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| 1/23/2010 12:00:00 AM

Se fueron los leones

Casi todos los senadores que hicieron los grandes debates del Congreso en la última década se fueron. ¿Habrá relevo?

Las percepciones sobre los cambios generacionales en la política son universales. En todas las latitudes son usuales los comentarios que señalan que "los políticos de antes eran mejores", que "se han perdido los valores" o que "hace unos años no se veía lo que se ve hoy".

Colombia no se ha quedado atrás de esta tradición que idealiza la moral pública del pasado. ¡O tempore, O mores! es una expresión en latín que siempre estuvo presente en los discursos de mandatarios del siglo XX, en especial de los dos más insignes representantes del liberalismo y el conservatismo: Alberto Lleras y Laureano Gómez.

A pesar de su aparente anacronismo, esta expresión pareciera tomar fuerza en la actual coyuntura del país cuando uno de cada cuatro congresistas elegidos en 2006 se encuentra investigado por su participación en escándalos como la para-política, la repartija de notarías, o la 'yidis-política'. Que faltan hacen, por ejemplo, congresistas como el grupo de los 'Leopardos' cuyos lúcidos y eruditos debates de mediados del siglo pasado quedaron labrados en la historia.

No es gratuita la actual mala imagen del Congreso ante la opinión y su precaria legitimidad. Según la última encuesta de Invamer Gallup, en noviembre la desconfianza de los colombianos sobre el Senado y la Cámara llegó al 54 por ciento.

Pero esta falta de legitimidad no sólo se debe a un desencanto con la política. Ni a que en los últimos ocho años el Congreso haya perdido importancia frente al Ejecutivo y que la imponente égida del liderazgo presidencial haya dejado al Legislativo como un perro faldero. Se debe, sobre todo, a que en los dos últimos períodos se ha retirado del Congreso la mayoría de sus figuras más respetadas y emblemáticas.

Varios de los que se han destacado desde 2002 y que dejaron -o dejarán- el Congreso, están en busca de destinos más altos: o se lanzaron a la Presidencia o encabezan sus respectivos partidos políticos.

En este grupo está Germán Vargas, quien llegó al Senado en 1998 y en 2006 obtuvo la votación individual más alta del país. Vargas ha sido un político con carácter y entre sus debates más sonados está el que aceleró el rompimiento de los diálogos del Caguán, en 2006; y el que denunció la carrera armamentista en Venezuela, en 2008. Otro peso pesado que se fue es Rafael Pardo, actual candidato presidencial y director del Partido Liberal. Pardo es un político serio y riguroso, y desempeñó un papel clave en el Congreso en temas de orden público. Otro valioso senador que se lanzó a la Presidencia fue Gustavo Petro, quien estuvo dos períodos en el Congreso por el Polo y se ganó el respeto de sus colegas y la admiración del país al liderar los grandes debates sobre la infiltración paramilitar en la política. La última de esta baraja presidencial es Marta Lucía Ramírez, quien fue una de las senadoras más estudiosas y se destacó por sus debates sobre infraestructura, competitividad y desarrollo fronterizo.

Otros que decidieron hacer política desde instancias diferentes al Congreso fueron Carlos Gaviria, Antonio Navarro y Rodrigo Rivera. Los tres fueron senadores entre 2002 y 2006 y se destacaron por sus serios debates de oposición. Los dos primeros, del Polo Democrático, plantearon temas como la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y la necesidad de corregir algunas debilidades en el proceso de desmovilización de los paramilitares. En 2006 Gaviria se retiró para candidatizarse a la Presidencia, y Navarro buscó la Gobernación de Nariño. Rivera, por su parte, después de lucirse en debates sobre descentralización e integración económica, se retiró del Congreso en 2006 para competir en la consulta liberal. Después de fallar en ese intento y de estar un tiempo fuera del país, se convirtió en promotor del referendo reeleccionista y en fiel escudero del presidente Uribe.

Otro que se va del Congreso y que se ha destacado por sus debates económicos es el liberal Hugo Serrano Gómez. Desde cuando fue elegido senador en 1991, se destacó como uno de los mayores conocedores en los temas petroleros y energéticos. De su mismo partido, tampoco volverán al Senado Cecilia López y Héctor Elí Rojas, quienes adelantaron debates cruciales como el de Carimagua y el de los falsos positivos. Rojas, senador desde 1994, se lanzará al Parlamento Andino, y Cecilia pondrá a andar una fundación.

La mitad de los mencionados no participaron en las elecciones de 2006 y la otra mitad no lo hará en 2010. La salida de estos leones del Congreso tendrá un gran impacto en un poder legislativo donde predomina una mayoría silenciosa que prefiere aceitar sus maquinarias regionales a liderar los grandes debates de control político, que le huye a los medios y cuyos miembros tiene carreras generalmente efímeras. Entre los últimos mohicanos que quedan en el Senado están Juan Fernando Cristo, en el tema de reparación de víctimas; Armando Benedetti, quien ha dado duras peleas en temas sensibles para los sectores moralistas como la de la legalización de la dosis mínima y la igualdad de derechos de la población Lgbt; Luis Fernando Velasco, quien destapó las debilidades de la Ley de Justicia y Paz, y Jorge Enrique Robledo, destacado por su seriedad en debates tan espinosos como el de las bases militares, el TLC y la política agraria del actual gobierno.

La gran pregunta frente a la retirada de los grandes es si hay una nueva generación de políticos cuya preparación y liderazgo logre copar esos espacios en un Congreso que está de capa caída y desmoralizado por el terremoto de la para-política.

Hay sin duda figuras serias, renovadoras y con proyección que llevan un período en el Congreso como Simón Gaviria, Juan Manuel Galán y Guillermo Rivera. También candidatos muy respetados y expertos en ciertos temas como Juan Mario Laserna y Miguel Gómez en política económica, y Juan Carlos Flores en política urbana. Sin embargo, a todos ellos les quedará más difícil construir liderazgos tan sólidos como los de sus antecesores. Las condiciones actuales del ejercicio de la política en Colombia harán que este relevo generacional sea lento y complicado. Así lo creen expertos como el profesor Francisco Gutiérrez, quien afirma que "en el Congreso siempre ha existido el grupo de los juiciosos y el de los políticos de mala calidad". Y aunque cree que en política siempre se extraña a los que se van, asegura que este será un relevo impredecible.

Hay muchas interpretaciones de por qué es cada vez más difícil construir fuertes liderazgos nacionales. Los políticos mencionan causas como la infiltración de dineros ilegales en la política y el alto costo de las campañas que, sumado a la circunscripción nacional, hace casi imposible para un candidato al Senado buscar votos en regiones que no sean las suyas sin tener que gastar millonadas. El discurso de la antipolítica también ha incidido en que los jóvenes líderes que aspiran a cargos de elección popular tampoco estén vinculados a estructuras partidistas o plataformas ideológicas.

Pero probablemente lo que más dificulta el relevo de este grupo de leones de la política es el desprestigio del Congreso. Nada le hace más daño a la política que su mala imagen, y esto lleva a que las nuevas generaciones no tengan casi ningún incentivo de participar en lo público.

No obstante, la tarea de redignificar la política y encontrar nuevos liderazgos no debe recaer sólo en candidatos serios y disciplinados que se lanzan a la arena como quijotes. Los electores también tienen una gran responsabilidad de lo que significa asumir una conciencia política y ciudadana para elegir bien. El Capitolio es el lugar donde las sociedades dan los grandes debates públicos, y en un país en el que los grandes problemas todavía no se han resuelto, las próximas elecciones al Congreso serán determinantes, sobre todo cuando los grandes están de retirada.
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