Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/04/01 00:00

“Si mi hija tuvo un bebé, quiero tenerlo en mis brazos”

Doña Clara de Rojas, la madre de la compañera de secuestro de Íngrid Betancourt, expresa sus sentimientos frente a la noticia del nacimiento de su nieto en cautiverio.

“No puedo más que comprender a mi hija. Se encontraba sola. Aislada. Vulnerable. lo único que puedo decir es que la entiendo más que nunca”

Yolanda Pulecio y doña Clara de Rojas almuerzan juntas con frecuencia. Las une el hecho de que son las madres de Íngrid Betancourt y de Clara Rojas. Clarita estaba con Íngrid ese día de febrero de 2002 cuando la secuestraron. En esa ocasión, sorprendió a todos cuando, en un gesto de incomparable lealtad, se bajó del carro en el que los guerrilleros habían ubicado a las personas que iban a liberar, y se empeñó en que no abandonaría a Íngrid. Clara, una mujer soltera de 38 años, que hoy tiene 42, era la jefe de campaña de su amiga, y su segura fórmula a la Vicepresidencia. Se habían conocido 10 años atrás, cuando trabajaron juntas en el Ministerio de Comercio Exterior. Desde entonces han sido inseparables.

El secuestro también unió a las dos madres. Por eso doña Clara no se sorprendió cuando, el sábado pasado, Yolanda Pulecio la invitó a almorzar. Tampoco le pareció completamente extraño encontrar en su casa a un tercer invitado. Se trataba de Jorge Enrique Botero, periodista de larga trayectoria en televisión, reconocido por sus crónicas sobre la guerra. Botero fue director de noticias de Telesur, el canal de Chávez, y es uno de los reporteros con más acceso a las Farc. Es el único periodista a quien el Secretariado le permitió grabar un documental con los soldados y policías en poder de la guerrilla, y también una extensa entrevista con los tres norteamericanos secuestrados.

Una vez sentados en la mesa, se habló de todo un poco. De la vida en los campamentos, de cómo viven en medio de la selva. Cuando la charla había entrado en calor, Botero, un poco nervioso, la miró de frente y le dijo: "Doña Clara, tengo que informarle algo: Clarita tuvo un hijo".

Doña Clara, que es una mujer poco expresiva, se quedó inicialmente callada. Yolanda Pulecio y Jorge Enrique trataron de llenar el vacío dando más información sobre el tema. Hablaron de que el niño habría nacido hace dos años, de que es un varón, de las difíciles condiciones del parto. Pasaron varios minutos antes de que doña Clara rompiera su silencio. Con los ojos aguados y un leve quiebre en la voz, dijo: "No puedo más que comprender a mi hija. En esa situación en la que se encontraba. Sola. Aislada. Vulnerable. Lo único que les puedo decir es que la entiendo más que nunca".

El estoicismo de doña Clara dejó sorprendidos a todos. La fortaleza de una madre que lleva cuatro años sufriendo todos los días por su hija había salido a flote como nunca. La forma como había recibido la inesperada noticia mostraba su gran capacidad para soportar lo insoportable.

La reunión se había programado para contarle la historia. Botero quería hablarle sobre un proyecto que venía trabajando en secreto desde hacía mucho tiempo. Un libro que empezará a circular la semana entrante y que se titula Ultimas noticias de la guerra, en cuyas páginas se narra el nacimiento del niño. El periodista quería adelantarse y evitar que la primicia la tomara por sorpresa.

Con la dignidad que la caracteriza, doña Clara preguntó todas las cosas que como madre le interesaban. La tensión de la charla empezó a disiparse cuando el periodista le aseguró que no se había tratado de una violación. Para ella esto era lo más importante. Supo que el parto fue una complicada cesárea. Y que hasta donde el reportero tenía información, Clarita y su hijo estaban juntos. Todo esto hace parte del libro que, aunque está publicado como testimonio, es más bien una novela basada en hechos reales.

