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| 2/29/1988 12:00:00 AM

¿SE SUICIDO ALLENDE?

Por primera vez, la amante de Allende revela que el presidente chileno se pegó un tiro antes de que entraran las tropas a La Moneda.

El pasado 10 de enero, el periodista Gastón Salvatore de la Revista italianá Epoca, publicó un reportaje con Miriam Contreras, "La Payita", secretaria del último presidente constitucional chileno, Salvador Allende. SEMANA reproduce los apartes más importantes de este documento:
""Te fue mal, Payita", me dijo el Perro Olivares, interceptándome el ingreso a la oficina presidencial de La Moneda. Augusto Olivares (periodista, amigo íntimo de Allende y hombre de confianza de toda una vida) no quiso que yo viera el cuerpo de Salvador detrás del escritorio. Trató de taparme los ojos con su chaqueta. Recuerdo aún aquel ruido de monedas y llaves en uno de los bolsillos. Luché por librarme. Entré y vi a Salvador tendido sobre el piso en medio de una poza de sangre. Estaba muerto. Acababa de suicidarse con la metralleta Skorpio que Fidel le había regalado. La tenía aún entre las manos".
Miriam Contreras habla con voz tranquila. No hay lágrimas en sus grandes ojos, tristes e inocentes. Tiene casi 60 años, pero el tiempo y la tragedia no han dejado en su rostro las marcas profundas de la amargura.
Su humildad impresiona. Naturalmente evoca con dolor aquel fatídico 11 de septiembre de 1973, que marcó el fin de la democracia en Chile. Hasta hoy, Miriam Contreras no ha hablado nunca en público de aquel drama y del rol que tuvo en la vida y en el gobierno de Salvador Allende. La "Payita", como él la llamaba y como la conocen los chilenos, fue por más de 10 años la mujer de Allende y también su más estrecha colaboradora. No ha sido fácil convencerla a hablar de sí misma en aquel período. El silencio, autoimpuesto -¿quién la convenció a callar y por qué?- dura ya tantos años.
Su vida al lado de Allende no transcurría en la sombra de una casa escondida. Oficialmente, y también en la realidad, era su secretaria particular. En La Moneda, el palacio presidencial, tenía una oficina cerca de la del Presidente. Habitaba con Allende en el Cañaveral, una espléndida casa no muy lejos de Santiago, semiescondida en un estrecho valle de los Andes. Hortensia Bussi de Allende, la esposa del Presidente, ocupaba en cambio la residencia oficial del Presidente de Chile en la avenida Tomás Moro; trabajaba en una oficina de un ala lejana de La Moneda, donde las mujeres del pueblo vaciaban sus problemas.
"A mí el poder no me interesa", dice la Payita sonriendo. "No me importaba ser la esposa de Allende. Comprendía que no se podía, que Chile era un país católico. Cuando Salvador decidió legalizar nuestra historia, yo rehusé. Lo que me gustaba era estar junto a él, estar en el medio de la batalla".
Cuando le hago notar que su relato sobre la muerte de Allende contradice la versión de la izquierda chilena, la cual afirma que el Presidente fue asesinado por los militares, me contesta: "Es lo que Fidel declaró en su famoso discurso de La Habana, pocos días después del golpe de Pinochet. El tenía a su lado a Tati (Beatríz Allende, segunda hija del Presidente, médico, y ella también estrecha colaboradora del padre)... Cuando logré salir de Chile y llegar a Cuba, a nadie le gustó mi relato del suicidio de Salvador. No sabía siquiera que no se debía mencionar. Del suicidio hablaban los militares y la derecha chilena. Pero yo lo vi muerto antes, pocos segundos antes de que entraran los soldados. El Perro Olivares también se mató a los pies de Salvador, poco después de hablar conmigo. No he entendido jamás qué imágenes alteraron el hecho de su suicidio. De la posibilidad del suicidio Salvador Allende había hablado muchas veces. "Si quieren echarme de La Moneda antes del término de mi mandato, deberán sacarme con los pies por delante", solía decir. Sentía una gran admiración por el presidente chileno Balmaceda, que se suicidó en 1891 después de haber sido derrotado en una guerra civil".
"Continuaban los bombardeos sobre La Moneda", prosigue Miriam Contreras. "Entonces, vi por la ventana el palacio de la Intendencia en llamas. Enriquito, mi hijo, estaba allí. Pensé: Salvador y Enrique muertos. Nada más podía importarme".
