Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/12/14 00:00

SEMANA HACE 40 AÑOS

Se cumplen 40 años de la muerte del dirigente político Gabriel Turbay, quien vivió una división liberal que, guardadas proporciones, podría tener alguna analogía con la situación actual. Por considerarlo de interés para sus lectores...

SEMANA HACE 40 AÑOS

LA NOTICIA. -Una honda consternación nacional, produjo la noticia de la muerte del señor Gabriel Turbay, acaecida en París. El Presidente de la República, el Congreso Nacional, la prensa unánime, la C.T.C.,las autoridades locales, han registrado con pesar la desaparición del ilustre estadista, que honró con su inteligencia y sus servicios, al país, al liberalismo y a su generación. El deceso ocurrió el lunes 17.

EL POLITICO. -Gabriel Turbay, 46 años, nacido en Bucaramanga, era un hombre pequeño, menudo, nervioso, de poderosa imaginación constructiva, de los más variados recursos del ingenio politico, brillante palabra, elocuencia apasionada y subyugante, o tranquila y moderadora. Entre las nuevas generaciones colombianas no ha existido un político de su temple, nacido con vocación tan especial para gobernar a los hombres, dirigirlos, atraerlos, organizarlos. Y para obtener la imposición rapidísima de su nombre hizo el despliegue maestro de las más variadas cualidades. En el comienzo de su carrera, apareció como un orador tumultuoso, de plaza pública, brillantes imágenes, acometividad fiera. Después se hizo un estadista reposado, dueño de un sentido profundo de las responsabilidades.
Dentro de una misma conversación, Gabriel Turbay, como un político consumado, pasaba por todos los más variados matices. Irónico, festivo, sarcástico, duro, impasible, cenizo de indiferencia, amargo, lacónico, alegre, efusivo. Cuando queria imponer su voluntad o dictar órdenes, era imperioso, contundente, enérgico. Hacía desplantes estudiados de cólera, para impresionar a su interlocutor; pero si se proponia por el contrario, atraerlo, llegaba a los más delicados extremos de la afabilidad personal, de la cordial y sedante suavidad. Ni el personaje más distante podía sustraerse al juego de esas invisibles redes, y caía en ellas, atraido por el anzuelo de su simpatía subyugante.
Estos variadisimos matices de su temperamento, unas veces coléricos y otras casi dulce, se traducía también en sus actos en la vida pública. No se podría sintetizar su personalidad en un sólo rasgo porque ella es el producto del juego móvil de distintas cualidades. El orador explosivo, el diplomático sagaz y cortesano, el conductor vidente, el hombre de salón encantador, el áspero caudillo de garra, alternaba en contradictorio y armónico juego en la personalidad de Turbay.

SUS PRIMERAS ARMAS.-Cuando fue parlamentario en su primera juventud, nadie le igualaba en el recinto de las cámaras en acometividad y fiereza, en ardides de la inteligencia, en despliegue de imágenes vistosos, que impresionaban a los públicos que lo aplaudían con pasión. Pero cuando la vida y la rápida ascensión lo llevaron a otros cargos más eminentes y fue designado ministro, embajador, delegado ante la Liga de las Naciones, dio muestras de una excepcional capacidad de adaptación. Unas veces hablaba en público, con los dos brazos, como aspas desplegados al viento y su voz de clarín evocaba el recuerdo de sus primeras campañas. Pero cuando quería aparecer como hombre reposado, en los solemnes banquetes, hablaba sin que una sola pestaña se moviera a través de los anteojos de carey, sin arrugar un solo músculo de la cara impasible, como un viejo estadista. Y las manos permanecían entre los bolsillos, enfundadas dentro de una hosca severidad británica. Quien lo oyera hablar así, pensaría que se trataba de un orador congelado y esquemático, frío y escueto.

ALUMNO DE SAN PEDRO CLAVER.- Realizó un luminoso recorrido, desde las bancas del Colegio de San Pedro Claver de Bucaramanga, en las que asistía a las primeras clases sobre los rudimentos de la cultura hasta su altísima posición nacionai. Ese niño, hijo de inmigrantes, que salió del colegio, sin armas distintas a su corazón ambicioso y su inteligencia cortante, habría de ser, a la vuelta de media docena de años, un personaje de la política, recibido con respeto en los clubes sociales, en la sociedad, en el Congreso. En la reconquista del poder para el liberalismo, se le veia codo a codo, de igual a igual, con Eduardo Santos, Olaya Herrera, Alfonso López, figuras de otra edad, ya consagradas.
Y desde entonces Gabriel Turbay no apareció en la política como subalterno. No habia nacido para recibir órdenes sino para darlas. Y aunque poseía un temperamento volcánico sabía reprimirse y dominar sus impulsos. Ascendió con su propio impulso, y cuando sus compañeros de generación apenas iniciaban la carrera, ya Gabriel Turbay tenía una participación decisiva en la vida nacional, orientaba la política del Congreso, llegaba al Ministerio de Gobierno en 1934, recibía el encargo del señor Olaya Herrera de reanudar, sobre un plano de cordialidad, las relaciones con el Perú.

