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| 6/21/2010 12:00:00 AM

Se temía que pasara, y pasó

Con la explosión de una mina de carbón, en Amagá volvieron a verle la cara al infierno. Los muertos suman 72 y se convierte en una de las peores tragedias de la minería en Colombia. El corresponsal de SEMANA José Alejandro Castaño muestra detalles desconocidos de este drama.

A contra luz, la corriente de gases venenosos es visible. Parecen cabellos largos, muy finos, blancos. Si el diablo tiene pelos, son esos. Y huelen. Nadie sabe decir a qué. Se meten por la nariz y la boca de los que están atrapados y les exprimen el corazón como si fuera un pez. La muerte tarda apenas unos segundos. Conscientes del destino que se juegan, cinco hombres caminan en la penumbra de las lámparas que llevan en sus cascos. Usan máscaras y tanques de oxígeno. Los gases fluyen tan densos que se pegan a sus viseras y ellos deben limpiarlas con la mano. Avanzan 300 pasos. Ven algo. Son cuerpos apilados. Tres aquí, seis allá. Cuatro más al fondo. Algunos están abrazados, con los cascos aún puestos. Es un gesto típico de la muerte blanca, así la llaman: mientras agonizan, los mineros se aferran entre así, como dándose consuelo. La mina tiene nombre de santo, San Fernando, pero aquello es el infierno. La cifra total es de 72 fallecidos.

Solo logran avanzar 200 metros de los casi 1.500 que tienen los socavones. Arriba, en la superficie de esta mina de carbón en Amagá, Antioquia, todavía hay madres y esposas creyendo en un milagro. Rezan. Lloran. Gladys Gallego espera noticias de su esposo, John Jairo Restrepo, de 44 años. La explosión lo atrapó en mitad del turno, que había comenzado cuatro horas antes y se prolongaría hasta el día siguiente, a las 6 de la mañana. Se supone que su hijo Edison estuviera con él, pero el chico corrió con suerte, solloza la madre, porque esa misma noche lo suspendieron por haber llegado enguayabado hace unos días. Eso lo salvó. Camilo Montoya aguarda por su sobrino, Andrés Escobar, que al día siguiente cumpliría 22 años. Allí con ellos están los padres y hermanos y suegros y tías de ‘Chispas’, ‘Mario Chivo’, ‘Comején’, ‘Patecono’, ‘el Chillón’, ‘la Luna’, ‘Mapo’, ‘el Papá’, ‘Popis’, ‘Limón’, ‘el Arrugado’, ‘Carripicho’, ‘Mercedes Benz’, ‘Luciérnaga’, ‘Rambo’, ‘Topo Yiyo’, ‘Siempre Vivo’. A todos los nombran así, por sus apodos.
La esperanza de las familias es que la explosión del jueves solo habría destrozado a los hombres que estaban en la boca del túnel, entre 12 y 15, y creen que es posible que algunos de los mineros, distribuidos a lo largo de los callejones interiores, aún permanezcan con vida, bendecidos por una corriente de aire llegada a través de una fisura en los muros. No es así. Los miembros de la cuadrilla de rescate que miran la escena de los cuerpos abrazados saben que estos hombres pudieron sobrevivir a la explosión pero no a la concentración de gases. Incluso ellos, auxiliados por sus máscaras de oxígeno, deben regresar de inmediato a la superficie hasta llegar al punto en que el aire sea menos denso. La cifra oficial de víctimas es igual a la de un desastre aéreo. El único sobreviviente se llama Walter Restrepo. Tiene 31 años.

Él cuenta que eran las 10:46 de la noche. Acababa de terminar su turno y se apuró a salir, como afanado por una premonición. Unos pasos después de cruzar la boca de la mina se produjo la explosión y él quedó envuelto en llamas, pero vivió para contarlo. Nadie más lo logró, ni siquiera los seis compañeros que lo seguían detrás, algunos a menos de 10 pasos de distancia. Esa es la lotería del minero, dice Walter, mientras dos enfermeras le cubren las heridas para evitar una infección. “Allá quedaron compañeros con 20 años de experiencia. Yo llevaba un mes apenas”, dice, como disculpándose por la suerte que lo bendijo. Entre los mineros está ese dicho de que todos saben cuándo entran al socavón pero no cuándo salen. Tantos años después, nadie sabe la cifra exacta de los muertos que han sacado de los túneles de carbón en Amagá. “Son cientos”, calcula Joaquín Quiroz en el parque del pueblo, a donde esta tarde serán llevados los primeros 18 cadáveres para una misa campal.

Al parecer, de tanto vivir con ella, la tragedia es una cosa cotidiana y ya nadie se extraña de verla. Sí la temen, sí la lloran, pero ya no pelean con ella. Joaquín se rasca la nariz con el muñón de la mano donde le faltan tres dedos. Si uno mira con atención es posible ver a otros amputados en muletas, en sillas de ruedas, con los brazos vendados, los ojos cubiertos con esparadrapo, unos viejos, otros jóvenes, todos víctimas de accidentes mientras picaban roca para extraer carbón. En el ancianato, en la esquina del parque, hay más sobrevivientes. Uno es Manuel García, de 76 años, que se salvó de la tragedia más grande ocurrida en estas tierras. Fue en 1977, el 14 de julio, 86 mineros murieron envenenados por los gases tóxicos que expelen los socavones. Él había renunciado una semana antes, ya no recuerda por qué.
 
