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| 11/5/2011 12:00:00 AM

Sí se puede

A lo largo y ancho del país se vieron sorprendentes resultados en las elecciones locales que dan lugar a la esperanza. ¿Qué fue lo que cambió?

Las elecciones del pasado 30 de octubre no resultaron ser tan apocalípticas para la democracia como se vislumbraban. Se esperaba un mapa político aterrador con parapolíticos aún vigentes buscando ganar alcaldías, con la arremetida de los carteles de la contratación que buscaban a como diera lugar tomarse el poder local y con una violencia desatada que había dejado cerca de 40 candidatos asesinados.

Pero también es cierto que a lo largo y ancho del país se dieron sorpresas que dan pie para pensar que ciertas estrategias para ponerle freno a la debacle están funcionando.

No todo es color de rosa, pues de nueve gobernaciones en riesgo solo dos en teoría se salvaron (la de Caquetá, en la que ganó Víctor Isidro Ramírez, del Mira; y la de Chocó, en la que ganó Luis Gilberto Murillo, un líder afrocolombiano con trayectoria internacional), y de 25 municipios elegidos por SEMANA como críticos solo siete obtuvieron un resultado alentador. Los resultados de dos departamentos y sus respectivas capitales, Antioquia y Chocó, que podían caer en los tentáculos de un coctel de parapolítica y carteles de contratación tanto en la Gobernación como en la Alcaldía, son reconfortantes.

También sorprendieron gratamente las derrotas que encajaron en sus fortines electorales polémicos barones electorales que hoy están en prisión y que estaban en franco crecimiento, como Juan Carlos Martínez (en fortines como Buenaventura), Óscar Suárez Mira (en Bello) y la Gata (en Magangué).

Así mismo, quedó como un registro para la historia el primer triunfo del voto en blanco (con el 57 por ciento de los sufragios) en una de las ciudades más grandes del país, Bello, que se rebeló porque le querían imponer un candidato único. Por ser más de la mitad, las elecciones tendrán que repetirse.

Se ratificó también que la buena gestión es recompensada en casos como el de Nariño, pues fue una de las pocas gobernaciones en las que el mandatario actual (Antonio Navarro) se dio el lujo de dejar heredero.

Y tal vez varios de los resultados más prometedores están en la costa caribe, que ha sido golpeada como pocas por el clientelismo, las trampas electorales y la parapolítica. En varios municipios de alto riesgo electoral de esta región -Santa Marta, Magangué, Soledad y Puerto Colombia- fueron derrotadas poderosas maquinarias por candidatos aparentemente débiles.

¿Qué cambió para que los resultados no fueran tan trágicos como se esperaba? En todos los casos no son las mismas razones, pero al poner la lupa se concluye que sí fue muy útil la puesta en práctica de la identificación biométrica (el aparato con el cual se registra la huella digital del votante para detectar impostores) y la anulación de jurados falsos (en municipios de seis departamentos), así como las denuncias de los medios y, por supuesto, la indignación de la gente.

Llama la atención, por ejemplo, que la identificación biométrica fue utilizada en 15 municipios de alto riesgo por fraude electoral, y entre ellos están Magangué, Bolívar; Soledad, Atlántico, y Buenaventura, Valle; precisamente tres de los lugares donde, como no sucedía hace muchos años, esta vez fueron derrotadas las maquinarias ilegales.

La Registraduría dice que los lectores biométricos funcionaron muy bien a lo largo de toda la jornada y que las aglomeraciones que se presentaron en Soledad fueron por la lluvia y la afluencia de votantes, pero no porque los aparatos no estuvieran funcionando adecuadamente o retrasaran el proceso, como algunas personas dijeron el domingo, para presionar el levantamiento de los controles biométricos. "Esta es una herramienta tan efectiva en la prevención del fraude que sabemos que hay intereses políticos para desprestigiarla", dijo el registrador Carlos Ariel Sánchez. La buena noticia es que en las próximas elecciones se utilizarán estos lectores en todo el país.

En otros municipios también tuvo fuerte influencia en los resultados la injerencia del notablato local (como en Medellín y Cali) y la presión de la justicia y el Estado en general, que lograron ponerles freno a políticos que están tras las rejas o siendo investigados por presuntos delitos de corrupción o vínculos con grupos armados al margen de la ley, como los Sánchez Montes de Oca, en Chocó, y Óscar Suárez Mira, en Antioquia.

Lo ocurrido en Soledad, Atlántico, es ilustrativo. En un barrio, por ejemplo, la gente comenzó a hacer filas para votar desde el sábado por la noche. Y cuando abrieron las urnas, aunque se desató un fuerte aguacero, nadie se movió. Los soledeños votaron en contra del candidato del exalcalde Antonio Fernando Castillo, quien mantiene el poder en la sombra y es uno de los responsables del atraso en el que ha caído el municipio. A pesar de la zozobra que causó el asesinato de un candidato, la gente no se dejó intimidar. Los medios de comunicación desempeñaron un papel clave de denuncia de los excesos de las administraciones, el Estado cerró filas para evitar la trashumancia, delito clásico en este municipio, anulando la inscripción de miles de cédulas, también inhabilitó a jurados falsos, además, como ya se dijo, de que puso en práctica allí el sistema de identificación biométrica.