Botero se basa en los testimonios de guerrilleros que entrevistó durante las semanas que ha pasado en campamentos guerrilleros, haciendo sus reportajes. Escribió las primeras páginas en enero de 2004, cuando uno de los comandantes de las Farc le contó que Clara Rojas había tenido un hijo en la selva, en circunstancias muy adversas. En esa misma ocasión, Botero tuvo una larga conversación con Solangie, una joven combatiente que actuó como partera. Pero el periodista quería conocer más detalles de la historia antes de publicarla. Un año después los obtuvo cuando el propio Raúl Reyes le confirmó la noticia. Convencido de la veracidad de la historia, se decidió a escribirla. Y aunque en muchos momentos pensó que debía sumergirse en el mundo de Clarita, y buscar a su madre, el sábado tuvo por primera vez el valor para hacerlo.

Después del almuerzo, doña Clara se despidió de Yolanda aparentemente controlada. En realidad estaba en shock. Salió para su casa a enfrentar la nueva realidad de su vida. Estaba confundida y decidió no compartir con nadie la información que acababa de recibir. Ni siquiera con sus cuatro hijos varones. Así como quería que se respetara la intimidad de Clara, también deseaba que la dejaran decantar sola sus sentimientos.

Su hija, aunque es la menor de la familia, era quien más la apoyaba. Especialmente desde cuando quedó viuda. Al principio pensó que no iba a ser capaz de soportar los días sin ella. Pero ha superado este tiempo con una fortaleza inexplicable. Su mayor alegría fue cuando, en agosto de 2002, recibió la única prueba de superviviencia. Las Farc enviaron un video de Íngrid y Clara. Un año después, en septiembre de 2003, Íngrid volvió a aparecer en un video, pero esta vez sola. No había vuelto a tener noticias de su hija hasta esa tarde, en casa de Yolanda.

Durante cinco días pasó del shock al dolor, del dolor a la resignación, de la resignación a la aceptación y, finalmente, de la aceptación a la esperanza.

El jueves en la noche tuvo un manuscrito del libro en sus manos y lo leyó de corrido hasta las 2 de la mañana. A pesar de lo extraordinario de la situación, el libro le aportó datos que, en cierta forma, le sirvieron de alivio. Las condiciones de reclusión de su hija, si era verdad lo que decía el autor, eran más aceptables de lo que ella había temido. Le preocuparon inmensamente las largas caminatas a las que sometieron a su hija durante el embarazo, pero su angustia fue matizada porque en el libro se dice que Íngrid la acompañaba y ayudaba en todo momento. Tampoco sabía que los guerrilleros tenían instalaciones aceptables para la reclusión de los secuestrados, que hay comida suficiente y que todo el tiempo tienen atención médica y odontológica. Supo que el parto fue atendido no sólo por Solangie, sino por una médica. Y se tranquilizó cuando se enteró de que los bombardeos incesantes durante el alumbramiento hacen parte de la ficción de Botero, según su propio testimonio.

Entendió que en esas circunstancias se genera una comunicación entre guerrilleros y secuestrados que no necesariamente es el síndrome de Estocolmo. Subrayó un fragmento en el que se cuenta que Clarita y el papá del niño conversaban mucho, antes de que se supiera lo del embarazo. La tranquilizó saber que, aún en medio de semejante adversidad, se tejen relaciones humanas. Y que a pesar de todo, hay destellos de solidaridad en medio de la guerra.

En cambio no pudo sacar nada en claro sobre la identidad del padre del niño y todavía se pregunta si el guerrillero y su hija tienen alguna relación. La información es fragmentaria porque el periodista entrelaza, a manera de ficción, la historia de tres hermanos que se van para el monte, y hace pensar que uno de ellos es el padre del bebé. Pero el propio Botero aclara que gran parte de esto es ficción y que no conoce la identidad del padre, ni qué relación tiene en la actualidad con Clara. Con la lectura se llega a la conclusión de que los comandantes sólo se enteraron del embarazo de Clara cuando ya no se podía ocultar y que inmediatamente sacaron al muchacho del campamento. El reglamento de las Farc sanciona a los combatientes que se involucran con los secuestrados. Según Botero, el guerrillero fue sometido a una fuerte sanción por parte del propio Manuel Marulanda. A doña Clara la sorprendió la frase con la que termina el libro. En ella, 'Tirofijo' dice: "Al hacer el análisis de la situación, deben tener en cuenta que la criaturita es mitad de ellos y mitad de nosotros". Pensó que nunca podría estar de acuerdo con esas palabras porque para ella no existe un ellos y un nosotros, "sino que todos somos colombianos". En todo caso, al cerrar la última página se dio cuenta de que el libro no narra la historia de una pareja, sino la de una madre y su hijo. Pero también quedó con un sinsabor. Esas páginas de amena lectura le humanizaron una parte de la guerra, a los guerrilleros. Sintió que faltaba mucho por contar. Que faltaba la parte humana de su hija.

