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| 11/3/2002 12:00:00 AM

"Señor Presidente:..."

Los consejos comunales que el Presidente realiza en distintas ciudades se han convertido en una avalancha de quejas y reclamos contra el abandono del Estado. ¿Qué tan buenos son para la democracia?

"¡Presidente, cuando usted se vaya soy hombre muerto!". Las 349 personas que asistían al Consejo Comunal en Santa Marta se quedaron pasmadas. Hubo un silencio sepulcral en el recinto esperando la respuesta del presidente Alvaro Uribe, quien después de un largo suspiro y en un tono muy pausado dijo: "Calma mi querido amigo, calma. Me parece muy grave su denuncia. Si se lo tienen que llevar para el batallón para protegerlo, el general Gómez Estrada ya sabe lo que tiene que hacer".

El hombre con la voz quebrada es Abel Vargas, un ciudadano común y corriente que aprovechó el Consejo Comunal en su ciudad, el pasado 26 de octubre, para denunciar que el senador Alfredo Taboada Buelvas le vendió un lote a 12.000 familias para construcción de vivienda social y a los cuatro meses los demandó por invasores. "Cuando ya habíamos invertido 1.000 millones de pesos, nos desalojaron a punta de garrote. Nos robaron, señor Presidente. Eso es todo y gracias por escucharme". Esa noche Abel Vargas durmió en el batallón.

La estrategia del presidente Uribe de escuchar de viva voz (con sus ministros) los problemas del país a través de consejos comunitarios, en los que participan campesinos, empresarios, funcionarios públicos, tenderos y otros representantes de la sociedad, ha cautivado a una buena audiencia de Señal Colombia los sábados y domingos. En tres meses de gobierno han asistido 4.000 personas, que han podido hablarle de frente al Presidente de Colombia. Ese estilo del primer mandatario no es nuevo. Viene desde la época en que fue gobernador, cuando realizó estos consejos en los 126 municipios de Antioquia. Con el de Santa Marta, ya son 10 los que se han organizado en el país: Pasto, Riohacha, Cúcuta, Cartagena, Bucaramanga, Pereira, Barranquilla, San José del Guaviare y el de San Andrés el sábado pasado.

Los consejos fueron diseñados para que el gobierno participe con el pueblo sobre las necesidades de sus departamentos. Pero no es un consejo cualquiera. El moderador siempre es el presidente Uribe. El gobernador y el alcalde tienen una hora para sus respectivas intervenciones y han sido advertidos de que no pueden hacer discursos elípticos y retóricos sino conferencias basadas en cifras exactas y demostrables. Por ejemplo, carencia de cupos educativos y bibliotecas, número de kilómetros de carreteras por pavimentar, cubrimiento del Sisbén o pago a los pensionados.

Los otros funcionarios departamentales y municipales (concejales, diputados?) tienen 15 minutos para exponer sus puntos y todo el que quiera intervenir y plantear sus quejas tiene máximo dos minutos para hacerlo. Como es de esperarse, este escenario se ha convertido en una avalancha incontenible de denuncias y reclamos frente a los incumplimientos del Estado y el desgreño de los funcionarios públicos. En Barranquilla, el pasado 5 de octubre, un señor, quien sostuvo que representaba a los desempleados, pidió la palabra:

-"Presidente, usted es el mandatario de 42 millones de colombianos, pero yo represento a 24 millones de desempleados que tiene el país". Quién dijo miedo. El presidente Uribe no pudo disimular su disgusto:

-" Por favor, sea serio. Este recinto es para respetarlo". El hombre palideció, cambió de actitud y expuso su queja.

Luego se habló de la 'bomba de tiempo' en que se convirtió la Universidad del Atlántico. El turno fue para Juan Romero, el rector, quien le dijo al Presidente: "Estamos amenazados y cuatro tomas han paralizado a la universidad en los últimos dos años. El pasivo pensional es imposible de pagar. Mire Presidente, necesito 10.000 millones de pesos cada mes para pagarles a los pensionados. ¿Por qué no lo hacemos a través del Fondo Nacional de Regalías? ¿No le suena?". El rector y todos los asistentes, entre quienes estaban los senadores Fuad Char, el cura Bernardo Hoyos y toda la clase política del departamento, miraron al Presidente. "Esa respuesta no la tengo. Pero se necesita buscar soluciones y la mayoría está en el referendo, como la congelación de gastos en los próximos dos años", dijo el Presidente. Minutos después alguien en el recinto informó que en Soledad, la segunda ciudad más importante del Atlántico, existe sólo una escuela primaria. De inmediato Uribe preguntó: "¿Y cuánto les vale aquí, la Contraloría?". Alguien contestó: "1.900 millones de pesos al año, Presidente". "Pues ahorren esa plata y se la llevan para educación", dijo, y de inmediato se escucharon los aplausos.

