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| 11/19/2011 12:00:00 AM

¿Será posible?

El colombiano Eduardo Cifuentes es uno de los tres candidatos latinoamericanos que disputan dos asientos en la Corte Penal Internacional. ¿Qué significa su nominación?

La elección de un Colombiano, Eduardo Cifuentes, como juez de la Corte Penal Internacional es una de las grandes apuestas diplomáticas del gobierno de Juan Manuel Santos. Es una posición apetecida por el prestigio del tribunal penal de mayor jerarquía en el mundo. Es un termómetro de la credibilidad del país, porque se necesita el apoyo de 80 naciones. Y es una jugada estratégica por lo que significaría para las relaciones entre Colombia -el único país de la región con un conflicto interno- y la CPI, el tribunal que tiene la tarea de juzgar crímenes de genocidio, guerra y lesa humanidad.

La elección de Cifuentes no está asegurada pero sus posibilidades son reales. Sobre todo desde finales de octubre pasado, cuando el Panel Independiente de la CPI, que revisa las hojas de vida de los aspirantes, descalificó a dos candidatos latinoamericanos, de cinco que competían por dos puestos en el tribunal. El panel consideró que Javier Laynez, de México, y Jorge Antonio Urbina, de Costa Rica, no reúnen la experiencia ni los conocimientos necesarios para ser jueces de ese organismo. En consecuencia, Cifuentes, al lado de Olga Venecia, de República Dominicana, y de Anthony Thomas Aquinas, de Trinidad y Tobago, quedaron como finalistas para ocupar los dos puestos reservados para América Latina y el Caribe. Aunque el informe del Panel no es obligatorio, su opinión es importante.

La elección se efectuará en la décima sesión de la Asamblea de Estados Partes (AEP), que se celebrará entre el 12 y el 21 de ese mes en Nueva York. Los 119 países que han ratificado el Estatuto de Roma sesionarán para reemplazar a seis de los 18 jueces. Esta es la renovación más grande del tribunal desde que entró en vigor el tratado, en julio de 2002. Cada país deberá votar por seis de los 19 nominados para un periodo de nueve años. Pero en aras de que en el tribunal estén representadas todas las regiones, dos votos deben ser para los latinoamericanos. La elección tomará varias rondas (en 2003 se hicieron 33). Y para que un juez resulte elegido debe obtener más de las dos terceras partes de la votación.

Cifuentes tiene varios puntos a su favor. Su hoja de vida es sólida ­-exdefensor del Pueblo, exmagistrado de la Corte Constitucional y académico- y proviene de un país con sensibilidad y experiencia en el tratamiento de distintos tipos de violencia, que ha normalizado sus relaciones con los vecinos y que ha elevado su perfil diplomático en el último año. El presidente Santos ha hecho varios gestos de acercamiento con la Corte: asistió al décimo aniversario de su creación y ofreció a Colombia como destino carcelario de eventuales condenados del alto tribunal en el futuro.

Sin embargo, estas elecciones tienen un componente mecánico que puede ser determinante, el cual depende del intercambio de votos que hacen las Cancillerías entre candidatos para distintos organismos internacionales. La llegada de Colombia al Consejo de Seguridad de la ONU, hace un año, agotó parte de la capacidad electoral de la diplomacia nacional. La clave, sin embargo, puede estar en el apoyo de América Latina y el Caribe: la asamblea general suele respetar el endoso regional.

El otro punto que explica el interés del gobierno por lograr la silla en la CPI tiene que ver con las posibilidades de que ese tribunal acepte juzgar algún caso colombiano. El país está en observación de la Corte, y existen quejas entre las naciones africanas por lo que consideran una atención exclusiva a los problemas de ese continente. No obstante, la eventualidad de que Cifuentes sea elegido poco o nada tendría que ver con las decisiones futuras de la CPI que tengan que ver con el país, pues los magistrados no son voceros oficiales de sus gobiernos de origen ni siguen directrices de ellos.

De todas formas, el cargo es tan importante como apetecido, y el balance entre puntos fuertes y débiles es favorable. Las cartas están echadas.
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