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| 12/3/2011 12:00:00 AM

"Si hubiera sabido lo que me esperaba no me habría lanzado"

Alonso Salazar, a tres semanas de dejar la alcaldía de Medellín, hace una descarnada radiografía de lo que fue enfrentar la mafia.

Si alguien conocía las entrañas de la violencia de Medellín ese era Alonso Salazar. No solo había escrito el libro ‘No nacimos pa’ semilla’, que se convirtió en biblia sobre la delincuencia juvenil, sino también la mejor biografía del capo Pablo Escobar. Por eso, ahora cuando le queda menos de un mes como alcalde, SEMANA lo entrevistó para conocer sus reflexiones sobre cómo se ha trasformado el narcotráfico y a qué se enfrenta el país.

Una cara de la historia son los tiroteos con fusiles, tipo película de Hollywood, en las calles de Medellín. La otra fue la difícil guerra que le tocó librar a Salazar, en algunos momentos casi solo, contra la mafia. Precisamente, por el último capítulo de esa guerra, por mostrar cómo un condenado estaba haciendo campaña política con uno de los candidatos en las elecciones del pasado 30 de octubre, la Procuraduría está decidiendo si lo destituye o no.
 
SEMANA: Usted, hace 20 años, escribió ‘No nacimos pa' semilla’ que se convirtió en una biblia sobre la violencia. ¿Hoy qué ha cambiado en Medellín?
 
ALONSO SALAZAR: Mucho. El narcotráfico, con el paso del tiempo, ha ido trasmutando en una cosa y en otra. Ha aprendido mucho: incorporó, de las milicias, la experiencia de trabajo social; tiene viva toda la trayectoria del sicariato; supo venderse como fuerza contrainsurgente para legitimarse y ahora está acomodándose en la sociedad vía organizaciones barriales –a las que cooptan--, o con empresas, por ejemplo, de transporte –a través de las cuales lavan capitales--.
 
SEMANA: ¿Siguen existiendo los ‘no nacimos pa’ semilla’? ¿Esos muchachos que se incorporan a estos ejércitos cómo son?
 
A.S.: Ya no son muchachos. La almendra de toda esa estructura está entre los 30 y los 50 años.
 
SEMANA: ¿Es como una industria?
 
A.S.: Son organizaciones muy estructuradas. Y un factor clave para la pervivencia de estos grupos ha sido la cobertura institucional. ¡Ni con el proceso 8000 ni con la investigación de la parapolítica se lograron neutralizar esos amparos institucionales! Aún siguen.
 
SEMANA: Medellín lleva veinte años haciendo experimentos. Ha pasado por una Consejería que se volcó con inversión a las comunas, por la bota militar con operaciones nunca antes vistas como Orión y Mariscal, por la resocialización y reintegración de los paras, y ahora usted como alcalde le declaró la guerra a la mafia…
 
A.S.: No, yo no le declare la guerra a la mafia (y se ríe como diciendo no soy tan ambicioso). Es que a mí me tocó un punto de inflexión muy bravo: el de la resaca de la desmovilización. Imagínese, al mismo tiempo, extraditan a ‘don Berna’, meten en una caneca de ácido a Danielito, Rogelio se vuela para Estados Unidos, y esos dos guerreros –Sebastián y Valenciano--, para ver quién se quedaba con el poder, nos metieron en una vaca loca. Y eso no es todo: aquí nos mandaron más o menos unos 15 mil reinsertados y nos quedaron también todos esos cuerpos de escoltas de los capos que estaban en Itagüí y se fueron extraditados.
 
SEMANA: Pero cuando llegó dio unas peleas fuertes…
 
A.S.: ¡Demasiadas! Lo que hice en una primera instancia fue defenderme. No es que yo me haya buscado esos pleitos. Había un plan específico para cortar mi mandato y para ello, desde que me posesioné, había una estrategia jurídica, una de revocatoria de mi mandato y una de desestabilización de la ciudad.
 
SEMANA: Una de las primeras peleas que dio, terminó con el Director de Fiscalías –nada menos que hermano del entonces Ministro de Interior- en la cárcel, y con el retiro del comandante de la Policía. ¿Acaso eso sirvió para cortar de tajo la infiltración de la mafia en el Estado?
 
A.S.: El problema es que nunca se ha atacado a la parapolítica local. Y hay grados de contaminación muy altos.
 