"No fui como los otros sobrevivientes del grupo", dice. "Ellos todavía no logran comprender como fue que quedaron sin un cargo, sin saber lo que debían hacer; algunos murieron, otros viven aún dispersos por el mundo. Esta, por lo demás, es la verdad. A mí, en cambio, ya no me preocupa mi futuro. Soy la única responsable de lo que me suceda, la única culpable de toda mi participación.
Era sólo una soldado raso, en el fondo".
Desayunamos juntos. La taza, de fina porcelana, seguramente había sido comprada en alguna liquidación de tienda grande. Pero no por falta de dinero. Miriam Contreras es la jefa de Habana Tours y, junto a Max Marambio, otro héroe de la resistencia chilena, dirige Corafilms, una casa de producciones cinematográficas que incluye entre sus guionistas a Gabriel García Márquez.
Miriam Contreras no logró nunca explicarse por qué Allende gustaba tanto a las mujeres. No era el tipo de hombre que seduce a primera vista. Tal vez las conquistaba con su actitud, con su forma de tratarlas, o con la seguridad que transmitía su ilimitada alegría de vivir. Era tierno pero al mismo tiempo irónico. Y era así con todas: viejas, jóvenes, feas, bellas. Con cada una establecía una relación única. Con él se sentían importantes, protegidas.
"Salvador era lo contrario del hombre machista. Sus verdaderos amigos eran sus mujeres. No casualmente las opiniones de Tati eran las que escuchaba con más gusto. Adoraba a su hermana Laura, diputada socialista, una especie de ángel de los que vivían en las "mejoras". "La negra" la llamba él. Era una mujer de belleza excepcional, poseía una gran bondad y era valiente".
También Laura Allende se quitó la vida. Lo hizo unos cuantos años más tarde, lanzándose del sexto piso del Hotel Riviera de La Habana.
Durante el período de la Unidad Popular, la Payita fue objeto de todo tipo de difamación. Para la derecha Miriam Contreras se transformó en un oscuro personaje que había que odiar. Sobre ella se concentraron los rumores, los temores, las fantasías, hasta las eróticas. Después del golpe, no solamente se le acusó de sustraer fondos estatales en favor de Allende y de sí misma, sino también de haber organizado orgías con la guardia personal. La junta militar se preocupó de exhibir documentales televisivos que mostraban las piezas del Presidente tapizadas con profilácticos usados, revistas pornográficas, ropa íntima y centenares de botellas vacías de Chivas Regal. Todo esto mezclado con una coreografía de pistolas, metralletas, explosivos.
"Salvador sabía delegar, crear equipos. Pero confiaba demasiado en la gente. Tenía la tendencia de creer en la sinceridad de todos. Cuando yo le decía: "Cuidado, es mejor no meterse con ese tipo", él contestaba que yo no conocía bien a la gente. Era muy testarudo. Yo insistía. "Lo veremos", respondía. Y después, casi siempre llegaba una prueba que me daba la razón. "¿ Ves que yo tenía razón?" Y él "no me lo digas". Por esto me llamaba "bruja"".
En los últimos meses de 1971, el gobierno de la Unidad Popular llegó a su cumbre. En aquel entonces llegó Fidel Castro en visita oficial. Su popularidad fue enorme y Fidel se quedó en Chile por más de un mes. Se trataba del primer viaje que Castro efectuaba a un país latinoamericano desde los tiempos de la revolución. El líder cubano recorrió enteramente el país. Su turismo militante empezó a originar críticas y no solamente de parte de la oposición. "En la noche bromeabamos con Salvador -dice Payita-. Por lo que parece Fidel no se irá nunca. Chile le gusta demasiado". Dejándo a un lado las bromas, el Presidente se daba cuenta que la visita de Castro se estaba transformando en una verdadera catástrofe política. Mas no sabía en qué forma decirle que se fuera.
En octubre de 1972 la situación política empezó a precipitarse: comerciantes, transportistas y mineros, iniciaron una huelga contra el gobierno de la Unidad Popular. Allende se vio obligado a nombrar ministros a tres militares. El general Prats, comandante en jefe del Ejército, fue ministro del Interior.
"Nunca tuve confianza en los militares. En realidad los odiaba. Sufrí cuando Salvador los llamó para recomponer su gobierno. Esto es el inicio del fin, le dije llorando a Salvador. "Tú, Payita, no comprendes nada" fue su respuesta. Para él aquella era la única salida posible".