Algo parecido sucedió en el Consejo Comunal que se realizó en Pereira. La gente no paraba de aplaudirlo cuando ingresó a la Universidad Tecnológica. Las mujeres lo besaban, los niños lo tocaban y el consejo arrancó 50 minutos tarde hasta que el Presidente no terminó de darles la mano a cada una de las 450 personas que fueron a participar. Una de ellas era la alcaldesa, Marta Helena Bedoya, a quien le tocó ponerle el pecho a un fogueo de preguntas del presidente Uribe. La primera mandataria de la capital risaraldense trataba de convencer al gobierno de dejar la doble calzada en la vía del café. Cuando el Presidente comenzó con su artillería de preguntas ella se salió del protocolo, respiró y le dijo: "¡Ayyy Presidente! Usted hace unas preguntas muy horribles". El estruendo de risas se escuchó en todo el recinto.

En Santa Marta el primer mandatario salió del auditorio para responder una llamada desde Bogotá y Yeison Caicedo, un niño que estaba esperando su turno para hacer una pregunta sobre educación dijo: "Yo vine acá a preguntarle al Presidente. Yo prefiero esperar hasta que él vuelva". Cuando el Presidente regresó los samarios se quedaron con él 14 horas seguidas hablando de las necesidades de sus municipios. Era tal el agotamiento que la ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, dijo frente al micrófono: "Ya estoy tan cansada que ya no sé ni quién tiene la palabra".

El único que al parecer no se cansa es Alvaro Uribe. En las 12 ó 14 horas que puede durar un consejo va dos veces al baño y ya le tienen cronometrado que regresa a los 40 segundos. No hay nada que lo distraiga mientras una persona está exponiendo o le hace alguna pregunta y, como le encantan las cifras, él mismo toma nota de todo para levantar al final un acta de necesidades de la región.

Este nuevo estilo del presidente Uribe de tener contacto directo con la gente ha despertado muchísimas simpatías en las regiones. Y ha logrado convertirse en un espacio donde el poder, encarnado por el mismo Presidente, se acerca a las necesidades de la sociedad. Hasta ahora el jefe de Estado se ha cuidado para no comprometerse en resolver los problemas de cada comunidad y luego no cumplir -sobre todo cuando sabe que no tiene plata--. Pero luego de cada visita la expectativa de que algo va a cambiar queda flotando en el ambiente. En lo que sí han tenido un efecto los consejos es en el terreno simbólico. Con sus frecuentes y extenuantes visitas el Presidente ha trasladado el epicentro del poder del tapete rojo del Palacio de Nariño a la mata de plátano, de las encopetadas reuniones en el brumoso y frío altiplano cundiboyacense a los foros populares en recintos de tierra caliente. Pero quizás el mayor valor que han tenido estas visitas es el acercamiento de un gabinete eminentemente tecnocrático y con una visión macro de la política, con el país real, el país micro y con las necesidades estructurales.

Sin embargo estos consejos no están exentos de peligros. El primero y más grave es el de la seguridad del Presidente. Su presencia en los lugares más apartados es proporcional a su grado de exposición y riesgo. Sobre todo teniendo en cuenta que las Farc lo tienen en la mira. El otro problema, menos evidente, es que estos consejos se saltan los conductos regulares que tiene la democracia para resolver los problemas de la comunidad, como lo son los alcaldes, las asambleas departamentales, los concejos municipales, los senadores, etc? Es enviar el mensaje de que si no está el Presidente la democracia no funciona. Y esa circunstancia en el mediano plazo puede ser un factor de desinstitucionalizar la toma de decisiones públicas. Por lo pronto, mientras continúen los consejos, la gente seguirá levantando la mano para pedir, denunciar o reclamar, con el debido respeto: "Señor Presidente?".
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