Algo parecido ocurrió en Magangué, otro de los 15 municipios en donde se utilizó el registro de huella dactilar. En la cuna de la polémica empresaria del chance, Enilse López, la Gata, se produjo una de las mayores sorpresas electorales. Marcelo Torres Benavides, un hombre de izquierda, le ganó a Giovanni Meza, candidato del PIN, partido en el que milita el senador Héctor Alfonso, hijo de la Gata. Su triunfo significa un cambio de gobierno para una comunidad indignada que les perdió el miedo a los Gatos, señalados como los culpables del atraso en el que viven: el 80 por ciento de la población está en los estratos 1 y 2, no se ha pavimentado una calle en años y el agua, no potable, llega cada tres días al casco urbano.

En Puerto Colombia también se acabó con una hegemonía, la de la familia Torres Villalba que llevaba 11 años en el poder por medio de un carrusel, donde mientras uno estaba en la Alcaldía, otro ejercía como diputado. Allí la clave fue la creación de la veeduría cívica Altos de Pradomar, que desde hace tres años viene denunciando irregularidades en el manejo de las concesiones y cobros indebidos por servicios no prestados.

En ciudades más grandes también ganaron candidatos independientes, que le dan un nuevo aire a la política. En Santa Marta, por ejemplo, fue proclamado como alcalde el exrector que cambió la cara de la Universidad del Magdalena, Carlos Caicedo. La razón más evidente de su triunfo es el descontento generalizado contra la clase política. Los dos últimos meses estuvieron marcados por una campaña sucia en los medios y en pasquines contra Caicedo, quien ya había sido víctima de un montaje de los parapolíticos, como lo concluyó el Tribunal de Bogotá, al revocar una condena en su contra. Los samarios salieron a votar masivamente, a pesar de que el transporte había sido acaparado por una de las campañas y existía el temor de un fraude porque hubo denuncias de listas de jurados amañadas y esferos de tinta borrable en las urnas, entre otras.

En Cali, el triunfo apabullante del médico Rodrigo Guerrero Velasco, inscrito por firmas, tiene dos explicaciones simples. El candidato contó con el apoyo no solo del notablato caleño, sino con el de sectores pobres como el mítico distrito de Aguablanca, considerado el fortín electoral de la ciudad. Por otro lado, resultó evidente que buena parte de los ciudadanos estaban cansados de los escándalos que protagonizaron durante sus mandatos el destituido exgobernador Juan Carlos Abadía y el senador Juan Carlos Martínez, preso por parapolítica, ambos jefes de la cuestionada maquinaria electoral quienes, faltando cinco días para las elecciones, adhirieron al candidato conservador, Milton Castrillón.

El hecho de que en las elecciones del pasado 30 de octubre se hayan repetido resultados preocupantes para la democracia colombiana no puede ocultar que también se dieron buenos y, sobre todo, sorpresivos resultados. Estos son algunos ejemplos que demuestran que la tolerancia de los colombianos con malos gobernantes tiene un límite, que el voto a conciencia sí puede ganar contra las maquinarias cuando hay garantías electorales, que las denuncias de los medios y de organizaciones de la sociedad civil sí tienen un impacto real, y que cuando el Estado utiliza métodos e instrumentos que favorecen la transparencia, los resultados son positivos.
 
¿Por qué las asonadas?

Hay un fenómeno que se está volviendo recurrente en cada jornada de elecciones locales y son las asonadas. El problema, además, viene creciendo. Hace cuatro años fueron 22 y este año aumentaron a 31. Además, en 24 municipios se reportó otro tipo de disturbios, lo cual quiere decir que tras la entrega de resultados, el orden público estuvo encendido en una cifra nada despreciable de 55 municipios del país.

Aunque algunas de las asonadas de los últimos días han sido presentadas como hechos violentos de candidatos que son malos perdedores, la Misión de Observación Electoral pudo detectar que algunos de estos disturbios fueron reacciones de pánico ante posibles fraudes o trampas electorales que se empezaron a fraguar desde el sábado previo a elecciones. La mayoría de estos ocurrieron el mismo domingo al cierre de las urnas y continuaron hasta el jueves de la semana pasada.

El mismo día de elecciones, en Barrancas, La Guajira, municipio de donde es oriundo el cuestionado gobernador elegido, Juan Francisco ‘Kiko’ Gómez, muchos de los jurados no se presentaron, entonces el alcalde nombró a otros a última hora, y, según los barranqueños, algunos no eran de su municipio, lo que les generó desconfianza, según lo registró el portal Lasillavacía.com. En Yopal, Casanare, se armó la grande porque los tarjetones venían con un error de impresión, una línea sobre la foto de uno de los candidatos a la Gobernación, lo que creó sospechas entre algunos votantes. En Jamundí protestaron porque muchas personas se acercaron a votar a las mesas y su cédula no aparecía inscrita, y en Colosó, Sucre, se fue la luz justo cuando se cerraron las mesas de votación, y la gente pensó que había fraude porque los dos candidatos punteros estaban a menos de 30 votos de diferencia.

En la mayoría de las asonadas, las turbas atacaron las sedes de las registradurías y quemaron el material electoral para obligar a que se repitieran las elecciones. De todas estas asonadas, sin embargo, es probable que solo se repitan las elecciones en La Palma, Cundinamarca, en donde los ataques ocurrieron el domingo a las tres de la tarde, antes del cierre de urnas, y en donde se quemó todo el material electoral. En los demás municipios hay copias de los formularios E-14, que registran los votos por mesa, y por lo tanto no habría lugar a nuevas elecciones. 
 
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