Al gobierno le sirvió de poco obtener el 45% de los votos en las elecciones de marzo de 1973. La situación estaba tan deteriorada que todos temían un golpe militar. En junio de 1973 una unidad blindada se sublevó. Allende logró personalmente, y solo disuadir a los oficiales rebeldes: ellos abandonaron los tanques frente al palacio presidencial.


"En apariencia el prestigio de Salvador salió reforzado -dice la mujer de Allende-, pero fue el general Prats quien sufrió las consecuencias de la sublevación. Presentó de inmediato la renuncia. En esos días estaba reducido al fantasma de sí mismo. Salvador no aceptó la renuncia. Mas quedó extremadamente preocupado.Su hombre de confianza en el Ejército había cedido frente a la primera dificultad".
Unos días después se produjo un estúpido incidente que tuvo consecuencias graves para la estabilidad del gobierno. Al dirigirse el general Prats hacia sus oficinas en el centro de la ciudad, un automóvil, conducido por una señora de la burguesía se le acercó. Abriendo la ventanilla, la señora le insultó. Prats dio orden al chofer de interceptar ese auto. Con pistola en mano el ministro del Interior y comandante en jefe del Ejército obligó a la vieja señora a disculparse. En la tarde se realizó una manifestación de mujeres indignadas frente a su casa y Prats dimitió irrevocablemente. " Vi a Salvador desesperado. Solo, frente a un Ejército hostil. Hizo lo posible para que se quedara, haciendo hincapié en su sentido del honor y haciéndole ver el grave riesgo de un golpe. Pero ese hombre pensaba solamente en regresar a su casa. El Presidente nombró a Pinochet: había sido Prats quien le había dado seguridad de su lealtad al gobierno y a la Constitución. Salvador no tenía otra elección. Tenía que fiarse. Resulta casi tragicómico pensar que tal vez el futuro dictador, en realidad, permanecía fiel al gobierno ".
Los días de Allende ya estaban contados. Su habilidad como mediador no servía más. Hizo todo lo posible para convencer a la DC a entrar en el gobierno. Esta, en lugar de aceptar, votó en el Senado la inconstitucionalidad del gobierno de la Unidad Popular. "Eran días negros. A cada débil esperanza, que duraba uno o dos días, seguia una depresión que una esperanza, aún más débil, no lograba disipar".
Miriam Contreras logra respirar apenas cuando evoca aquel recuerdo. La pesadilla del 11 de septiembre está viva en su mente y la hiere. Estamos hablando desde hace varias horas. El living parisiense ya está en la sombra. Pero se tiene la sensación que no está anocheciendo, que yo no me encuentro allí, que nosotros dos ya no estamos seguros en París. Ella vuelve a vivir aquella mañana llena de sol, cuando en Santiago está empezando la primavera. "En la madrugada un amigo me telefoneó. Se trata de un ex oficial del Ejército que tenía todavía contacto con sus ex compañeros de armas. Después había pasado al GAP, la guardia del Presidente, pero lo habían expulsado bajo la acusación de ser homosexual".
"Muchas veces se me había dicho que tendría que cortar los puentes con él. En cambio a mí me gustaba, tenía plena confianza en él, y continuaba viéndolo. Me dijo al teléfono: "Esta vez el golpe va en serio". Desperté a todos. Salvador aquella noche durmió en Tomás Moro, la residencia oficial del presidente. Cuando llegamos allá, recién había partido hacia La Moneda, casi sin escolta dejando toda su guardia para defender la casa: "Pero ustedes, ¿ qué hacen aquí?", pregunté al jefe;"la orden del Presidente es quedarnos aquí". ¡Pero vuestra obligación es defender al Presidente! No recuerdo si fueron 16 ó 18 los que partieron conmigo hacia La Moneda. Dije a mis hijos: Max, quédate aquí y haz de mensajero. Tú, Enriquito, ven conmigo. Llegamos a la Prefectura y los carabineros no nos permitieron continuar. "Déjeme hablar con La Moneda", pedí al oficial. El Presidente tenía aún suficiente autoridad para ordenar que me dejaran pasar. Salvador estaba tranquilo. Salió de su oficina donde había recién hecho su penúltimo discurso al país y me dijo: "¿ Tú crees verdaderamente, Payita, que nos bombardearán? No tendrán el coraje de hacerlo". El Comando Militar le ofreció un avión para dejar Chile. El Presidente tildó de traidores a los oficiales golpistas, pero aceptó un salvoconducto para las mujeres. Tati Allende no quería abandonarlo. Estaba esperando un hijo. "Llevarás un mensaje mío a Fidel Castro", le dijo Salvador".