MATICES DE PERSONALIDAD.-Avasallador y discreto, impulsivo y cauteloso, imaginativo y práctico, tenía una vocación muy sincera por la política, la organización del Estado, el servicio público. No le interesaban las ideas en abstracto, sino por la capacidad que ellas tuvieran de reflejarse en los hechos y modificarlos. Esencialmente era un hombre de acción, que de los programas intelectuales extraía lo que fuera viable, realizable, concreto.

PARLAMENTARIO.-En el Parlamento ejercía una dilatada influencia por la claridad de sus discursos, su ascendencia sobre sus colegas, la diafanidad de su visión política, que captaba al sesgo raudo de los acontecimientos. Para Gabriel Turbay no había dificultades en la apreciación de un problema, porque en una sola inspección de su aguda mirada, media su trascendencia, sus raices y su desarrollo. Era una mente limpida, sin prejuicios, que todo lo reducía a esquemas nitidos, y que no tenia pasión alguna por la simple especulación teórica.

HACIA EL MINISTERIO.-Nació en cuna humilde en Santander. Se educó con los Padres jesuitas, en el Colegio San Pedro Claver. Estudió medicina. Fue elegido diputado a la Asamblea de Santander. Llegó por primera vez a la Cámara en 1926. En 1929 tomó parte decisiva en la lucha contra el gobierno del señor Abadía Méndez. En compañía de los señores Eduardo Santos, Roberto Botero Saldarriaga y Francisco José Chaux escribió el cable en el que se le ofrece al señor Olaya Herrera, en ese entonces ministro en Washington, la candidatura a la Presidencia de la República. Al llegar el señor Olaya Herrera a la Presidencia, lo envió a Bélgica como ministro plenipotenciario. Después lo hizo ministro de Gobierno. Y al finalizar su periodo, lo designó ministro en Lima.

EL SEGUNDO VIAJE.-Permaneció varios años, entre 1934 y 1937 en Europa, como ministro ante el gobierno de Italia y como delegado de Colombia ante la Liga de las Naciones. Allí le correspondió asistir a todo el proceso de desintegración de la Liga de Ginebra, y tomó parte en el episodio que pasó a prueba la organización de la paz, con motivo de la invasión de Etiopía. Fue partidario decidido de la aplicación de las sanciones al gobierno de Italia.

MINISTRO EN WASHINGTON.-En 1937 regresó a Colombia. El señor Eduardo Santos, jefe del Partido Liberal, a la llegada de Gabriel Turbay renunció a la presidencia de la dirección y se la ofreció en un solemne banquete. Pocos días después desapareció en Roma el señor Olaya Herrera. Gabriel Turbay presidió la Dirección Nacional del Liberalismo, durante la campaña electoral que culminó con la elección del señor Santos para presidente. Se proponía regresar a Europa, cuando estalló la guerra. El presidente Santos le ofrecio la embajada en Washington. Allí estudió dos problemas de grande importancia para la vida nacional: el pacto de cuotas cafeteras y el arreglo de la deuda externa.

LA LUCHA POR EL PANAMERICANISMO.--Al declararse la guerra europea se inició una nueva etapa en las relaciones internacionales de los países de América, y se comenzaron a estudiar las bases de una nueva política de solidaridad de los pueblos y defensa continental, inspirada por el señor Roosevelt. Gabriel Turbay fue gestor importante de esa política. Viajó en representación de Colombia a las Conferencias de Río de Janeiro y de La Habana.
El presidente Roosevelt, el secretario de Estado, Cordel Hull, el subsecretario Sumner Wells, profesaron por Turbay admiración y aprecio, y lo distinguieron como a uno de los más eminentes estadistas de Latinoamérica.