SEMANA: Digo que le declaró la ‘guerra’ a la mafia porque usted puso el grito en el cielo para evitar que a ‘Douglas’, jefe de la Oficina de Envigado, lo liberaran. Y se metió de frente en el caso del ‘Cebollero’, el patrón de la central de abastos, tal vez ningún alcalde en el país se ha metido con la mafia como usted…
 
A.S.: Pero yo no lo hago solo en eso, sino en todo. Si una señora me aborda y me dice “es que yo necesito el subsidio tal” alguien que va conmigo toma nota y yo a los 3 o 4 días estoy preguntando “¿qué pasó con la señora?”. Gobernar es responder. Si esa señora a los cinco días toca decirle que no, hay que llamarla a decirle que no. Y con el tema de la seguridad a mí me da como una angustia porque llega gente pobre y le dice a uno: “Estoy a punto de perder la casa por unos delincuentes desalmados”, en un contexto en el que la policía no actúa y la Fiscalía no produce ningún efecto. ¿Qué hago yo?
 
SEMANA: ¿Se mete e investiga?
 
A.S.: Es que la gente me busca. Y yo empiezo a preguntar ¿qué ocurrió? ¿dónde? y uno empieza a tomar nota. ¿O tú como alcalde qué más hacés para responderle a la gente?
 
SEMANA: Incluso llegó una vez a un parqueadero y, entiendo que gente del ‘Cebollero’, lo acusaron de secuestro por llevarse a una persona de allí a buscar un papel. ¿Cree que era necesario ir a ese tipo de cosas? ¿Por qué lo hacía?
 
A.S.: Puede que sea un error… no sé. ¡Pero es que no hay apoyo! Para darle un ejemplo. Un día en la comuna 13 hubo un muerto o un herido en un enfrentamiento y el sistema de metrocable quedó parado por un tiro de fusil. Me voy para allá, allá estaba el coronel Martínez, y todavía se oían tiros. Entonces bajó un muchacho que yo ya conocía, Fray, y nos dice: “No, alcalde, es que yo estaba con la pacífica pero estos manes me obligaron a sacar el fusil; ¿yo qué más hacía?”. Es un tipo que confiesa un delito. Me fui para donde una fiscal y le dije “mire, el tipo cometió un acto de terrorismo, es un tema de transporte público paralizado” y nunca logré, ni siquiera que se abriera la investigación.
 
SEMANA: ¿Por qué?

A.S.: Ahhh. Vaya usted a saber.
 
SEMANA: ¿Pero cuál fue la argumentación?

A.S.: Es que a veces no hay argumentación. Hay silencio. Pero vea le cuento, en cambio a mí me han abierto tres investigaciones de oficio porque leen en un periódico una noticia. El episodio del parqueadero que usted recordaba, por ejemplo, terminó como a las 5 de la tarde, y antes del mediodía del día siguiente, la fiscalía a cargo del hoy condenado Guillermo León Valencia estaba haciendo lo que llaman las acciones urgentes.
 
SEMANA: La mafia se infiltra en las instituciones y desde ahí tuercen las cosas...
 
A.S.: Logran dilatar los operativos, o las investigaciones. O, por ejemplo, uno tiene la certeza de que lo que se discute en el Consejo de Seguridad inmediatamente se va a saber afuera.
 
SEMANA: ¿Tuvo esa certeza siempre?
 
A.S.:  Sí, claro. Siempre.
 
SEMANA: ¿Por qué cree que la mafia tenía una estrategia para cortar su mandato? Muy curioso que los paramilitares, en gallada, decían que lo apoyaban a usted.
 
A.S.: Yo creo que fueron más los políticos derrotados los que se aprovecharon de ellos.
 
SEMANA: De afuera, y sobre todo en estas últimas elecciones, se veía como si en Medellín se estuviera dando un pulso entre dos proyectos de ciudad: uno moderno, el de ustedes, y otro anclado en lógicas que con una fachada de legalidad tienen detrás apoyos de ilegales…

A.S.: Eso es un buen resumen porque en las últimas elecciones hasta los mismos partidos se dividieron básicamente en torno a si es aceptable esa relación con lo ilegal. Es que en Colombia hay políticos emergentes. Así como a los narcotraficantes, les cabe esa calificación. Y también han logrado articular sectores empresariales y de la delincuencia y se han ido desdibujando los límites entre ellos. El gran constructor --y no es contra el gremio constructor, es solo un ejemplo-- adquiere capitales por ese tipo de relaciones, el delincuente encuentra en ese constructor canales de lavado y de legalización, y el político se beneficia de uno y de otro y les da beneficios a uno y otro. Es un círculo.
 
