evaporan 1.100 y se escurren por la superficie 2.300. Se calcula que un país es capaz de retener en sus sistemas de almacenamiento el 40 por ciento de ese total, lo que significa que la oferta neta sería de alrededor de 1.150 kilómetros cúbicos al año.

A esto debe agregarse los enormes depósitos de agua subterránea que, según los cálculos, equivalen a 70 veces el total de las aguas superficiales disponibles por año. Estas cifras son monumentales. Para expresarlas en litros habría que agregarles 12 ceros.

Se calcula que en Colombia cada habitante dispone, en promedio, de 50.000 metros cúbicos de agua al año. Una vez hechos los cálculos del agua que se puede aprovechar, Colombia puede ofrecerle anualmente un promedio de 34.000 metros cúbicos de agua a cada uno de sus habitantes. En años secos, esa cifra se reduce a 26.700 metros cúbicos. Si se comparan con las de la gran mayoría de los países del mundo, en Colombia hay agua para dar y convidar.

De hecho, si Colombia utiliza de manera eficiente y sostenible todo su potencial, en los años venideros podrá transformarse en un gran exportador de energía eléctrica (ver página 71). Muchos de los países vecinos solo pueden generarla a través de la combustión de carbón y derivados del petróleo, que produce gases de efecto invernadero.

Amenazas y retos

Hasta finales de los años 90, Colombia era el cuarto país con mayor cantidad de agua dulce disponible por habitante del mundo. Pero en los últimos tiempos, el crecimiento de la población y la degradación de algunos de sus ecosistemas estratégicos para la regulación del agua bajaron a Colombia al puesto 24. Aunque cualquiera de las dos posiciones deja a Colombia en un lugar de privilegio, estas no retratan de manera correcta la situación. La disponibilidad de agua en Colombia es muy desigual. Los mayores volúmenes se encuentran en la Orinoquia, la Amazonia y el andén Pacífico, las regiones más despobladas del país. En cambio, en las regiones Andina y Caribe, donde vive la mayor parte de los colombianos, apenas se encuentra el 25 por ciento del total de agua disponible.

Fenómenos climáticos como el del Niño también afectan los volúmenes de agua que reciben las distintas regiones del país, lo que genera por un lado mayor sequía de la esperada pero también regímenes de lluvias desproporcionados que provocan deslizamientos e inundaciones.

Lo que se agota, entonces, no es el agua, sino la calidad y la disponibilidad de las aguas aptas para el consumo humano. En Colombia el agua se ha convertido en un problema apremiante para cada vez más habitantes. La distribución desigual explica por qué, en una de las principales potencias hídricas del planeta, 21 millones de colombianos viven en zonas donde existe algún tipo de dificultad en el suministro, tal como lo señala un informe de la Defensoría del Pueblo. El mismo organismo también señala que el 53 por ciento de los habitantes de las áreas rurales del país no cuentan con acueducto y el 82,2 por ciento no tiene acceso a alcantarillado.

Esto llevó a la Corporación Ecofondo a recoger firmas para que se vote un referendo por el agua, que busca que la Constitución Política consagre el agua potable como un derecho fundamental; que garantice el suministro de un mínimo vital gratuito; la protección especial y el uso prioritario de los ecosistemas esenciales para el ciclo hídrico, y que sean las comunidades y el Estado los que administren los servicios de acueducto y alcantarillado. El referendo recibió más de dos y medio millones de firmas y espera que se le dé trámite en el Congreso.

El mal manejo del agua también es una pesada carga para la economía del país. De acuerdo con el estudio Valor económico de la contaminación hídrica, de H. Jaime y citado en el documento Política Nacional para la Gestión Integral del Recurso Hídrico, del Ministerio del Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial (Mavdt), "el costo estimado de la contaminación hídrica para los temas de salud, tratamiento de agua para consumo doméstico e industrial, productividad y turismo asciende a un billón de pesos para el año 2005, cifra equivalente a 0,3 por ciento del Producto Interno Bruto nacional". En Bogotá, de acuerdo con cifras de la Contraloría Distrital, 230.000 familias están desconectadas porque no tienen con qué pagar la factura del agua.

