Jueves, 30 de octubre de 2014

| 2013/08/03 10:00

SEMANA califica con 3,5 gestión económica de Santos

El balance económico de los últimos tres años es bueno. Pero la revaluación, la firma de los TLC y falta de ejecución en infraestructura pueden afectar lo hecho.

Gracias a las 100.000 casas gratis de Germán Vargas Lleras, la locomotora de la vivienda aceleró su ritmo. Foto: Guillermo Torres / Semana

El gobierno termina su tercer año con críticas en varios círculos empresariales y con el 66 por ciento de la opinión que cree que la economía no va por buen camino. Más allá de las percepciones, la realidad económica no es tan mala como sostienen los críticos, ni tan buena como pregona la Casa de Nariño. 


Sin duda, las cifras macroeconómicas son estimulantes: el país ha crecido desde 2010 en promedio un 4,9 por ciento por año –el tercer crecimiento más alto en América Latina–; el recaudo tributario aumentó desde 67 billones de pesos en 2010 hasta 100 billones en la actualidad, y el presupuesto de inversión se ha duplicado en este mismo lapso; la inversión extranjera directa (IED) alcanzó cifra récord de 15.600 millones de dólares el año pasado; el país recobró el grado de inversión que había perdido a finales de los noventa, la inflación es hoy del 2 por ciento, la tasa más baja en 57 años y este año, según el Dane, la tasa de desempleo llegó a un dígito –9,2 por ciento– y cumple una de sus promesas de campaña. Estas cifras, con un entorno internacional adverso por la crisis en Estados Unidos y Europa, le dan una buena nota al gobierno en  la asignatura económica. 


Sin embargo, cuando se mira con lupa la fotografía de la economía se observa que una combinación de factores han venido opacando el desempeño: revaluación, contrabando, firmas de tratados de libre comercio, falta de ejecución en varios frentes –especialmente la infraestructura– y caída en los precios internacionales de las materias primas. Y la conclusión a la que se llega es que, así como en los elementos fundamentales de la economía se ha hecho la tarea, en la microeconomía las cosas no van tan bien.


 El sector industrial es, sin duda, el más afectado. De hecho, el país avanza hacia un proceso de desindustrialización preocupante. La industria ha pasado en tres décadas de representar el 24 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) a menos del 12 por ciento. Van cinco trimestres de caída en la producción industrial y en ciertos sectores el gobierno ya ha tenido que intervenir con el alza de aranceles, como en el caso del calzado y los textiles. El gobierno ha insistido en que no se puede hacer una correlación entre la desaceleración de la industria y la firma de tratados de libre comercio. 


Por otro lado, la idea de que las cinco locomotoras marchando a toda máquina iban a producir no solo un crecimiento del 6 por ciento al año, sino un despegue que sacaría a Colombia del tercer mundo, creó expectativas demasiado altas. Varias de las locomotoras van a marcha muy lenta y si se midieran solo por su velocidad, es decir por la ejecución, el balance no es favorable. 


Aunque hay planes bien elaborados y más de 40 billones para invertir en infraestructura, Santos llega al tercer año en deuda en cuanto a obras. Esto ha sido una constante en casi todos los ministerios, pero principalmente en el de Transporte, en donde las proyectadas autopistas no se han visto. 

Lo paradójico es que en el área de la infraestructura es simultáneamente donde más reformas se han hecho y donde más se ha sentido la frustración. Lo que ha hecho esta administración en lo institucional para modernizar la infraestructura del transporte ha sido muy importante. 


La creación de la ANI (Agencia Nacional de Infraestructura), la expedición de la Ley de Asociaciones Público-Privadas y el proyecto de ley que busca impulsar el sector de la infraestructura abren una esperanza de que el país se vaya a desatrasar en este frente. Como todo cambio, esto pisa callos y genera escepticismos. Pero en todo caso el nuevo sistema ya arrancó y el país espera los resultados.

 

El problema es que despegó demasiado tarde y los colombianos se alcanzaron a entusiasmar con la locomotora de la infraestructura y dieron por hecho que al final del cuatrienio habría doble calzadas, túneles y puentes. Y esta es la hora en que no se ha entregado una doble calzada completamente terminada.