EL CANDIDATO A LA PRESIDENCIA.-Al posesionarse por segunda vez el señor López de la Presidencia de la República, Gabriel Turbay fue designado ministro de Relaciones Exteriores. Se retiró de ese cargo en septiembre de 1943. Pocos días después fue nombrado, de nuevo, embajador en Washington. En 1944 regresó por unos breves días a Colombia, pero no abandonó la embajada. En enero de 1946 llegó a Cali. Allí inició una gira por todo el occidente colombiano con éxito resonante. En las elecciones populares de marzo, para representantes y diputados, obtuvo la mayoría. Fue proclamado candidato a la Presidencia de la República, en el mes de julio, y designado jefe único del Partido Liberal. En esta última condición propició la política de colaboración adelantada por el señor Lleras Camargo, al nombrar a los señores Londoño y Londoño, Francisco de Paula Pérez, y José Luis López, en carteras de grande importancia.
En diciembre de 1946 viajó al Perú, la Argentina, Chile, Brasil y regresó por los Estados Unidos. En enero de 1946, llegó a la Villa del Rosario de Cúcuta, donde inició una nueva etapa, la segunda de su campaña presidencial. Recorrió los Santanderes, Boyacá, Cundinamarca. Y después de llegar a Bogotá, emprendió una nueva gira por todo el occidente colombiano. Al llegar a Cali fue herido, por uno de los manifestantes hostiles, con un ladrillo.
Conocido el resultado electoral viajó a Europa, el 10 de mayo de 1946. Permaneció en París durante varios meses, con cortas visitas de estudio a Italia, Suiza, España. Asistía a cursos de cardiologia en la Universidad de Medicina de París. Visitaba museos, exposiciones, teatros, infatigablemente interesado por las cuestiones de la cultura. Tenía el propósito de regresar a Colombia, con el fin de seguir participando activamente en la política. Así lo habia manifestado a varios amigos. Después de una temporada de descanso, sentía de nuevo intacta su inagotable energía, y consideraba que su deber no era otro que el de prestarle un nuevo servicio al país. Cuando maduraba ese propósito una mañana de París, fría, en la que caen las hojas yertas sobre el Parque Luxemburgo, y el agua congelada se convierte en graciosas estalagmitas sobre los monumentos del Pére Lachaise, le falló el corazón, que había sido en su vida un ávido e imperioso motor vital para tantas empresas. Y el jefe del Partido Liberal, y varón señaladisimo de la democracia colombiana, cayó en la muerte, en un hotel, solo, sin una mano amiga que lo despidiera de la vida azarosa y batalladora .

SUS ALERGIAS.-46 años, enjuto, sobrio, sin vicios dominantes, alérgico al cigarrillo (no podia tolerar que en su presencia fumaran) con una sorprendente capacidad para distinguir el olor de las personas, de las flores y de las cosas, curtido por una vastísima experiencia y los duros combates de su lucha, no tenia desviaciones sentimentales, ni pensaba en nada distinto que lo separara de sus móviles políticos.

LA ENERGIA AL SERVICIO DEL PAIS.-Como ministro plenipotenciario, senador, jefe del liberalismo, se condujo como un gran colombiano, con un ardido patriotismo y un generoso sentido del papel internacional de nuestro pueblo. Su sentimiento de amor al país, a su tradición, a su historia y a su gente, fue tan sincero como su pasión de servicio. En la vida política lo inspiró siempre la defensa de las libertades esenciales. Siendo un temperamento imperioso y dogmático, jamás concibió que su poder pudiera llegar sobre la base de una abusiva merma de las libertades públicas. Respetuoso de la ley, tenía una conciencia escrupulosa de jurista.
La orientación cardinal de su carrera, una vez lograda la madurez, fue la de obtener la aproximación de los dos grandes partidos, en una zona de entendimiento. Si fue un orador tempestuoso, que suscitaba en las cámaras en su primera juventud, la racha de los instintos exacerbados, después adquirió un profundo equilibrio de estadista y escondió los brazos como aspas, para que tan sólo la inteligencia fría trabajara sobre los problemas.

SU OBRA DE ARTE: LA VIDA.-En las nuevas generaciones colombianas Gabriel Turbay era el mejor condicionado para las tareas de dirección del Estado. Pertenecía a la estirpe de los recios varones conductores de la nacionalidad. Tenía el juego completo de una inteligencia múltiple, el tacto diplomático, la energía adusta o suave del jefe, la penetración del político sutil, el conocimiento del hombre de gobierno, la actividad de quien nació para la acción. Y ese conjunto de cualidades, que se obtienen en distintas personas, separadamente, pero no se armonizan sino en raros ejemplos, en una sola personalidad subyugadora, lo tenía Turbay, como maestro y dueño perfecto de sus nervios, sus sentimientos, sus pasiones, sus ideas, sus planes. Por esa razón, su vida puede considerarse como una obra de arte. Realmente en ella no existió una particular predilección por la belleza artística, quizá porque sabía, que dentro de la línea sobría de su decoro, de su triunfo raudo de su ascensión vertiginosa y de su propia derrota, estaba cincelando, sin proponérselo, una obra de arte.
Sobre la imaginación de la juventud habrá de ejercer nostálgica influencia este político, que nació en un hogar cristiano de extranjeros, en la ciudad de Bucaramanga y murió en un hotel en París mientras repasaba toda su existencia que no conoció sino una sola derrota. La muerte lo encontró en la plenitud de la vida, recobrado de su caida, limpia la boca de la sustancia salubre de su único fracaso y cristalinos los anteojos a través de los cuales observó la vida y los hombres.

EN UNA MAÑANA DE NOVIEMBRE.-En el Hotel Plaza Athenée París, falleció un colombiano eminente, quizá entre todos los de su tiempo el más eminente. Una luz de invierno, empañada, penetró por la vidriera. Y en la alcoba del hombre patriota solitario y ambicioso, no había un rostro amigo, en esa dura despedida. Después, sobre el cadáver, los diplomáticos de Colombia, colocaron una bandera.

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