Esa noche decidió que quería dar su versión sobre el nacimiento de su nieto, antes de que el libro estuviera en todas las librerías y copara todos los titulares. Decidió que ni ella ni Clarita tenían nada que ocultar.

SEMANA se reunió con doña Clara, cinco días después de haber recibido la noticia que cambió su vida. Sus sentimientos ya no son sólo de madre, sino de abuela. "No puedo tapar el sol con las manos. He recibido una información. Las personas que me la han suministrado tienen mucha credibilidad y asumo que me la han suministrado de buena fe. Y la verdad es que no tengo por qué no creer. Lo único que pido es que si es verdad, y mi hija tuvo un bebé, quiero abrazarlo. Tengo los brazos abiertos para los dos y mi mayor deseo es estar con ellos".

Por coincidencia cronológica, todo este capítulo tuvo lugar cuando se cumplen exactamente cuatro años del secuestro de Íngrid Betancourt y Clara Rojas. Son cuatro años que no sólo han cambiado la vida de doña Clara, sino las de todas las familias que tienen personas secuestradas, sobre las cuales no hay exigencias económicas sino la posibilidad de que se realice un acuerdo humanitario entre el gobierno y las Farc.

En más de un lustro ha habido muchos episodios que revelan el horror que han vivido los familiares de los secuestrados. Para doña Clara, quizá los momentos más terribles fueron el asesinato del gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y el ex ministro Gilberto Echeverri, ante la inminencia de un rescate a sangre y fuego. También cuando las Farc ejecutaron al matrimonio Bickenback. No sólo porque sintió que el riesgo de la muerte era permanente, sino porque salieron a flote las condiciones del cautiverio de esas personas, y doña Clara no podía aceptar que su hija estuviera igual.

Curiosamente registra entre sus grandes dolores no episodios de violencia, sino burocráticos. Le duele que haya tomado tres años y medio la aprobación de la ley que permite congelar las deudas de los secuestrados. No logra entender cómo personas que están cautivas pudieron ser objeto de exigencias económicas, con acumulación de intereses irracionales, cuando la familia no tiene recursos para responder por estas obligaciones.

Pero de todo lo vivido durante este largo secuestro, nada refleja más la dimensión de la tragedia, que el nacimiento en cautiverio de este niño, si es verdad lo que Raúl Reyes le confirmó a Jorge Enrique Botero.

"Yo como madre entiendo a mi hija. Lo único que pido, si esto es verdad, es que otras personas también la entiendan. Toda mujer desea tener un hijo. Uno siempre piensa que será fruto de una relación estable. Esas circunstancias no se le dieron a Clarita. Para mí es muy difícil asimilar todo esto en cinco días. Perdóneme si expreso mis ideas de manera un poco suelta. Lo que sucedió indudablemente es un drama. Pero tengo la esperanza de que no sea una tragedia," dice.

Ojalá esta noticia de alguna manera sensibilice al país sobre lo irracional de que se prolongue indefinidamente la retención de estas personas en la selva. Ojalá que el dolor de doña Clara toque el corazón no sólo de la guerrilla, sino del gobierno, y que esto se resuelva cuanto antes. Su nieto no tiene por qué ser víctima de la guerra desde el día que nació. No tiene por qué crecer como un cautivo en la selva. En medio de todas estas consideraciones y de la angustia que la embarga, su consuelo es la frase con la que la despidió Yolanda, ese día que cambió su vida: "Cuando esto termine, no nos dedicaremos sólo a consentir a nuestras hijas, sino también al bebé de Clarita".

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