El punto es que el gobierno ahora tendrá que mostrar que hizo las cosas al derecho y la prueba de fuego será cuando arranquen las concesiones de cuarta generación. Este gobierno no se ha destacado precisamente por ser un buen ejecutor y en el año que le queda deberá probar su real capacidad en esta materia. Esta situación genera promesas incumplidas que indudablemente castigan la imagen del presidente.


Con la locomotora agropecuaria las complejidades son aún mayores. Este gobierno le ha apostado en lo político a la restitución de tierras y –cabe mencionarlo en este punto– la paz pasa inevitablemente por la vocación productiva del campo y sus oportunidades de empleo. Si bien durante los tres años del gobierno Santos la agricultura ha crecido a un ritmo menor de lo que muchas esperaban, ha avanzado más que en los dos últimos años de la era Uribe. 


Mientras el PIB agropecuario decreció en 2008 y 2009, volvió a crecer en 2011 y 2012 a tasas por encima del 2 por ciento. La producción agrícola ha crecido en más de 1 millón de toneladas desde el 2010 a la fecha, un dato importante que ha pasado desapercibido. En el primer trimestre de este año el agro creció 2,4 por ciento y, dentro de este, el café lo hizo en un 35 por ciento, lo cual refleja  que el grano está recuperando su producción y su dinamismo. 


Este sector agropecuario, como ningún otro –por su fragilidad y valor estratégico frente al conflicto armado– es el que más afectado se ve con los coletazos de la revaluación y con la falta de infraestructura, que impiden una competitividad real del campo. Los paros cafetero, arrocero y cacaotero, lo mismo que el paro agrario que se ha tratado de cocinar, más allá de los intereses políticos que los alimentan, reflejan una difícil realidad debido al impacto de la revaluación y a la dificultad de comercializar los productos con las actuales carreteras, sin trenes ni navegabilidad fluvial.


La locomotora que mejor le ha funcionado al gobierno es la de la construcción. Paradójicamente ha sido por una decisión que muchos consideraron populista: regalar 100.000 casas. Más allá de los dilemas y riesgos de regalar casas y del desafío político y comunitario que representa para el gobierno y los mandatarios en las comunidades donde se construyen, esto reactivó el sector de la construcción, que estaba postrado y que hoy está creciendo por encima del 17 por ciento. 


Lo anterior sucede a pesar de que en Bogotá las medidas del alcalde Petro han congelado la edificación, han asustado a los constructores y han disparado el valor de la tierra. El caso de la capital no es menor para el país ya que esta representa un 30 por ciento del PIB de la construcción a escala nacional.


Algunos creen que al gobierno le ha faltado diseñar mejores estrategias para frenar la revaluación del peso y el contrabando, dos plagas que afectan a la economía. La crítica se entiende, pero no es totalmente cierta, porque por lo menos el primer punto –el de la revaluación– es un asunto muy difícil de controlar para el gobierno. La avalancha de dólares que se ha presentado en los últimos años, en todo el mundo, ha apreciado muchas monedas y son pocas las cosas que se pueden hacer localmente para enfrentar este tsunami económico mundial.


Lo cierto es que Colombia necesita ser más competitiva de cara a los acuerdos de comercio que está firmando con Estados Unidos, la Unión Europea y otros países. Nadie cuestiona que el comercio internacional es una fuente de riqueza esencial para los países, y que el libre flujo de bienes y servicios es el sistema nervioso por donde fluye ese comercio. Pero sin una preparación adecuada, sin una infraestructura moderna –o al menos suficiente– y sin unas empresas innovadoras y competitivas, es muy difícil enfrentar ese desafío. 


En todo caso, cualquier balance económico que se haga del gobierno tiene que tener en cuenta el escenario internacional que se deterioró en los últimos tres años. La crisis de la Eurozona se agudizó, se mantuvo el bajo crecimiento de Estados Unidos y China se desaceleró. 


Esto les pegó duro a todos los países latinoamericanos. Por ejemplo Brasil, que de crecer a más del 7 por ciento en 2010 pasó al 2,5 por ciento en 2011, y al 1,5 por ciento en 2012. Al gobierno Santos le ha tocado bailar con una coyuntura más compleja de menor demanda internacional y de caída en los precios de las materias primas y commodities, lo que generó una desaceleración que contrastó con las metas de crecimiento que se tenían en un principio. Conclusión: el balance macroeconómico es muy bueno y el microeconómico preocupa bastante. 

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