Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1994/09/26 00:00

SE CRECIO PEÑALOSA...

... pero aún no se sabe si le alcanzará para ganarle a Mockus.

SE CRECIO PEÑALOSA...

HASTA HACE MUY POCO tiempo, Antanas Mockus era prácticamente el seguro próximo alcalde de Bogotá. La consulta popular para designar el candidato único del Partido Liberal a la Alcaldía era vista como un episodio menor en el cual Antonio Galán iba a ser el triunfador fijo. Hasta el día anterior a las elecciones, las encuestas no le daban muchas esperanzas a Enrique Peñalosa: en un sondeo de opinión de la firma Yankelovich publicado por el diario El Tiempo el sábado anterior a la consulta, los resultados eran todavía de 40 puntos para Galán y 38 para Peñalosa.

Y es que hasta hace algunos meses, Peñalosa estaba muy lejos de ser el candidato único del Partido Liberal para la Alcaldía de la capital de la República. Si bien su trayectoria en el sector público y en el sector privado le había dado una excelente preparación de tipo gerencial para administrar la ciudad, y varios años de estudio de la problemática capitalina lo habían convertido en uno de los mayores conocedores de Bogotá, lo cierto es que para la clase política tradicional, Peñalosa era un candidato atípico, y para grandes sectores de la opinión, un total desconocido. Y él era consciente de ello. Por eso, cuando Antanas Mockus salió de la Universidad Nacional después del escándalo de la bajada de pantalones y comenzó a tomar forma su candidatura a la Alcaldía, Peñalosa comprendió que la única manera de salir del anonimato y no dejarse aplastar por la popularidad del irreverente Mockus, era unírsele.

El cálculo fue acertado. Los debates entre los dos candidatos no sólo pusieron a Peñalosa en primer plano, sino que, además, llamaron la atención de los medios de comunicación por cuenta de los episodios que allí tuvieron lugar. El primer debate, realizado en la Universidad Javeriana, terminó con los candidatos lanzándose sus vasos de agua en la cara, en medio de risas y aplausos del auditorio. El segundo que tuvo lugar en la Universidad Nacional, estuvo a punto de desembocar en un desastre, cuando los estudiantes comenzaron a lanzarle boñiga a los candidatos, y terminaron a golpes con Antanas Mockus.

Hasta allí llegó ese matrimonio por conveniencia. Peñalosa, conocido ya por la opinión pública, alzó vuelo por su propia cuenta. Y aunque desde antes de pegársele a la rueda a Mockus sus estrategias de campaña ya lo habían diferenciado de otros candidatos, de ahí en adelante sus apariciones fueron aún más originales. Apareció en maratones, parado de cabeza y montando en bicicleta, lo cual le hizo ganar aún más en notoriedad entre la opinión y lo distanció más de la clase política tradicional.

No obstante, sus intervenciones públicas estuvieron combinadas con una buena dosis de seriedad y de preparación académica. Su carácter tecnocrático y su estilo gerencial calaron en la opinión tanto, que resultó elegido como aspirante único del liberalismo para ocupar la Alcaldía de Bogotá por 49.000 votos, más del doble de la votación obtenida por Antonio Galán.

El triunfo de Peñalosa produjo cierta sorpresa en los mentideros políticos, y desencadenó una dinámica que hizo que, aunque Antanas Mockus le lleve una ventaja considerable en los sondeos -que demuestran favoritismos de dos a uno- ya no está virtualmente elegido como hace un par de meses. En la recta final de la campaña, Peñalosa cuenta con el apoyo de los medios de comunicación, de buena parte del voto de opinión y, por cuenta de sus altos índices de popularidad, ahora sí con el respaldo de la clase política tradicional.

Esta situación representa para Peñalosa una gran ventaja y, al mismo tiempo, le impone un reto. La ventaja es que, sin haber tenido que pedir apoyo y sin haber hecho transacciones con los barones políticos, hoy en día cuenta con su respaldo y el de sus maquinarias. Esto es doblemente importante si se toma en cuenta el hecho de que las elecciones para Alcaldía coincidirán con las de Concejo y gobernaciones, lo cual casi le asegura que el liberalismo capitalino se movilizará a su favor. Pero por otro lado, el margen de maniobra del candidato liberal es estrecho, y su gran desafío es manejar la situación de tal modo que conserve el apoyo de las maquinarias, y le gane a Antanas Mockus su nicho de votantes: el voto de opinión.

Sea como fuere, lo cierto es que la situación para Enrique Peñalosa ha dado un vuelco. Si antes se unió con Mockus para enfrentarse a las vacas sagradas del liberalismo, hoy por hoy los barones se pusieron de su lado para atajar al fenómeno de opinión que encarna el ex rector de la Universidad Nacional. Hoy es claro que Peñalosa resulta un excelente contendor para Mockus, porque tiene una imagen suficientemente rebelde para atraer a los votantes jóvenes y hasta a los de izquierda, pero al mismo tiempo es un consentido del establecimiento tradicional. A su favor juega que aunque Mockus fue un rector eficiente de la Universidad Nacional, lo cual podría repetir con Bogotá, sus escándalos simbólicos y su imagen de filósofo existencialista todavía asustan a muchos sectores de la opinión.

Y si antes a Mockus y a Peñalosa no los unían las ideas tanto como los desafíos, lo mismo sucede hoy con el candidato liberal y los políticos tradicionales. Lo cierto es que, como lo dijo Jorge Luis Borges, hoy a Peñalosa y a los caciques liberales "no los une el amor sino el espanto".



LA CONSULTA: MEJOR QUE NADA

DE LA consulta para designar las candidaturas a alcaldías se han dicho toda suerte de cosas. La primera es que faltó participación, lo cual es cierto. En 1991, la consulta para la Alcaldía movilizó a más de medio millón de votantes, y en esta ocasión la votación a duras penas superó los 80.000. En ese entonces, Jaime Castro fue elegido por 201.000 votos, y ahora Peñalosa triunfó tan sólo con 49.000. Sin embargo, probablemente la excepción sea la de 1991: en ese entonces existía un factor de novedad -pues era la primera vez que el sistema de consulta interna se aplicaba para la Alcaldía- y, además, la votación coincidió con las elecciones para Senado, lo cual aumentó significativamente el caudal electoral. Esta teoría parece confirmarse por el hecho de que, a nivel mundial, las votaciones preliminares rara vez superan índices de participación mayores al 15 por ciento.

Por otro lado, a la consulta le faltó promoción. Los medios a duras penas registraron o anunciaron las elecciones. Esto, sumado a la fatiga electoral que producen cuatro comicios en sólo ocho meses, explica, en buena parte, los bajos índices de participación.

Sin embargo, lo que más escandalizó a la opinión fue el elevado costo que tuvo la consulta. Tres mil millones de pesos es un precio muy elevado para unas elecciones preliminares. Si a esto se le suma la abstención, la conclusión no puede ser distinta a que las consultas deben hacerse al mismo tiempo que otras elecciones. En un país que necesita aumentar su participación, cualquier esfuerzo para elevarla es bueno, así éste implique dejar a un lado los purismos que pretenden realizar cada votación por separado.

Sea como sea, e independientemente de cuántos colombianos hayan salido a las urnas o de cuál haya sido el costo de realizar la consulta, resulta indiscutible que el procedimiento es mucho más legítimo y democrático que el designar el candidato a dedo. Las convenciones, aun si no son amañadas, poco o nada reflejan los favoritismos de la opinión. La prueba es que, de haber sido por convención, el candidato único del liberalismo para la Alcaldía de la capital nunca habría sido un dirigente tan atípico como lo es Peñalosa.

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