Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1988/06/06 00:00

SINTONIZANDO A LA VIRGEN

Pocos creen que sea cierta la aparición en zipaquirá.

SINTONIZANDO A LA VIRGEN

A los colombianos se les adelantó el 13 de mayo. El pasado miércoles 4, después de almorzar en su casa de Zipaquirá, Luis Eduardo Rivera se dio cuenta que el problema estaba en la antena de su equipo de sonido. Una vez acabado el almuerzo, el escribiente del Juzgado Primero Penal de Zipaquirá se disponía a descansar en la sala de su casa y a escuchar algo de música mientras leía.
Al sintonizar una estación de F.M., el sonido era deficiente. Fue entonces cuando notó que uno de los cables de la antena del equipo estaba suelto.
Elizabeth, su mujer, le dijo que el clavo que sostenía el alambre se había caído y que ella lo había colocado sobre el equipo. Como al buscarlo no lo encontró, salió a conseguir uno nuevo, y al regresar, vio lo que millones de colombianos, desde Piendamó hasta Chiquinquirá, han esperado ver por muchos años.

Armado de clavo y martillo comenzó a dar golpes en la pared de la sala de su sencilla casa. Entonces, sin previo aviso, sin rayos de luz, sin voces de ultratumba que lo confundieran, observó una figura dibujada en la pared. Era el torso de una mujer en actitud orante, con una aureola sobre su cabeza. Era una figura de perfil, dibujada en color negro, como si alguien hubiera traspasado de un papel a la pared una de las figuritas de los "registros" que le dan a los niños en las primeras comuniones, pero más grande, con la nariz respingada y las pestañas encrespadas. Era, ni más ni menos, la Virgen. Luis Eduardo, impresionado por el hallazgo, llamó a su mujer para que le confirmara lo que sus ojos veian. "Dígame" qué ve ahí?", le preguntó. "La Virgén", le contestó ella, mientras comenzaba a elevar sus plegarias al cielo. Luis Eduardo empezó a remover todos los objetos de sala para comprobar que no se trataba de un reflejo. Y no lo era. En los dos años y medio que llevan ocupando la casa, nunca habían notado nada extraño en esa pared.
Doña Cecilia de Otálora, la dueña de la residencia, se la entregó recién pintada y a partir de ese momento, ellos no le habían hecho ninguna mejora.

La noticia se regó como pólvora por Zipaquirá. Cuando comenzaron a llegar los primeros curiosos y también los creyentes, Elizabeth de Rivera ya habia sufrido un "trastorno" por culpa de la impresión, que había sentido y "como si se me quisiera hacer presente algo. Entonces le prometimos a la Virgen que nos vamos a casar por lo católico, porque nosotros sólo estamos casados por lo civil".
Entre el tumulto de curiosos apareció monseñor Morales, párroco de Zipaquirá, quien decidió poner algo de orden. También llegó la Policia, que debió acordonar el lugar y organizar los turnos de entrada de la gente que, hacia colas de más de tres cuadras. El gentío era tan grande, que la fuerza pública y el párroco debieron ordenar el cierre de la residencia. Cuando ya todo estaba tranquilo y las beatas se conformaban con orar y llorar en el andén el padre Morales, al mejor estilo de Santo Tomás, se apertrechó con trapo, agua y jabón. Lavó una de las esquinas inferiores del dibujo con la intención de averiguar si algo más, fuera de las huellas dejadas en la pared por los creyentes, desaparecia. No fue asi. La imagen, muy tenue, sigue ocupando su lugar en la mitad de la pared, bien centradita y a la altura justa para que todos puedan verla.
Mientras tanto, la familia--que se ha negado a cobrar un solo centavo por las visitas--aprobó de buen grado la decisión de cerrar la entrada al público. Por los lados de la curia, no ha habido declaraciones sobre el asunto.
Pero en Zipaquirá ya se escucha el rumor de que una comisión de la Santa Sede está en camino para avalar el hallazgo. --

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