Beatriz Allende se suicidó en octubre de 1977, en La Habana, confiando sus hijos a la Payita, quien constituía para ellos una segunda madre. Hoy viven con la hermana menor de Miriam Contreras en Cuba.
"Me oculté en la cocina para evitar que Salvador me obligara a salir. Cayeron las primeras bombas. El Presidente empezó a disparar como los demás, desde una ventana. Había pasado bastante tiempo: segura de que los hombres tenían hambre, preparé una sopa y unos pancitos. Mientras comía, Salvador me habló por última vez. En seguida pronunció en la radio aquel desgarrador discurso que todos recordamos. Me abrazó antes de volver a combatir. Tenía excelente puntería. Hasta Fidel Castro lo había notado con admiración cuando se adiestraban juntos en el jardín del Cañaveral ".
Allende decidió que todos los colaboradores tenian que salir con bandera blanca, un paño de cocina que trajo Enrique Huerta, miembro de seguridad del Partido Socialista. Bajaron los médicos. Bajó la Payita, pero Huerta le pidió que subiera nuevamente para ver por qué los demás no bajaban. La Payita, arriba de la escala, vio que los soldados se tiraban encima de Huerta, le arrebataban el paño blanco, le pegaban gritando "arriba las manos". Corrió hacia la oficina de Allende donde Augusto Olivares le impidio el paso.
La Payita tomó la proclama de la Independencia de Chile de 1810 y la puso en un bolsillo de la chaqueta de Olivares. Los soldados subieron la escala. Le rompieron la chaqueta y la arrastraron hasta la calle poniéndola contra el muro con los demás. Murmuró a Huerta, que tenía al lado: "El Presidente ha muerto". Se pasaron la palabra; en seguida fueron obligados a tenderse en medio de la calle, vientre a tierra y manos en la nuca.
"Un soldadito me dijo "párese y venga a ponerse cerca del muro.
Cúbrase la cara con las manos para protegerse del rebote de las balas". A pareció un sargento. "¿ Y está qué hace aquí? Manos a la nuca". El soldadito volvió a decirme "cúbrase la cara, señora". Escuché una voz que conocía: "Y tú, ¿qué haces aquí?". Era Jaime Puccio, viejo amigo, dentista del ejército, con uniforme militar. Estaba furioso porque creía que todas las mujeres se habían ido. Escuché el silbato de una ambulancia.
"Hazte la muerta", dijo Puccio. Después al enfermero: "Llévese a esta mujer que se está muriendo". Reapareció el sargento: "¿Qué?, ¿muriéndose?, ¿será histerismo?"."¿Usted es médico tal vez?" preguntó Pucció. El enfermero me tiró a la ambulancia. Perdí los zapatos. Detrás de la esquina había un tiroteo infernal. El chofer se detuvo y el enfermero dijo:"Acelera o nos matan"".
En la Posta descubrió que el lugar estaba aún en poder de los compañeros. Con una pierna enyesada fue ocultada en una casa que hasta poco tiempo antes era un prostíbulo. Otras mujeres también se habían refugiado allí. La pieza de Miriam Contreras tenia una claraboya. En la noche los hombres que huían caminaban sobre el techo.
"Tenía un miedo loco que uno de ellos se hundiera y cayera encima de mi cama". La Payita no temía por su integridad física. "En este caso seguramente me habrían acusado de haber estado en la cama con él".
Fueron unos desconocidos los qúe la ayudaron en aquellos días. También algún amigo fiel, opositor del Gobierno Popular. Soledad absoluta, insomnio. 10 días sin dormir, en un departamento con luz eléctrica cortada. Lecturas a la luz de los reflectores de los militares y los faros de los helicópteros.
"Un día me acerqué a la ventana y vi metralletas y fusiles apuntados hacia mí. Me han encontrado, pensé. En cambio dispararon hacia el techo donde pensaban que estuviesen escondidos los nuestros. Hasta mi llegada a la Embajada de Suecia no supe de la muerte de mi hijo. Dos meses de clandestinidad".
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