SEMANA: Es un nuevo clientelismo…
 
A.S.: Es el verdadero sistema mafioso. La típica mafia está con en el Estado, y mezcla acciones legales con ilegales. Son expertos en paternalismo y populismo. En ese punto estamos hoy. Son unos sistemas mafiosos donde la diferencia entre economía legal o ilegal, y la relación con políticos y empresarios es muy difusa.
 
SEMANA: En el famoso libro Gomorra que hace una radiografía de cómo la mafia de Italia se mete en la economía ilegal y se hace más difícil de destruir. ¿Eso mismo está pasando en Medellín?
 
A.S.: A ver cómo le digo… ¿Quiénes no me apoyaron a mí en campaña hace cuatro años y quiénes no apoyaron a Aníbal Gaviria ahora? Un grueso de constructores, transportadores y los comerciantes de El Hueco. Son los tres sectores económicos más afectados por esa realidad. Los de El Hueco no me quieren porque, cuando era secretario de gobierno, les dije: “acabo de venir de una reunión con el presidente Uribe y dice que le preocupa mucho que el dólar del hueco sea tan distinto al dólar de las otras empresas”. Y después les dije: “no importa cómo se ha hecho la fortuna, lo único cierto es que uno después de ser rico tiene que tener responsabilidad social”.
 
SEMANA: ¿Hay contrabando ahí?
 
A.S.: Me queda muy difícil decirlo así, porque también tienen industrias, tienen marcas propias… pero sí. Uno no puede decir que sea de lavado de activos… pero sí. Ellos no son de los que se integran, a ellos les gusta mucho esa informalidad. Son como una logia, un número no muy grande de familias, no conocidas que son más ricas que cualquiera de los que se llaman “cacaos”. Tienen una capacidad de acumulación que vas y ves la transformación de El Hueco, en Guayaquil, es impresionante los niveles de construcción, de edificios. Ese es un ejemplo perfecto de los grandes beneficios del mundo legal-ilegal o del mundo ilegal-legal donde el límite está totalmente diluido.
 
SEMANA: ¿Se arrepiente de haberse metido de esa forma en el tema de orden público?
 
A.S.: No, y si volviera a ser Alcalde yo creo que haría lo mismo.
 
SEMANA: Dijo hace poco que cree que le faltó creatividad para enfrentar el problema de la seguridad…
 
A.S.: Lo que digo es que en algún momento a uno se le acaba la imaginación. ¿Qué más dice uno? Que se necesitaría mejor fiscalía, que se necesitaría mejor policía judicial. Uno repite eso diez veces y después, ¿qué más dice?
 
SEMANA: ¿Entonces qué falló o que faltó?
 
A.S.: Ya lo puedo decir con más tranquilidad: es que la policía no está al mando del alcalde. Eso es carreta.
 
SEMANA: ¿El poder del Alcalde entonces en qué queda?
 
A.S.: El Alcalde no tiene poder. El Alcalde tiene poder para vigilar las discotecas, para vigilar el espacio público, para ver si la gente se acuesta más temprano o más tardecito.
 
SEMANA: ¿No está al mando?
 
A.S.: En mi caso con mi coronel fue más un tema de empatía, de entendimiento, más que de tener un mando. Los alcaldes en Colombia no pueden investigar, no pueden acusar, y eso es lo que se necesita para poder tener seguridad. Además no existe coordinación nacional ni política criminal. Por un lado, viene el ministro del Interior, por otro lado viene el de Defensa, por otro el asesor para la seguridad ciudadana, por otro  Reinserción, cada uno con su agenda. Y la Fiscalía está sintonizada en hechos paradigmáticos o en hechos mediáticos,  en los grandes capos que son producidos por los medios. La primera vez que una autoridad salió a decir algo importante del ‘Cebollero’ fue el presidente Santos porque ya era un tema de primera plana.
 
SEMANA: ¿La ciudad entendió que estaba dando una batalla contra la mafia? ¿O más bien la mafia se ensañó con usted y le creó desprestigio?
 