Esa vez, como ahora, las autoridades prometieron exhaustivas investigaciones y corregir, para siempre, los errores que provocaron la tragedia. Qué va. La conclusión fue que por falta de previsión y un adecuado sistema de alarma, los gases irrumpieron en una concentración y una rapidez que no dieron tiempo de evitarlos. Fue una emboscada, dijeron entonces, la misma expresión que ahora se oye, 33 años después, como si la lección nunca hubiera sido aprendida.
Según los expertos del Instituto Colombiano de Geología y Minas, Ingeominas, está claro lo que pasó: “Los gases se concentraron a un nivel y con una rapidez mortal”. Suena como una grabación. El gobernador de Antioquia, Luis Alfredo Ramos, insiste en que San Fernando es la mina de carbón más tecnificada del departamento y una de la más seguras del país. Eso es lo desconcertante: ¿qué puede pasar cualquier día en los socavones inseguros? Solo en Amagá, los túneles ilegales suman más de 100, y allí se producen muertes todo el año, “uno o dos cada tanto”, reconoce Álvaro Echavarría, secretario de Gobierno.

Alarmas

En Amagá los negocios permanecen en silencio. En las calles la gente hace corrillos. No es una metáfora: el llanto suena como muchos insectos juntos. A veces los vecinos se reconocen desde lejos y corren a abrazarse. Así se quedan un rato, inmóviles bajo la luz de los postes. Por culpa de las elecciones hay policías y soldados en las esquinas, pero a nadie le importa quién vaya a ser el Presidente. Da igual. Son tantos los muertos que no parece posible que alguna familia haya salido ilesa del todo. Hay casas donde el padre y el hijo y un hermano, o el suegro y un yerno y un sobrino se cuentan entre los desaparecidos. Los carros mortuorios van y vienen. En la funeraria debieron conseguir ataúdes a toda prisa en Medellín, distante 50 kilómetros, y en los municipios vecinos. En medio de todo eso, el nombre de la alcaldesa suena como una ironía inevitable: Auxilio del Socorro.

Ella reconoce una preocupante versión que se repite en las calles del pueblo: que la tragedia se veía venir, que era cuestión de tiempo, que el reloj iba en cuenta regresiva, que la mina debió estar cerrada hace meses. “Eso era lo que repetían los mismos mineros que ahora estamos buscando, pero nunca fue una queja formal”, dice la funcionaria. ¿Qué es queja formal?

Según voceros de la Alcaldía, por más que lo hayan intentado, la administración municipal no tiene competencia en la revisión de las minas legales, como San Fernando, que son cuatro en total, sino solo en las ilegales, que suman casi 100. “La única autorizada es la Gobernación de Antioquia a través de su Secretaría de Asuntos Mineros. Y según ellos, el socavón estaba en óptimas condiciones”, asegura Auxilio del Socorro. Pero el ministro de Minas y Energía, Hernán Martínez, sugirió otra cosa. “Esta mina no tenía sensores de alerta sobre acumulación de gases. Eso es muy grave”, dijo en su visita al lugar de la tragedia. Después, al día siguiente, se mostró más conciliador. “Esperaremos a ver qué concluyen los investigadores”. En el pasado, cuando los mineros ingresaban a los túneles, llevaban jaulas con canarios. Si los pájaros morían era tiempo de salir.

“Allá en el hueco había carbón incendiado y los hombres debían trabajar en temperaturas que superaban los 50 grados centígrados”, dice Narcisa González, miembro del Cuerpo de Bomberos voluntarios de Amagá. La noche de la tragedia, ella estaba con otros compañeros en la cocina de su casa, que es como la oficina donde intentan resolver el eterno lío de no contar con recursos. “En esas el cielo estalló y salimos al patio. Todo estaba iluminado, como si hubiera luna, pero caímos en cuenta de que luna no había”, recuerda la mujer, también presidenta de la asociación de víctimas del conflicto armado, que solo en Amagá cuenta con 5.838 miembros. Pero esa es otra historia. “Hace dos años, en esta misma mina, cinco obreros se ahogaron en una corriente de agua. Murieron ahogados porque el gas los durmió. Desde entonces la mina debió cerrarse”, cree Narcisa.

Odeilda Vasco recuerda que su esposo, Luis Carlos Zapata, se lamentó esa noche de irse a trabajar. Dijo, y lo había dicho tantas veces, que uno de estos días el gas acumulado los iba a hacer volar. “Entonces renuncie, mijo”, le aconsejó ella. “¿Y de dónde sacamos la comida?”, le preguntó él. Según la Alcaldía, siete de cada 10 hombres en Amagá viven de extraer carbón. Los sábados, días de pago, son jornadas de fiesta que se prolongan hasta la madrugada. Es costumbre que el pago se haga en efectivo, entonces los dueños de las minas se sientan en los negocios del parque, Antojitos Restaurante, por ejemplo, y conviertan una mesa en escritorio. Allí, de uno en uno, cada quien pasa por su sueldo, que rara vez suma más del mínimo. “Es un trabajo triste”, admite el párroco del pueblo, Gustavo Rendón.
 
La iglesia del parque tiene adosados cuatro confesionarios enormes en los muros. Parecen, como terminan en punta, réplicas de alguna nave espacial. Y se supone que casi funcionan así. Según el padre Rendón, si se usan siguiendo todas las instrucciones, esos confesionarios pueden llevarte al cielo. “Lástima que de todos los hombres de por aquí, los que menos los usan sean los mineros”, se queja el sacerdote. En San Fernando los gases no dan tregua. De nuevo, una y otra vez, las cuadrillas de recuperadores de cuerpos han debido regresar a la superficie con las manos vacías. Decenas de cadáveres siguen allá abajo, abrazados. Nadie promete que sea la última vez que ocurra.
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