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La proclamacion de Horacio Serpa como candidato oficial del Partido Liberal el pasado sábado no fue más que un acto protocolario. En otras ocasiones las convenciones escogían al candidato y había cierto suspenso alrededor del desenlace. En el caso de Serpa definitivamente no. Para sus seguidores la convención no es más que la antesala de una coronación y para el resto del país su condición de candidato oficial del Partido Liberal era ya un hecho cumplido.

Horacio Serpa simboliza la clase política tradicional, no muy de moda por estos días. Sin embargo su 41 por ciento en las encuestas demuestra que su solidaridad con el sistema político del cual proviene ha sido una estrategia muy rentable. Teniendo en cuenta que este sistema está altamente desprestigiado no deja de ser sorprendente que ya se esté especulando sobre las posibilidades de un triunfo en la primera vuelta.

¿Cómo pudo uno de los símbolos del proceso 8.000 haber llegado tan lejos en tan poco tiempo? En primer lugar porque Serpa había sido satanizado en forma injusta. Apaciguadas las aguas turbulentas de ese escándalo las cosas quedaron en su dimensión real. Su fama de populista ha quedado desvirtuada ante dos años de presencia responsable en el escenario político.

A pesar de sus méritos personales el candidato encarna un sistema anquilosado que necesita una renovación a la mayor brevedad. La juventud y las capas urbanas requieren ganchos políticos diferentes de los que satisfacen a los militantes del partido. Serpa es consciente de esto y por eso su discurso en la convención fue fundamentalmente una autocrítica a su propio partido.

Pero además del mea culpa, el ahora candidato oficial del Partido Liberal hará también un esfuerzo por alinderar al liberalismo con las corrientes socialdemócratas del mundo a través de la Internacional Socialista. De hecho, a la convención asistieron distintas delegaciones de Europa, entre ellas el Partido Socialista Obrero Español (Psoe), con el que el liberalismo mantiene excelentes relaciones.

No obstante, un problema más inmediato para el candidato va a ser la estructura que tendrá que darle al partido durante la campaña presidencial. De conformidad con la tradición Serpa, además de candidato, será jefe único. En esta condición tendrá que nombrar en los próximos días una dirección alterna. Según los estatutos de la colectividad ésta sólo puede estar integrada por parlamentarios. Serpa es renuente a ceñirse estrictamente a esta fórmula. Considera que la selección de integrantes a una dirección representa una ventaja en época electoral y que él, como jefe, debe ser neutral.

Igualmente considera que además de políticos la dirección alterna debería tener representantes del sector privado y de otros estamentos de la sociedad, diferentes del Congreso, como los obreros y las organizaciones sindicales. Como las normas vigentes no autorizan esto buscará fórmulas que permitan llegar a ese resultado sin violar los estatutos.

Una de estas fórmulas podría ser darles cargos de asesores a los representantes de los sectores no políticos igualándolos en poder con los parlamentarios. La fórmula no sólo mostrará a un Partido Liberal mucho más pluralista, sino que mostrará a su nuevo jefe dispuesto a jugársela a fondo con sus reformas estructurales.
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