A.S.: Bastante desprestigio. Pero esa es la trampa en la que estamos: nadie quiere arriesgar prestigio para hacer lo que hay que hacer. Es como con la valorización, mejor no, dicen, porque me vuelvo impopular. Pero si un alcalde conoce una serie de circunstancias graves a las que está sometido una comunidad, un gremio y no dice nada o claudica frente al silencio de las otras autoridades, ¡mejor que no sea alcalde! Yo podría mostrarle muchas otras cosas maravillosas que hicimos. Pero yo no soy capaz de decir, mire estas 16.000 viviendas que entregamos, que es todo un récord, o este puente como nos quedó de bueno, y al mismo tiempo decir que yo fui un indiferente frente a los problemas de seguridad. Cuando había enfrentamientos armados en los barrios, muchas veces subí. La mayor de la Policía que me acompaña me decía que no lo hiciera. Yo le decía, voy en un carro blindado, quiero subir, me pongo esa chaqueta antibalas que usted tiene ahí y hablo con el comandante. Tiendo a pensar que la cara del santo hace el milagro.
 
SEMANA: Cuando estaba en el momento más crítico ¿pensó que la mafia le podía ganar la batalla?
 
A.S.: Sí claro. Por ejemplo cuando la Fiscalía investigó por pedido mío si era cierto que los paramilitares desmovilizados me habían apoyado en la campaña todo era muy extraño. Cuando estaba el fiscal Mario Iguarán, comenzaron a pasar el caso de un lado a otro. Tuvimos que trabajar por lo menos con tres fiscales. Y atender tres veces a la policía judicial. Era una cosa tan rara que ellos venían  a preguntarnos si sabíamos dónde podían encontrar a Luis Pérez. Nos tocaba ponerles una camioneta para que fueran a buscar a los que me iban a acusar. Les buscamos gente de los que me acusaban. Yo decía, esto no es normal. Era una situación de incertidumbre que afecta mucho la gobernabilidad y sobre todo afecta mucho el estado de ánimo. Me tocó ir a Bogotá.
 
SEMANA: ¿Sintió que el sistema está hecho para que ganen los malos?

A.S.: Es muy genérico decir eso. Pero el Estado nuestro es muy inoperante. Mientras que uno esté apegado a la ley, la tarea es cuatro o cinco veces más difícil que el que hace la cosa por fuera de la ley. En condiciones de impunidad como la nuestra la ilegalidad toma una ventaja extraordinaria. Yo veo cada vez más claro que las infracciones o los delitos en una sociedad están muy relacionados con la posibilidad de que uno sea sancionado o condenado por cometerlos.
 
SEMANA: ¿Tuvo costos personales para usted?

A.S.: Ufff. Sí. Cirugía de hemorroides, tres veces hospitalizado por problemas respiratorios que nunca había tenido. De las cosas que necesito volver a hacer es dedicarle un tiempo largo de concentración con la familia. Mi padre anda escoltado. Pero a mí no me gusta aparecer de víctima.
 
SEMANA: ¿Se hubiera lanzado, si supiera lo que le esperaba?

A.S.: ¿Si ya hubiera aprendido lo que solo se puede aprender haciendo? Yo creo que no, porque el costo personal es muy alto. Muy, muy alto. Sin embargo, ya después de vivido es distinto que me lo pregunten hace dos años a que me lo pregunten hoy. Que es como dice Borges que en la vida no hay experiencias buenas ni malas sino que todo es material para hacerse. Lo que yo viví es una experiencia desde el punto de vista humano muy fuerte. Tiene que hacerse uno mismo tan grande como el tamaño del problema.
 
SEMANA: ¿Se descrestó usted mismo?
 
A.S.: A veces digo: ¿este quién será? ¿De dónde salió? Fajardo y Aníbal Gaviria decían estos días: Alonso es un valiente. Pero lo que quiero destacar es otra noción de valentía, es la constancia, la perseverancia y no sacarle el cuerpo a las circunstancias.
 
Sería injusto terminar esta entrevista y no decir que hoy tenemos una mejor ciudad. Tenemos unas generaciones de jóvenes muy distintas en los barrios. Son muchachos tesitos. Tienen un sentido de lo que es la ciudad y de lo que anhelan como personas. Lo que se ha hecho es mucho. En estos ocho años, cuatro como secretario de Gobierno y cuatro como alcalde, creo que he dejado más de 80 nuevas infraestructuras de policía. Y en este cuatrenio ayudamos a la judicialización de 800 miembros de bandas. Pero hemos llegado también a la conclusión que la estética es el principal instrumento de la transformación social. Cuando por ejemplo hacemos renovación de los colegios o de las escuelas, se acerca un peladito y le dice a uno: “pasamos de la sombra a la luz”. Ahí hay una cosa importante. Entonces yo sí creo que hay mejor ciudad. A pesar del retroceso que tuvimos en el tema de seguridad, ahora vamos en un 30 por ciento de disminución de los homicidios y vamos a llegar, si nos va bien, a niveles de 2004.
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