El manejo inadecuado de ríos, lagos, ciénagas y humedales también atenta contra la biodiversidad y la productividad pesquera. Esta se ve afectada en gran medida por la contaminación de las aguas, la deforestación, el taponamiento de caños, la desecación de ciénagas y la construcción de embalses que interrumpen los ciclos reproductivos de muchas especies. El bocachico y el bagre, dos especies emblemáticas de los ríos de Colombia y de la dieta alimenticia de los colombianos, están en serio peligro de extinción en la cuenca del Magdalena. La amenaza que se cierne sobre otras especies de mamíferos acuáticos, reptiles, anfibios y plantas son una clara evidencia del mal estado en que se encuentran la mayoría de las cuencas de Colombia.

Si no se adelantan programas para recuperar las cuencas, en unos 25 años Colombia podría encontrarse en una situación de alta vulnerabilidad. Según el Ideam, en períodos secos y en las regiones de más alta presión sobre el agua, es decir, la Andina y la Caribe, el 70 por ciento de los colombianos podrían estar en riesgo de desabastecimiento. Lo anterior no es ciencia ficción ni catastrofismo. Por solo citar un ejemplo reciente, estos días la población santandereana de Barichara ha tenido gravísimos problemas de abastecimiento de agua.

¿Cómo enfrentar entonces el reto? La respuesta está en los glaciares, páramos y bosques de niebla. Es común oír que los páramos son fábricas de agua. Más que fábricas, ellos la guardan y regulan su suministro desde las altas montañas hacia los valles y las costas. Las aguas que llegan a los glaciares quedan atrapadas en el hielo y se derriten lentamente. Más abajo, en los páramos, las turberas de musgos almacenan los excedentes de agua que reciben en las temporadas de lluvia y de agua. Varias de las especies vegetales de los páramos están adaptadas para conservar volúmenes de agua muy superiores a su propio peso. Eso significa que en las épocas de menor lluvia las fuentes de agua reciben los excedentes que se almacenaron en los páramos.

Peligran los páramos

Pero no todos los páramos de Colombia están en buen estado. Algunos de ellos se han degradado al convertirse en potreros y cultivos de papa. A esto se suma una amenaza mucho peor, la minería a cielo abierto. Ingeominas ya ha otorgado permisos de explotación en el 47 por ciento de los páramos, lo que pone en peligro a Colombia, no tanto por la llamada 'enfermedad holandesa' de la revaluación, sino por la amenaza de que se destruyan para siempre ecosistemas fundamentales para regular el agua en las principales ciudades y zonas agrícolas del país. Por no hablar de los gravísimos riesgos de contaminación por el cianuro y el mercurio que se utilizan para extraer el oro.

Debajo del páramo comienzan los distintos tipos de bosques andinos, que van de los 3.200 metros de altitud hasta los piedemontes de selvas, llanuras y valles interandinos. Estos bosques cumplen una función fundamental en regular el ciclo del agua. Por un lado, la cobertura vegetal protege los suelos. El volumen de agua de un chaparrón, al caer en una superficie cubierta de árboles y vegetación menor, absorbe el golpe del agua contra los suelos, con lo que evita la erosión y además permite que el agua llegue de manera mucho más regulada a las fuentes hídricas. Es fácil comprobarlo. Durante un aguacero en una ciudad, los árboles amortiguan la fuerza de la lluvia. Cuando deja de llover, debajo de los árboles sigue cayendo agua.

Otra función fundamental de los bosques andinos es su capacidad de condensar la humedad que llega bajo forma de nubes y niebla. Se ha llegado a calcular que casi la mitad de la humedad que conservan los bosques la capturan de la niebla. Así que una ladera desprovista de bosque pierde esa capacidad de condensar la humedad que llega bajo forma de nube.

Al desaparecer la cobertura forestal, los suelos quedan expuestos y muchos de sus nutrientes escurren a los ríos. Esto, por un lado, provoca la erosión y, por el otro, hace que los ríos arrastren grandes cantidades de sedimentos que los hacen menos hondos. Esto afecta la navegabilidad y permite que se desborden con más facilidad en tiempos de lluvia. La tala de bosques para abrir tierras de cultivo, potreros y sembrados ilícitos han dejado apenas el 30 por ciento del total de la cobertura vegetal originaria de las cordilleras. Algunos de estos bosques dieron paso a cultivos amigables con el medio ambiente, como los cafetales de sombrío, que además movieron la economía del país. Pero en otros casos se destruyeron millones de valiosísimas hectáreas de bosques de laderas que se convirtieron en potreros de bajísima productividad, muchos de los cuales ya se han erosionado.

Los estudiosos han determinado una serie de ecosistemas de montaña que denominan estratégicos, ya que en ellos nacen varios de los principales ríos de Colombia (ver recuadro). Algunos de ellos están protegidos porque forman parte del Sistema de Parques Nacionales Naturales.

Los sistemas de ciénagas y caños que conectan a los ríos, además de propiciar hábitats de gran riqueza y productividad pesquera, permiten regular los distintos niveles de agua de las temporadas secas y de lluvias. La alteración de estos sistemas de humedales se han traducido en inundaciones cada vez más graves.

Cómo prepararse

Los retos que se le imponen a Colombia son muy grandes. Y a ellos deben sumarse los efectos que puede provocar el cambio climático, a los que el país debe prepararse desde ya.

El principal problema del agua en Colombia es la manera tan descoordinada como se administra. Por un lado, dentro del mismo Estado existen diferentes visiones alrededor del manejo que debe dársele. No existe un mecanismo eficaz que ponga de acuerdo al Ministerio del Ambiente con las Corporaciones Autónomas Regionales (CAR) y otras instancias como los ministerios de Protección Social, Agricultura y Minas y Energía, e instituciones como el Ideam e Ingeominas. Además, estas instituciones no ejercen un liderazgo claro para manejar y ordenar el agua. Para la mayor parte de la ciudadanía proteger el recurso hídrico es un problema de las empresas públicas. El agua es un servicio que llega por la llave y solo se preocupan por él cuando hay un racionamiento o no pueden pagar la cuenta.

Pero el problema es de magnitudes planetarias y exige cambios de fondo en la manera como la humanidad se relaciona con el planeta.

Como señala Ernesto Guhl, experto en el tema y director del Instituto Quinaxi, varias actividades humanas resultan insostenibles y tienen al planeta al borde del colapso. Una de ellas es la urbanización de grandes conglomerados urbanos, que provoca una concentración del consumo de agua, muchas veces en detrimento de pequeñas poblaciones aledañas. Las grandes ciudades producen cantidades alarmantes de agua contaminada que afectan la calidad de las aguas superficiales y subterráneas, así como la alteración de los cuerpos y sus cauces. La agricultura y la minería a gran escala provocan serios conflictos por el uso del agua, así como la contaminación de las superficiales y subterráneas.

En ese sentido muchas instituciones y gremios que dependen del líquido claman por la protección de los páramos, bosques y cuencas. Sin embargo, los intereses no siempre coinciden. La expansión de la frontera agrícola en la alta montaña y el desarrollo de variedades que se adaptan a las condiciones del páramo chocan con las recomendaciones de fijar una cota de altitud máxima para la agricultura. En algunos casos la construcción de represas y embalses genera graves impactos ambientales y sociales.

Colombia debe asumir una nueva cultura del agua. El cambio climático implica sequías e inundaciones más severas. Si los ecosistemas que protegen el agua se encuentran en buen estado, los efectos no serán tan negativos. Del buen uso del agua no solo depende el bienestar de sus habitantes. Agua es agricultura, agua es energía, pero también es sinónimo de biodiversidad. Un tesoro que la humanidad apenas comienza a entender y valorar en su verdadera dimensión.

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